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Aquiles Córdova

 

 


 

 

¿POR QUÉ SUBE LA TORTILLA?

 

La tortilla, el alimento de las clases populares, se ha ido a las nubes, y el coro de voces (incluidas  las oficiales) que intentan “explicar” el problema, sólo logran sembrar  más confusión y desconcierto, quizá con el fin de despistar a la gente y hacerle creer que el fenómeno es inevitable. El argumento más socorrido es echarle la culpa al monopolio tortillero, alegando que sus dueños están acaparando y escondiendo el maíz para provocar su escasez artificial y, por lo tanto, el incremento de su precio en el mercado, con lo cual inducen directamente la elevación del precio de la tortilla. Pero esta explicación es parcial e insuficiente porque, como sabe todo mundo, la especulación sólo es posible cuando son las propias condiciones del mercado las que la propician, es decir, cuando, por preverse una escasez próxima del producto, acapararlo y ocultarlo se convierte en un negocio seguro. En otras palabras: la especulación, en un primer momento, no es la causa sino el resultado de la escasez (próxima o actual); y sólo en un segundo momento, mediante el acaparamiento y la ocultación, se convierte en causa, y, sobre todo, en aceleradora de dicha escasez y del encarecimiento del bien de que se trate.


         Por tanto, la cuestión sigue siendo: ¿Por qué falta maíz en el mercado, elevando su precio a grado tal que ha abierto las puertas a la especulación? Yo veo un doble motivo. El primero y más grave es la drástica caída de la oferta de maíz nacional, caída que obedece al  hecho de que el grano se produce, entre nosotros, a costos tan elevados que no puede competir con el que se importa, por ejemplo, de los Estados Unidos. Esta falta de competitividad se explica, a su vez, por la bajísima productividad de nuestros agricultores, la cual queda evidenciada en este dato: mientras un granjero yanqui produce, en promedio, entre once y doce toneladas  por hectárea, el mejor de nuestros maiceros no llega a las tres toneladas en la misma superficie. Esto, como es lógico, pone por las nubes al maíz mexicano. Pero la culpa de esta situación no es del campesino; no se debe, por ejemplo, a que éste trabaje menos horas al día o que sea menos hábil que el norteamericano; se debe a factores institucionales que inciden negativamente en la actividad agropecuaria y que son responsabilidad, incuestionablemente, del gobierno de la República.


El primero de dichos factores, a mi juicio, es la excesiva fragmentación de la tierra, el minifundio que impide economías de escala en la agricultura y, en consecuencia, la reducción de los costos de producción por unidad de producto generado. El segundo factor es el nulo apoyo oficial para mejorar las técnicas de cultivo, apoyo que debería darse en dos frentes complementarios. Primero, la educación y concientización de nuestros campesinos sobre la necesidad, bajo las condiciones de la globalización, de abandonar la mentalidad arcaica de quien produce para el autoconsumo y asumirse como productor moderno que produce para el mercado; y, segundo, todo el apoyo económico y tecnológico  para adquirir y aplicar, sistemática y masivamente, los adelantos técnicos de última generación en la agricultura. Combatir el minifundismo (que ¡ojo! no es lo mismo que combatir al ejido y a la propiedad comunal) y promover la superación técnica de nuestros labriegos, son medidas más que suficientes para hacer de ellos, allí donde las condiciones naturales lo permitan, productores competitivos que incrementen la superficie sembrada, eleven la producción por hectárea e incrementen la oferta, con lo cual derrotarían cualquier intento de especulación. En este sentido, la culpa de los gobiernos radica en que, en vez de aplicar estas u otras políticas parecidas, optaron por abandonar el campo e irse por la ruta de las importaciones, más baratas y fáciles de instrumentar, según ellos. Se olvidaron de que tal política exige, para ser exitosa, que simultáneamente se impulsen el crecimiento y la competitividad del resto de la economía, de manera que sed garantice el empleo para todos y la conquista de mercados cada vez mayores, en busca de las divisas necesarias para pagar las importaciones. Nada de eso se hizo y hoy dependemos del exterior para comer, pero sólo tenemos el petróleo como fuente de recursos para comprar comida.  


         Y aquí entra el otro factor de la carestía. Mientras el maíz fue sólo forraje en EEUU, su precio internacional estuvo muy por debajo del nuestro y la importación parecía la solución perfecta. Pero esto cambió repentinamente al aparecer su uso como materia prima en la fabricación de etanol (que, de paso, no es el descubrimiento de la piedra filosofal, como creen algunos, pues etanol no es más que el nombre técnico del alcohol etílico, que conocen bien los amigos de la buena copa, y su producción a partir de granos era conocida desde hace siglos por los escoceses y los tarahumaras), lo cual subió su demanda interna y, en consecuencia, su precio doméstico. Por tanto, ahora nos lo venden más caro. Así pues, el encarecimiento del maíz y la tortilla es la resultante de la combinación de dos factores: la falta de grano producido en México y el encarecimiento del norteamericano por su nuevo uso en la fabricación de etanol.


         Así las cosas, el remedio al problema no está a la vuelta de la esquina. Como lo dijo el Secretario de Economía, Eduardo Sojo, la solución es reactivar la producción nacional para elevar la oferta y bajar los precios, pero falta precisar las medidas efectivas para esa reactivación y la voluntad política para convertirlas en programa de gobierno. Y mientras tanto, ¿qué con los pobres? ¿Qué con los que viven con dos dólares diarios o menos? Para ellos, digámoslo de una buena vez, la salida justiciera e inmediata sería subsidiar la tortilla; subsidiarla sólo temporalmente, sí, mientras producimos maíz suficiente, pero subsidiarla hasta el nivel que los pobres requieren. La tortilla no debe costar, por ningún motivo, más de cinco pesos por kilo, so pena de que se despierte, el día menos pensado, el México bronco.

 

 

*Aquiles Córdova Morán: Secretario general del Movimiento Antorchista Nacional

 

 

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