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Lector de Pruebas
Gerardo Lino

 

 

 


 


Toca madera

 

Nada tienes que temer. Quisiera uno creer con los ojos cerrados tal irónico verso de Serrat. Así ha estado la espera por el dictamen del Tribunal, emitido el sábado pasado, que tanto revuelo armó entre los interesados —los ciudadanos pendientes de las elecciones presidenciales de México—. Quisiera uno creer que cada frase y cada paso del movimiento dirigido por Andrés Manuel López Obrador estuviera libre de trampas —del adversario: obvio—, de errores —de los propios coligados: natural—, de riesgos.


Al mal tiempo buena cara. Según desde donde se vea, la resolución inicial de los magistrados —que no va a ser la única ni es la definitiva— es objeto de valoraciones diversas. Para un conocedor del derecho electoral, como Lorenzo Córdova, el criterio estricto (estrecho) no implica una negación de las posibilidades para la Coalición; al contrario, permite verificar ese tercio de lo demandado por los juicios de inconformidad, que llevaría a ratificar los cómputos distritales, o bien a rectificarlos; pero más importante aún: podría dar pauta para que se decida abrir otra porción de los paquetes electorales, si es que se advirtiera que las irregularidades impiden calificar la elección con certeza; por lo tanto, podría llegarse a comprobar que en efecto no ganó el Deplorable (que cada día está más para llorar, por cierto).


La constitución te ampara. Mientras termina la tormenta de opiniones, posiciones, declaraciones de principios acerca de la paz y la legalidad (ahora sí, ¿verdad?), la resistencia civil se extiende ya no sólo entre los molestos capitalinos —de coche o de a pie—, sino en las autopistas de paga —donde miles de automovilistas ahí sí no mentaron madres—, en zócalos de otras ciudades, y, ándale si vas, en distintos sitios donde se presenta el señor Fox, bajo la táctica del marcaje: ya se vio que entre los “pacíficos” también hay ganas de patear y patalear: en Zapotitlán Salinas, Puebla, un joven de Tehuacán extendió una manta que dice (en presente, porque no pudieron arrebatársela): “Fox traidor / queremos a Obrador”: en medio de los abucheos, empujones, rabiosas porras al candidato panista —sí, porque los invitados eran todos de ese lado, menos el Góber— y frases célebres del aludido (¿cómo le llamaremos a los traidores?, vengan los eufemismos, señor presidente), el muchacho salió de la reunión rodeado de guardias que tuvieron que aguantarse las ganas de golpearlo.


La justicia te defiende. Conociendo el país en que habitamos, incluso queriendo ser tan legales como nos enseñaron en la escuela, y con la buena fe que depositamos en los magistrados, no puede uno andarse tan confiado con que la ley se aplica sin que se inmiscuyan los intereses de los poderosos, los reclamos de los políticos, las protestas de los ciudadanos. Pareciendo un audaz, a veces un inconsecuente, generando temores de hacia dónde va a ir con la gente, Andrés Manuel López Obrador ha mostrado (no demostrado, pues la política es un arte y no una ciencia stricto sensu) que estuvo bien haber movido a sus simpatizantes y a muchos otros que se preocupan no por él sino por la legitimidad de la elección, puesto que sin la pública presión ejercida por las movilizaciones, los coros que claman justicia, el Tribunal quizá (“que también hacen la siesta / los árbitros y los jueces”) no hubiera dado el paso que ha dado: se habría ratificado el conteo distrital sin mayor trámite y ya estaríamos seguros de que nos llevará a su baile el Deplorable (pobre: hasta demacrado se ve).


La policía te guarda / el sindicato te apoya / el sistema te respalda / y los pajaritos cantan / y las nubes se levantan.
Mientras son peras o son manzanas, López Obrador, insólito entre lo que habíamos visto en estas tierras por décadas, invita a quienes no votaron por él a que reciban la información que se les ofrece, que conozcan las pruebas, que reflexionen para que comprendan las razones del movimiento (y de paso que informen a sus huestes para que no se sientan burladas, cuando no es así) que no se ha quedado en la resignación, en el tejemaneje de los políticos tradicionales, que va más allá del poder estatuido, que saca su fuerza de las convicciones de quienes no se tragan el cuento de que la democracia solamente consiste en boletas y actas, instituciones y formalidades, sino que es una aspiración de vida que incluye las formas, varias maneras de pensar en los otros, diversos modos de actuar en la plaza escuchando las diferencias pero sin dejarse engatusar (aunque ideas así le suenen a anacronismo al señorito Krauze ahora que ya todos-estamos-en-la-posmodernidad, que otros, quién-sabe-por-qué, llaman capitalismo salvaje: “Quince años de Consenso de Washington nos dejaron reventados”: Dante Caputo, argentino, diplomático, el lunes pasado en el programa de Oppenheimer).


Y ajústate los machos / respira hondo / traga saliva / toma carrera / y abre la puerta / sal a la calle / cruza los dedos / toca madera. (Cf. Serrat, Utopía)

 

 

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