Gobernantes clandestinos
Una vez que Felipe Calderón Hinojosa asumió formalmente la presidencia de México con la complicidad del sistema priísta —cuyos legisladores y gobernadores se prestaron a la comparsa escenificada el viernes pasado—, no se puede dejar de pensar en la similitud de circunstancias en que se mueven el panista y el mandatario de Puebla.
Ambos son gobernantes clandestinos, que intentan legitimar su ejercicio del poder sólo con el manejo de los recursos, de los medios de comunicación y de la fuerza pública, pero alejados de un pueblo que los rechaza, a uno por haber sido pillado in fraganti cuando cometía tráfico de influencias al llevar a cabo un abuso contra la periodista y luchadora social Lydia Cacho y; al otro, por haber llegado al cargo mediante una elección fraudulenta, en la que su única virtud fue ser el candidato oficialista. Felipe Calderón Hinojosa y Mario Marín Torres personalizan la grave crisis y degradación del sistema político mexicano representado por el PRIAN, ya que carecen de aceptación y legitimidad entre los ciudadanos a los que dicen servir y se mantienen en sus cargos gracias a las negociaciones oscuras entre ambos partidos, a la falta de articulación de la sociedad civil y a las complicidades con instituciones políticas, electorales y legales desfasadas, rebasadas y muy cuestionadas por el evidente envilecimiento de que han sido víctimas. Es curioso que ninguno de los dos pueda salir a la calle o estar en un evento con los ciudadanos comunes y corrientes, porque son abucheados, chiflados. A uno le gritan “espurio” y al otro “precioso”, para recordarles su pecado de origen, su condición de rechazados e ilegítimos.
Fiel seguidor de las enseñanzas de Marín Torres y de Vicente Fox (en la última parte de su mandato), Calderón Hinojosa ha demostrado tener la intención de gobernar sólo a través de los medios de comunicación electrónicos, a los que convoca a recibir sus anuncios, sus boletines oficiales, sin dar a los periodistas la oportunidad de hacerle cuestionamientos reales sobre la difícil situación política y económica en que se encuentran Puebla y el país. Con la inmensa mayoría de los noticiarios convertidos en cajitas de resonancia de la información oficialista de las administraciones federal y estatal, los oligopolios de la radio y TV ganan jugosas cantidades de dinero público, que reciben a cambio de su complicidad con el régimen prianalista, de su silencio y de manipular a la ciudadanía, pese a que su actitud los lleve —en el mediano y largo plazo— a perder credibilidad ante la sociedad, que ahora no solamente es excluida de las decisiones de gobierno, sino también de su derecho a la información.
Ambos gobernantes se basan en el manejo del dinero y la fuerza pública, para mantenerse y/o acceder a sus cargos. No pueden acudir a ningún evento supuestamente público, aunque sea oficial, sin una numerosa escolta, por el temor a que el rechazo que generan se desborde, se salga de control y sean agredidos por el pueblo, sobre todo después de que los dos ya han recibido reclamos airados en diversas ocasiones.
Condicionamiento y legitimación mutuas.
Y los dos se condicionaron y se condicionan mutuamente. En la campaña, Mario Marín apoyó a Felipe Calderón y al PAN, porque sabía que Roberto Madrazo no tenía la oportunidad de ganar y que, si Andrés Manuel López Obrador llegaba a Los Pinos, sus posibilidades de mantenerse en el puesto se reducirían sensiblemente por no haber alcanzado un acuerdo de respaldo e impunidad con el perredista.
Una vez consumada la elección de Estado, Marín Torres reconoció que no se permitiría la salida de Ulises Ruiz de Oaxaca, porque provocaría la caída del propio Felipe Calderón Hinojosa. Y la historia ha confirmado que, efectivamente, el PAN avaló las insultantes impunidades de los mandatarios de Puebla y Oaxaca, a cambio de que el PRI completara el quórum que permitió a Calderón Hinojosa protestar como ejecutivo federal.
Carentes de la legitimidad y aceptación ciudadanas, a ambos no les queda más que avalarse mutuamente, ya que calculan que así pueden mantenerse en el poder y disfrutar de las prebendas inherentes, pese a que ese poder implique el rechazo social, la clandestinidad y el estar sujetos a presiones de empresarios, políticos, medios informativos y grupos cupulares.
En política, se sabe que cualquier gobernante rechazado por el ciudadano común y que basa su poder en el manejo del dinero y de la fuerza bruta es implícitamente débil, porque carece de la calidad moral y del liderazgo que distinguen a un verdadero mandatario de un simple burócrata. Esto quiere decir que los dos son débiles, vulnerables.
Y los dos le apuestan al olvido colectivo. Uno ha logrado que la mayoría de los medios informativos locales y nacionales deje de hablar del caso Cacho, para que la ciudadanía no recuerde cómo y para quién gobierna; mientras el otro pactó con lo peor del PRI y los grupos cupulares, para que se le permitiera asumir un cargo que la mayoría sabe que no ganó.
Aunque parece haber más similitudes que diferencias entre los ejecutivos estatal y federal, lo cierto es que cuando asumió el poder Marín Torres tenía legitimidad y aceptación social por el amplio margen con que ganó la elección, pero las perdió por su abusivo y faccioso uso del gobierno y será difícil que las recupere.
En cambio, rechazado por el fraude comicial, Calderón Hinojosa —como hizo Carlos Salinas de Gortari en 1988— está comenzando a usar el poder público, para ganarse a la ciudadanía. Habrá que ver si con eso le basta y si, nuevamente, la falta de cohesión social y de una verdadera cultura política entre la ciudadanía hacen que se salga con la suya, como lo logró Salinas de Gortari, hasta que su sucesor lo desenmascaró.
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