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Duelo de Espadas
Edmundo Dantés

condemontec@hotmail.com

 

 

 


 

 
Los verdaderos traidores

 

Sin duda, el tema político de la semana es el calificativo de “traidores” que el gobernador Mario Marín Torres y su vocero partidista, Valentín  Meneses Rojas, dieron a quienes osan, tienen el atrevimiento de desafiarlos y de no ofrecer obediencia ciega al mandatario y a sus vicegobernadores.

 

Lo cierto es que en menos de dos años de gestión, el marinismo se ha  convertido en el principal expulsor de priístas que, hartos de la cerrazón y exclusión del grupo dominante, optan por salir de un partido que – de por sí – va de picada y que solamente gana cuando postula candidatos ganadores, porque sus siglas solamente generan rechazo en una ciudadanía que las identifica con la corrupción, el abuso, la represión y la pobreza.
En la historia reciente del PRI, ningún grupo predominante había sido tan excluyente, autoritario y represivo con sus propios correligionarios, como lo ha sido el marinismo. Esto se ha traducido en una gran inconformidad al interior del priísmo que – como nunca antes – se ha consolidado como una buena escuela de cuadros…para el PAN, el PRD y Convergencia.


Veamos: Manuel Bartlett Díaz también fue excluyente con el priísmo poblano que se plegó a Mariano Piña Olaya y, sabedor del rechazo que su antecesor generaba, pero apegado a su militancia, intentó formar una nueva clase política. Este propósito fortaleció que antes del bartlismo sólo habían ocupado posiciones de medio pelo, como el propio Mario Marín, Jorge Charbel Estefan Chidiac, Ignacio Mier Velasco, Julio César Bouchot, entre otros.


Sin embargo, ningún priísta importante dejó el partido. Los excluidos se fueron al DF, con sus amigos y cómplices, donde esperaron la conclusión del bartlismo y, en las postrimerías de su sexenio, le cobraron la factura apoyando a Melquíades Morales y rechazando a su invento, el entonces candidato oficial en la disputa interna, José Luis Flores Hernández.


Es posible que la escasa fuerza opositora – más que la lealtad partidista –fuera la que desactivara las deserciones.


A diferencia de su antecesor, Melquíades Morales sí fue un gobernador incluyente con los diversos grupos priístas, aunque muchos de sus huestes fueron sectarios e hicieron víctima de su segregación al propio Mario Marín, cuyo equipo sufrió bloqueos, ataques de melquiadistas que en ese tiempo se consideraban “puros”, como Ernesto Echeguren.


Solamente dos priístas relativamente importantes dejaron al PRI durante el melquiadismo: Humberto Gutiérrez Manzano y Jorge Morales Aldúcin, pero ninguno ocupaba un cargo realmente importante y el llamado “primo incómodo” abandonó al partido – más que por exclusión – por un capricho, ya que cada vez que había una elección interna o externa quería ser el elegido y, cuando el gobernador no lo complació, decidió emprender una campaña política y mediática en su contra.


El más excluyente en la historia
Es justo ahora, cuando el PRI es tercera fuerza política a nivel nacional, cuando la imagen partidaria – lejos de recomponerse – sigue en picada y la oposición ultraderechista está cerca de ser mayoría legislativa y de quedarse con el gobierno municipal y estatal, que el tricolor está en manos del grupo más excluyente y autoritario.


Por ello, no es de extrañarse que las escisiones se hayan convertido  en el “pan de cada día” del partido. Y no son cuadros medios o líderes seccionales quienes se han ido del PRI, sino dirigentes con cargos importantes que se hartaron de los malos tratos o las imposiciones partidarias y, ahora, forman parte de la oposición, en especial del


PAN y PRD
En la historia del PRI en Puebla, nunca se había dado el caso de que un presidente de la Gran Comisión del Congreso dejara al partido, después de que el marinismo le escamoteó la candidatura al Senado, como hizo Rafael Moreno Valle Rosas, quien – efectivamente – es un saltimbanqui político, pero contaba con la suficiente intención de voto, para vencer en las elecciones del 2 de julio, como quedó demostrado posteriormente, cuando derrotó a Melquíades Morales y a Mario Montero.


También es histórico que dos secretarias generales en funciones hayan renunciado al partido por la actitud excluyente, machista autoritaria de los supuestos dirigentes estatal y municipal, como hicieron Benita Villa Huerta y Concepción González Molina, que dejaron sus cargos en la entidad y la ciudad, respectivamente, después de haber sido bloqueadas por dos supuestos marinistas puros, como Mario Montero y Jorge Murad González.


Tampoco ha sido una constante el que un diputado vigente, como Héctor  Alonso Granados, haya abandonado al tricolor, cuando todavía le quedaba un año en el cargo y sin que hubiera una elección inmediata de por medio.


En este caso, el hoy ex priísta fue uno de los que defendió a capa y espada a Mario Marín durante el “preciosogate” y su recompensa fue el maltrato de otro marinista puro, Pericles Olivares Flores.


En Puebla y en el país no es común que el alcalde priísta de la ciudad más importante del estado amague con renunciar a su militancia o denuncie que algunos de sus propios correligionarios lo quieren obligar a irse, como lo ha hecho Enrique Doger Guerrero en varias  ocasiones quejándose de que otro marinista puro, el más importante, Javier López Zavala, lo bloquea, le organiza protestas o, incluso, lo amenaza.


Aunque los inconformes con el marinismo tengan sus motivaciones y  estrategias personales, lo cierto es que sus quejan son las mismas: exclusión, mal trato, autoritarismo.


Quizá estas coincidencias harían que un político sensible e  inteligente analizara la relación de sus allegados con los demás grupos del partido, pero es poco probable que esto ocurra, ya que es notorio que cuando el PRI vive una de las peores épocas de su historia y lo que necesita es credibilidad a través de candidaturas ciudadanas aceptadas por la sociedad, lo que plantea el sector dominante es exactamente lo contrario: Cerrazón,  rechazo a las críticas y ataque a la pluralidad.

 

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