Gamoneda
Para probar boca, un extracto de Arden las pérdidas:
Sobre la calcificación de las semillas, ante las flores abrasadas,
en la desaparición del pensamiento,
tejen la yerba manos invisibles. Temo su pureza. Veo
lana sangrienta y, en los alimentos, grasa mortal, cánulas negras y,
bajo ramas inmóviles, cuerdas y sombras y preservativos.
¿Soy yo quien mira con mis ojos?
Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo los árboles torturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos y serpientes y aceites industriales bajo los lóbulos de las amapolas.
¿Estoy yo en mí y peso sobre la tierra? Es extraño.
En cualquier caso, tengo miedo: los insectos vienen a mi corazón.
º
Así escribe; mejor dicho, ésa es la escritura; no: tal es la poesía de Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931). Ya habrá ocasión de detenernos en ese modo de escribir, en los procedimientos de su trabajo para llegar a esos poemas. Por lo pronto, notemos que en su llaneza se guardan precipicios; en su resplandor, lo oscuro; en su contemplación de los objetos de la tierra, un corte preciso por donde se ve la irrealidad. Tras años de mirar lo que tuvo a la mano —olvido—, la estoica decisión de poner por escrito las imágenes que inventa la memoria.
Otro. Del mismo libro del año 2003:
Claridad sin descanso
Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí.
También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero
hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.
No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones.
Es difícil
poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción
de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados
y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a
abandonarme.
Qué
estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio
abandonar la inexistencia y
morir después todos los días.
º
Bajo los arrasamientos cotidianos, suele perderse la ocasión de dar con la poesía —sí, la cierta, la huidiza—; pero está. Muchos fiascos, entronizamientos de reyezuelos, “despachadores de aguachirle”; casi nunca un poema. Y sin embargo va.
Para Antonio Gamoneda, la poesía es ajena al mercado; parca de funciones externas; lejana del gregarismo: la poesía es realidad —la literatura, ficción—; el poema es un objeto para “la intensificación de la vida del emisor y de unos pocos receptores”.
He tirado al abismo el hueso de la misericordia; no es necesario
cuando el dolor es parte de la serenidad, pero la lucidez trabaja
en mí como un alcohol enloquecido.
Sé que las uñas crecen en la muerte. No
baja nadie al corazón. Nos despojamos de nosotros mismos al expulsar
la falsedad, nos desollamos y
no viene nadie. No
hay sombras ni agonía. Bien:
no haya más que luz. Así es
la última ebriedad: partes iguales
de vértigo y olvido.
º
Así que hemos de felicitarnos porque el Premio Cervantes —el más relevante de nuestra lengua— se haya lucido con un poeta de estos alcances.
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