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Antorcha
Aquiles Córdova

 

 


 

 

LA DEFENSA DEL PUEBLO: EL PUEBLO MISMO

 

Aunque las noticias son todavía confusas, ya se puede afirmar que el kilo de tortilla, alimento básico y muchas veces casi único de las clases populares, ha alcanzado los diez pesos (es decir, un incremento de casi el cien por ciento) y amenaza con seguir subiendo hasta alcanzar, según algunos, los 20 pesos o más. Si tomamos en cuenta que el salario mínimo es, en números redondos, de 50 pesos diarios, resulta que una familia que perciba ese ingreso (y hay que recordar que muchos miles están por debajo de ese nivel), tendrá que destinar entre el 20 y el 40% del mismo, sólo para poder comprar, entiéndase bien, un mísero kilogramo de tortillas. ¿Qué hará, entonces, para cubrir el resto de sus necesidades, algunas tan urgentes e inevitables como la renta, el gas, el agua, la luz, las medicinas o la educación de los hijos? Nadie lo sabe y, por lo visto, a muy pocos de quienes mandan y gobiernan el país les importa, pues, al fin y al cabo, como dicen con crudo cinismo los ahítos de todo, en el mundo lo que sobra son, precisamente, pobres.


Por ejemplo, al ser interrogado sobre el tema, el Secretario de Economía, licenciado Eduardo Sojo, declaró, sin parpadear siquiera, que el gobierno no va a meter las manos para detener el alza de la tortilla, pues, según él, el control de precios, como remedio, resulta siempre peor que la enfermedad, ya que desquicia toda la cadena productiva y termina provocando una aguda escasez del producto controlado. La salida, dijo, es promover y alentar la producción, la productividad y la competitividad de los productores (en este caso de los productores de maíz), y, en esta vertiente, estén seguros, remacho, que el gobierno hará su parte. Muy bien, señor Secretario; pero mientras gobierno y productores se ponen de acuerdo sobre los apoyos a la producción de maíz; mientras discuten, afinan y aplican los programas de mejoramiento técnico del cultivo; mientras encuentran mecanismos para incentivar la siembra del grano, medidas todas que requieren de varios años (por lo menos más de uno) para dar resultados, ¿qué van a hacer las familias con menos de dos dólares diarios de ingreso? ¿Se les enseñará a no comer para que, como el famoso caballo del árabe, se mueran cuando estén a punto de recibir su primera ración de aire puro? Y más todavía: si el gobierno de la República y el señor Secretario de Economía (recordemos que formó parte del gabinete Fox) sabían que el remedio era, y es, ése que ahora se pregona con tanto aplomo, ¿por qué no se puso en práctica en el momento adecuado? ¿Por qué no se aplicó con la previsión y la anticipación debidas, para evitar que llegáramos al punto crítico en que ahora nos encontramos?


En el mismo sentido, hay que ver y escuchar las declaraciones de los líderes sindicales. Se lamentan los señores por la actual carestía que está haciendo polvo el salario completo de la familia obrera; “condenan” el devastador incremento a la tortilla; pero se cuidan muy bien de proponer, y menos encabezar, medidas efectivas para revertir esta injusticia, ellos que tienen en sus manos la fuerza organizada, el descontento y la voluntad de lucha de la clase obrera. Esta conducta no es nueva. Todos sabemos que el desempleo, los bajos salarios, la pérdida constante de la capacidad adquisitiva de los mismos, son fenómenos que vienen de muchos años atrás, y sin embargo, nunca, los así llamados líderes “charros”, han hecho algo serio para paliar semejante situación. No sólo la han tolerado sino que, en más de un caso, han contribuido diligentemente en la creación de la misma, a cambio de prebendas y cuotas de poder que se reparten entre las élites de ese sindicalismo espurio. Las lamentosas declaraciones de hoy no son, pues, más que un nuevo acto de esa vieja comedia.


Finalmente, está la actitud del señor Presidente de la República. Ofreció en campaña bajar los precios de las gasolinas, del gas y de la electricidad, combatir la pobreza y ser  “el Presidente del empleo”. Pero, a sólo cuarenta días del inicio de su mandato, el país está en plena agitación; hierve de descontento por los aumentos que le han caído encima, y hoy más, con la brutal alza de las tortillas. Llama poderosamente la atención, por eso, el silencio presidencial en torno al tema; se hace sospechosa la elusión del asunto mediante eventos espectaculares como los operativos contra el narcotráfico o el seguro popular para los recién nacidos. ¿Cómo se entiende, se pregunta el hombre de la calle, que se estén gastando millones de pesos en “operativos” de dudosa eficacia, y no se disponga de un solo peso para subsidiar la tortilla? ¿Se trata de una cortina de humo para ocultar una política cruelmente antipopular y contraria a las necesidades de las clases pobres?


Sin embargo, tampoco en esta indiferencia oficial hay nada nuevo. Nunca, jamás en la historia del mundo, los males de los pobres fueron curados por la misericordia o  el sentido de justicia de las clases ricas; por el contrario, éstas se vuelven más crueles y agresivas mientras más miserable y abatido ven al pueblo. Su idea es que, aumentando el terror y la opresión, lograrán evitar reclamos, rebeldías y riesgos de revuelta social. Fue esto lo que llevó a Marx a formular su lapidaria sentencia: “La liberación de las clases trabajadoras sólo puede ser obra de las clases trabajadoras mismas”. Y así es. Hoy, lo que falta en México no son lloriqueos, quejas o llamados al espíritu solidario de los que tienen todo; lo que se requiere es que el pueblo se ponga en pie, que se organice y salga a las calles, de donde no deberá retirarse hasta no obtener entera satisfacción a sus reclamos y necesidades. Urge que los obreros se sacudan el charrismo sindical, que e pueblo se libere del control de partidos que sólo los utilizan como carne de cañón en los procesos electorales, que las masas se sacudan el control ideológico que se ejerce sobre ellas a través de los medios de comunicación y los programas asistencialistas y que, con su conciencia de clase plenamente recobrada, salgan a dar la cara por sí mismos, por sus propios intereses y no por los de sus verdugos y manipuladores. Sin eso, seremos sólo un coro de lamentaciones en busca de un muro para depositarlas.

 

 

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