Elogio de la intransigencia
El todo o nada al que le apuesta López Obrador en el conflicto poselectoral, dicen sus críticos exacerbados, es la mejor prueba de que en verdad es un peligro para México. El chantaje a las instituciones, su descalificación al proceso democrático y a los millones de ciudadanos que participaron él, la propagación del mito genial del fraude electoral –en cualquiera de sus versiones-, su apuesta por las movilizaciones y la demanda al Tribunal Electoral para recontar los votos o anular la elección nos ha mostrado su verdadera personalidad. La del Mesías tropical del que habló Enrique Krauze,y la del pequeño dictador castrista o chavista con los que lo identificó la campaña del miedo promovida por el panismo.
Sí, la personalidad de López Obrador tiene un alto componente de intransigencia, de obcecación. Es su propio consejero y el único tomador de decisiones de su movimiento. Como una especie de cruzado o ayatollah, cree en forma ciega en su misión y en el lugar que le ha reservado la historia. Esta característica de su liderazgo lo convirtió en una figura de la izquierda mexicana y lo hizo sobrevivir a la trama del desafuero. Pero también ella lo hizo perder su ventaja en la encuestas, cuando se negó a responder a la campaña del miedo, aduciendo principios de quien sabe que tipo, cuando todo su equipo estratégico lo urgía a responder. Cuando se decidió a hacerlo, fue demasiado tarde. Y la misma intransigencia muestra cuando ordena la toma del Distrito Federal, a pesar de que muchos de sus simpatizantes reprueban la acción. Y todavía amenaza con más.
Sí, López Obrador es un obcecado. ¿Virtud o defecto? ¿Cuántos de nuestros héroes nacionales no exhibieron la misma actitud frente a su responsabilidad histórica? ¿Cuántos perdieron su lugar y su prestigio por no haber mostrado la misma firmeza?
Parte de la historia nacional es un elogio a la intransigencia. Vicente Guerrero, que perdido en la sierra guerrerense mantuvo viva la causa independentista cuando no había ninguna posibilidad de recibir apoyos. El icono de nuestros políticos, Benito Juárez, que tuvo una Presidencia errante durante diez años, y tuvo que ejercer su escaso poder vagabundeando por todo el país, sin residencia fija. Pero gracias a su tesón el país sobrevivió a la guerra de Reforma y a la intervención francesa. Si él se hubiera dado por vencido, quizá hoy no existiría México. Y que decir de Francisco I. Madero, el apóstol de la democracia, que apostó por competir en elecciones claramente fraudulentas contra Porfirio Díaz; fue encarcelado días antes de los comicios y escapó para proclamar el Plan de San Luis y dar inicio a la Revolución Mexicana.
Por el contrario, los blandengues de convicción fracasaron estrepitosamente y su lugar histórico se perdió. Miguel Hidalgo, que a las puertas de la ciudad de México decidió dar marcha atrás y retrasó diez años la consumación de la Independencia. Iturbide, que abrumado por las cargas del poder monárquico eligió abdicar y dio paso a las pugnas de la posindependencia. Antonio López de Santa Anna, cuya inconstancia y veleidosidad lo hicieron ocupar once veces la presidencia, provocando la derrota traumática de 1847 que nos hizo perder más de la mitad del territorio nacional. Lerdo de Tejada, que clausuró el brillante periodo de la “república restaurada” por temor a la violencia de Díaz. En tiempos más modernos, Cuauhtémoc Cárdenas fue incapaz de defender su triunfo en 1988, apostó por la vía institucional al crear al PRD, pero nunca pudo llegar a la presidencia.
La historia de fracasos por falta de convicciones es amplia, así como también los provocados por la obcecación. ¿Quién tiene la razón? Solamente la historia, que al final por terminará por juzgar la radicalización de López Obrador. Es lugar común que la historia la escriben los ganadores, pero el filo de la navaja del tabasqueño es perder lo ganado a cambio del desprestigio absoluto para la eternidad. Si en verdad es un cruzado, su derrota política será su transfiguración en leyenda.
*** El caso Lydia Cacho. Un lector se pronuncia por no dar paso a la impunidad en el caso de la autora de Los demonios del edén.
“Estimado Sr. Arturo Rueda:
Leo frecuentemente sus columnas, además de sensato, usted me parece una persona objetiva e inteligente. Sin embargo, unos de los comentarios que hizo en su columna de ayer me pareció fuera de contexto, lo cito:
"En la entrevista con Primero Noticias, inevitablemente surgieron ambos nombres. Del gobernador Marín, Succar Kuri acepta que nunca lo conoció, lo que echa por tierra la pretensión de la periodista Lydia Cacho de ligar al mandatario poblano con la red protectora de pederastas"
Su aseveración de que la Sra. Cacho ha pretendido ligar al góber precioso con la red de pederastas es imprecisa, ya que en realidad lo que ella ha sostenido es que el poder detrás de la pornografía infantil se construye a través de nexos políticos y económicos que se entretejen de tal manera que los que participan en ella de forma indirecta se hacen cómplices de este crimen, cito a la periodista Cacho:
“No creo que Jean Succar y Mario Marín se conozcan personalmente, nunca lo he dicho. Sin embargo, Mario Marín como gobernador, con el poder público que le dio el pueblo, prestó la justicia a Kamel Nacif para castigarme, golpearme, violarme y encarcelarme; y junto con la procuradora de Puebla (Blanca Laura Villeda Martínez), se convierten parte de esta red protectora de pornografía. Así es como funcionan las redes, no necesitan conocerse para hacerse favores”.
Creo que usted Sr. Rueda, como uno de los escasos periodistas inteligentes e imparciales de la prensa poblana, aceptará que la forma también puede ser fondo, por lo que su comentario acerca de la Sra. Cacho esta fuera de contexto, desde mi punto de vista, el razonamiento de la escritora para relacionar a Marín con Nacif que a su vez protegió e incluso pagó parte de la defensa de Succar Kuri, es correcto y que en realidad demuestra una complicidad indirecta del gobernador poblano con un acto criminal. Suponiendo que Marín no conociera las intenciones de Nacif al pedirle detener a Lydia Cacho, esto no le exime de responsabilidad e incluso complicidad en la compleja red de relaciones que se tejen alrededor del negocio multimillonario de la pornografía infantil.
Creí pertinente dirigirme a usted, debido a la andanada de comentarios de la procuradora de justicia Blanca Laura Villeda y sus corifeos que intentan denostar la imagen de una mujer valiente como Lydia Cacho acusándola de mentirosa; es probable que sin los testimonios de esta periodista, el caso Succar Kuri nunca hubiera alcanzado a la opinión pública nacional y los crímenes de este pederasta, hubieran quedado impunes, como podría suceder con los actos ilegales de la propia procuradora de justicia y su góber precioso.
Estoy convencido que México no podrá salir adelante si seguimos tolerando la corrupción y la impunidad, es por ello que en el caso de Lydia Cacho, no debemos permitir que sus detractores distraigan la atención con argumentos fútiles que sólo buscan salvar el puesto de Marín y de la putrefacta burbuja que lo protege.
Agradezco infinitamente su amable atención y quedo a sus órdenes para cualquier comentario, reciba mis respetuosos saludos.
Bernardo Román”.
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