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Dios en el Poder

Selene Ríos

diosenelpoder@hotmail.com

 


 

 

Síndrome marinista

 

Los hermanos Marín cojean del mismo pie.
Más bien, sufren de la misma patología.
O del mismo síndrome que se resume en: “Es mi voz, pero no es mi voz”
Así que no nos extrañe que Roberto Marín reconozca que acosó, pero no acosó, a una reportera en plena crisis política de su hermano.
¿Recuerdan que Enrique Marín —brody del góber— escupió, golpeó y mandó a un judicial a pasear en patrulla por robarle el balón a medio partido de fucho?
Disgusting, qué finura, Dios santo.
Otra cosa que escribimos fue que Enriquito se quería ligar a una rubia que corre en el Parque de las Ninfas y para lograrlo le dejó su tarjeta, con teléfono y recado coqueto debajo de su botella.  Pero el señor no reconoció a la señorita: una reportera de un diario local.
Chale, antes de que sigan leyendo les advierto que la columna les sonará a mal chiste, a broma pesada, a chiste de Pepito mal contado por el oso Fozzie —waca waca—, pero así fue:
Pues resulta que el viernes pasado, durante la cena de la Asociación de Empresarios de la Construcción (AECO), un señor llamado Luis Carlos Castillo —director de Comunicación Social de la Secretaría del Trabajo— se acercó a esta que escribe para aclararle la columna pasada:
—Escribiste algo del licenciado Enrique Marín.
—Sí.
—Mira, es que lo que escribiste es cierto.
—Ah, pues sí, ¿entonces?
—Es que mira, es cierto lo que escribiste del partido de fútbol. Así fue. Enrique Marín estaba jugando, se enojó y todo, pero no era él.
—¿Cómo?
—Sí, escribiste bien lo del partido, el enojo y todo, sí estaba jugando Enrique Marín pero no fue él.
—¿Era, pero no era?
—Sí, era otro.
—¿Quién?
—No te lo puedo decir.
—Ah, bueno.
La aclaración —como debía de ser— dio luz a todo:
Sí era Enrique Marín el que jugó fucho ese domingo.
Sí fue a Enrique Marín a quien un judicial le robó el balón.
Sí fue Enrique Marín quien se aventó a golpes —sin éxito— contra el judicial.
Sí fue Enrique Marín quien escupió a la cara del judicial.
Sí fue Enrique Marín quien mandó traer una patrulla para “levantar” al judicial y llevárselo a pasear por ahí, en lo que su berrinche terminaba.
Sí, sí y sí.
Pero no.
Es un gen, y no cualquiera, uno especial engendrado en Nativitas Cuautempan.
Ja,ja,ja, mejor que no te defiendan, licenciado.

Segunda parte del diálogo.

—Y sobre la tarjeta.
—¿Ajá?
—Mira, no fue el licenciado Enrique quien la dejó. Fue alguien que quería joderlo.
—Ah… ¿entonces no es de Enrique?
—No.
—¿Y quién deja una tarjeta con su nombre y su celular?
—Ah, pues cualquiera tiene tarjetas del licenciado y su celular lo tiene cualquiera.
—Yo no lo tenía.
—Es más, ese día (el 7 de noviembre) Enrique Marín estaba en Guatemala, tengo los boletos de avión.
—Pues pásamelos. Yo aclaro sin problemas.
—No puedo. Mejor habla con él y que te explique quién dejó la tarjeta y todo.
—Okay. 
—Ajá.

Para no levantar más suspicacias, ahí les dejo la tarjetita de Enrique Marín, con firma y celular. Por cierto, la reportera que levantó la tarjeta dice que le llamó a Enrique Marín ese mismo día y que sí contestó el señor.

 

Seda con tufo a cemento. El día de la cena de la Asociación de Empresarios de la Construcción, Javier García Ramírez —titular de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Obras Públicas— observó detenidamente a dos reporteras y en un tono machista, estilo Chachapa, esbozó frente a los políticos ahí presentes: “Esas reporteras vestidas así sí parecen mujeres”.
Cuando el secretario dice “vestidas así” se refiere a que las dos reporteras iban de vestido de noche y zapatillas.
Ay secretario, ¿qué comentario es ese?
El problema, secretario, es que usted haga lo que haga siempre será un émulo de “El Vítor”, el novio de la Nacaranda, del programa “La Hora Pico”.
Pese a que cite a constructores en restaurantes de lujo —Che Garufa y La Silla— para condicionar proyectos de obra a cambio de su famosa comisión, la cual por cierto, no es del 10 ni del 20, sino del ¡30 por ciento!, no puede negar su tufo callejero. 
Y no importa si viste un lujoso traje Ermenegildo Zegna, porque usted parece chofer de Loma Bella.
Aunque cene en el Chimichurri y pague cuentas onerosas, no dejará de lucir como un chambeador de la ruta 10. 
Poco vale el dinero que gasta en sus borracheras en El Barzelona, Carpe Diem y en Víktor Hotel, aunque le reserven la zona VIP, siempre lucirá como un Bervely rico perdido en la Angelópolis.
Y aunque presuma traer un look a la Luismi, lo naco y patán no se lo esconde.
Ni hablar secretario, los nacos siempre seremos nacos.
Aunque tengamos carros de lujo y puesto de primer nivel. Y qué va. Aunque esto suene a canción interpretada por Paquita “la del Barrio”, además está de moda.
¿Me estás leyendo…?

 

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