La violencia nos alcanzó: la Revolución que viene
Los promotores de la represión deben estar satisfechos. El desalojo violento del perredismo de las inmediaciones del Palacio de San Lázaro, a manos de la Policía Federal Preventiva al mando del Presidente Fox, es la chispa que anuncia el estallido social que terminará por dinamitar las instituciones políticas nacionales. La violencia nos alcanzó y para bien o para mal, nuestro ciclo histórico parece alcanzarnos.
El eterno retorno: 1810, 1910, 2010. Cada centenario, una convulsión social que trastoca el stato quo y nos hace regresar a regiones que ya habíamos caminado. Quizá es un eterno retorno al que estamos condenados por nuestra ausencia de memoria y por el desaire a nuestra identidad: un país con amplias zonas de marginación, siempre ávidas de un Mesías y de un evangelio redentor. De un liderazgo que los saque de su postración. La promesa del fin de los privilegios y las injusticias.
Nuestra fractura social está ahí. La detectó Morelos cuando pidió “leyes que moderen la opulencia y la indigencia” en sus Sentimientos de la Nación. José María Mora y Lucas Alamán, los padres primigenios del liberalismo y el conservadurismo, cada quien desde su trinchera, alertó contra ella. Ocampo y sus liberales, incluidos Juárez y Altamirano, venían de la región más inhóspita del territorio nacional: el pasado indígena. La mezcla del jacobinismo del michoacano y la teología prehispánica del oaxaqueño hicieron que ambos resistieran el intento de los conservadores para que México no ingresara a la modernidad con la Constitución de 1857.
La Guerra de Reforma y la invasión del II Imperio fueron el primer gran enfrentamiento de mexicanos contra mexicanos. Pero sus saldos fueron benéficos con la creación de nuevas leyes e instituciones más justas.
Las Leyes de Reforma que quitaron al clero el control de la vida civil. La Constitución de 1857, que consagró por primera vez las garantías individuales de libertad de expresión, culto y reunión. Y por supuesto, el primer momento genuinamente democrático de la República Restaurada. Por supuesto que en medio de la guerra, los anatemas y la defensa de la legalidad rezumban en boca de los conservadores y los clericales. ¡Respeto a la religión católica, a la Constitución del 24 y a nuestros fueros! En resumen: respeto a las instituciones. El mismo grito que hoy lanzan los panistas y sus aliados mediáticos.
Pero, ¿Qué son las instituciones si no sirven al interés general? ¿Podríamos gritar nuevamente religión y fueros, instituciones que sometían a millones de mexicanos?
Otro indígena canceló el experimento democrático con la promesa de desarrollo económico. Su dominación generó nuevas instituciones: la ley de mátalos en caliente y el dogma del pan o palo. La paz porfirista de los sepulcros y la reelección ad perpetuam. Treinta años duraron esas instituciones hasta que la voluntad evangelizadora de un solo hombre se lazó contra el caudillo Díaz. Loco, le dijeron a Madero. Hasta de espiritista fue acusado. Orate, por predicar en las plazas públicas en la elección de 1910. Díaz le aplicó el fraude patriótico y las instituciones, incluida la del Presidente perpetuo, cayeron bajo la presión de los campesinos y obreros lastimados por la desigualdad económica que el régimen promovió.
El terremoto social que se incubo por 30 años tuvo secuelas casi interminables: un millón de muertes entre 1910 y 1929 y una estela interminable de caudillos. Carranza, Obregón, De la Huerta, Zapata, Villa y Elías Calles por mencionar a los principales. Entre ellas, nuevas instituciones consagradas en la Constitución de 1917 y que al contrario del porfirismo, tutelaban la igualdad, promovían la justicia social y privilegiaban a las clases desposeídas. De los caudillos a las instituciones, anunció Elías Calles, para inaugurar el régimen de la Revolución Mexicana.
El priísmo o el partido de la Revolución dominaron las instituciones y se apropiaron del derecho para asegurar su poder. Instituciones como el rasurado del padrón, el ratón loco, el PRI-gobierno, el dedazo, la cooptación, la autocalificación de las elecciones y la quema de boletas electorales.
Contra esas instituciones se alzaron, en la brega, los panistas y los alcanzaron Cárdenas y los rupturistas con el PRI tecnocrático. Maquío, Cárdenas, Muñoz Ledo, López Obrador, Fox. Los nombres de la transición. La lucha contra las instituciones fraudulentas para dar origen a nuevas, como el IFE ciudadanizado y el Tribunal Electoral. Gracias a esa lucha el PAN llegó al poder para escamotear, en su conveniencia, los avances democráticos.
Así que lema de defensa del panismo –respeto a las instituciones- no podrá contener la violencia que se inauguró ayer con la represión a los perredistas y a López Obrador. La guerra civil – la Revolución- se avecina. Un nuevo cambio en las instituciones provocado por el baño de sangre que nos toca cada cien años. ¿Por qué? Cito a Michel Foucault: “La ley no nace de la naturaleza, junto a los manantiales que frecuentan los primeros pastores; la ley nace de las batallas reales, de las victorias, las masacres, las conquistas, que tiene su fecha y sus héroes de horror; la ley nace de las ciudades incendiadas, de las tierras devastadas; surge con los famosos inocentes que agonizan mientras nace el día.
Sigue diciendo Foucault: “La guerra es el motor de las instituciones y el orden… Así pues, estamos en guerra unos contra otros; un frente de batalla atraviesa toda la sociedad, continua y permanentemente, y sitúa a cada uno en un campo o en otro. No ha sujeto neutral. Siempre se es, forzosamente, el adversario de alguien. “
Asqueado, Enrique Krauze hablaba ayer de la resistencia civil pacífica del perredismo, de la revolución “blanda” que tiende a endurecerse. Tenía razón: la violencia nos alcanzó y la Revolución está en marcha. Siempre habrá que recordar a todos lo que pidieron la mano dura y exigieron la represión. Ellos prendieron la mecha de la violencia centenaria.
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