PRI, sin liderazgos reales
No se equivocó Víctor Hugo Islas Hernández al llamar “jefe” a Manuel Espino. En realidad, después del 2 de julio, Manuel Espino Barrientos se convirtió en el primer dirigente de un partido que nació ese día y que, con el paso de las semanas, se ha mostrado más abiertamente: el PRIAN.
Sumido en su peor crisis política – electoral, arrumbada en las cámaras de diputados y senadores como la tercera fuerza después del 2 de julio, con el desprestigio de siempre y sin liderazgos reales a nivel nacional y regional, el priísmo decidió convertirse en la rémora del blanquiazul en un fallido esfuerzo por convertirse en el “fiel de la balanza”.
En los hechos, sin embargo, el tricolor solamente se ha consolidado como el legitimador oficial de Felipe Calderón Hinojosa, el tonto útil que (sin importarle sus principios ideológicos, su historia, su fuerza regional y sin tomar en cuenta que esta actitud incremente su propio desprestigio) va en el cabús del PAN enarbolando las propuestas y programas de la derecha y, con ello, acabando con la poca base social que le queda.
Para los priístas, el problema es que en lugar de tratar de que su plataforma política fuera aceptada por el PAN o PRD, para legitimar su posición de bisagra y garantizar la subsistencia de su proyecto de país, asumió una postura de sumisión incondicional que, hasta el momento, solamente les ha dado como resultado garantizar la supuesta permanencia de dos de sus gobernadores rechazados: Ulises Ruiz y Mario Marín Torres y la promesa de que Felipe Calderón estaría dispuesto a cogobernar con ellos
Lo obtenido parece poco en función de lo que los priístas perdieron: el control de su propio partido y de sus fracciones parlamentarias, que ahora ya no dependerán de ellos, sino de los panistas.
Descalificados de facto
Este contexto ha hecho que queden descalificados de facto los líderes reales y supuestos del PRI. Desde que asumió el cargo, Mariano Palacios Alcocer fue cuestionado, criticado y denunciado por los propios priístas, que lo vieron como una imposición madracista más y que ahora lo consideran como uno de los culpables de que el partido haya desaparecido como fuerza política nacional al haber quedado en el tercer lugar de la elección.
¿Algún gobernador priísta tomará en cuenta a Palacios Alcocer a la hora de definir candidaturas o de tomar decisiones, en detrimento de sus propias facultades de ejercer un virreinato político en su estado?, ¿Felipe Calderón Hinojosa se sentará a negociar con él, cuando ya tiene cooptados a Elba Esther Gordillo y a los gobernadores del PRI, que son los que mandan a los diputados y senadores de su partido?.
Nadie necesita a Palacios Alcocer, quien representa sólo una figura decorativa que se utilizará en los eventos protocolarios, pero sin influencia política real, sin una representación partidaria que lo haga un interlocutor importante para quienes ejercerán el poder en el siguiente sexenio.
En Puebla, los casos son mucho más dramáticos. Expuesto ante la militancia y la opinión pública como un traidor que el 2 de julio cedió el estado al PAN, con tal de sostenerse en el cargo, Mario Marín Torres perdió el liderazgo moral y político necesario para enfrentar al único partido que le puede disputar el poder al PRI en la entidad: el PAN.
Vistiendo el mismo traje colaboracionista que Elba Esther Gordillo usó en el sexenio foxista, Mario Marín ya no puede ser visto como el “líder real” de unos priístas poblanos que no saben hasta dónde cedió ante el panismo, para garantizar su permanencia.
Aunque ningún militante o simpatizante del tricolor se atreva a decirlo, lo cierto es que el gobernador se ha convertido en uno de los lastres electorales y políticos de su propio partido, ya que los escándalos en que continuamente se ve envuelta su administración (y algunos de los funcionarios que en ella participan) opacan cualquier supuesta buena obra gubernamental.
El caso de Juan Manuel Vega Rayet es emblemático de lo que sucede con el priísmo poblano: llegó a la dirigencia estatal impuesto por un pequeño grupo, fue incapaz de conciliar con los demás, tampoco pudo hacer una campaña electoral exitosa y su única utilidad es la de ser el “apagafuegos” oficial de las críticas contra el gobernador.
La permanencia de Vega Rayet en el cargo se debe, solamente, a su pertenencia al equipo que detenta el poder en la entidad., pero entre la clase política se sabe que carece del liderazgo, de la representatividad y de la capacidad necesarias para conducir al PRI a la victoria en el 2007.
Lo que sucede con Jorge Murad González es todavía peor, porque – cuando menos – Vega Rayet puede decir en su defensa que llegó al Comité Directivo Estatal cuando la elección ya estaba en marcha, ya había candidatos nominados y la campaña llevaba su propio camino, lo que – de alguna manera – exime a Vega Rayet de una buena parte de la responsabilidad de la derrota.
En contraste, Jorge Murad lleva más de un año y medio en el cargo y, supuestamente, tuvo que haber operado en la elección federal pasada. Murad González asumió la dirección de un partido que en el 2004 había ganado todo y, poco tiempo después, se convirtió en el encargado de regresarle el poder al PAN y de convertir al tricolor en la tercera fuerza partidista en la ciudad.
Con este contexto, se puede entender y justificar que el PRI poblano esté ávido de liderazgos reales, confiables, legales y certeros, que puedan impedir la entrega pactada (o concertacesionada) del poder que desde el 14 de febrero pretende el PAN.
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