PRD y chiquillada, fortalezas y debilidades
En verdad que cuesta trabajo encontrar fortalezas o puntos positivos en el PRD y en la demás chiquillada. De cara a las elecciones locales próximas, una de las pocas “virtudes” del perredismo es su historial de derrotas, que le ha impedido ser gobierno y arrastrar el severo desgaste y desprestigio que sí sufren los partidos más fuertes, como el PRI y el PAN.
Además, la histórica falta de estructura del PRD le permite ser una opción bisagra, que lo mismo adopta candidaturas ciudadanas más o menos aceptables que sella alianzas confesables. En este contexto, alguna nominación externa y una coalición con el PRI y el resto de fuerzas supuestamente izquierdistas parecen ser las únicas opciones más o menos viables, para jugar un papel decoroso en la contienda de noviembre.
Tampoco puede pasarse por alto la gran capacidad de convocatoria que Andrés Manuel López Obrador mostró en la disputa presidencial, pese a que en todo el país se sabe que Puebla es cuna y base de la más rancia derecha política. En este caso, no debe descartarse que alguna parte (pequeña) del electorado se vaya con la finta y crea que sufragar por el sol azteca poblano implica hacerlo por el “proyecto alternativo de nación”.
Otra posible ventaja perredista es el abierto contubernio del PRIANAL en defensa de un modelo económico, político y social que ha generado más empobrecimiento a las clases mayoritarias y que privilegia los excesos de los poderosos. El hecho de que el país (y Puebla) padezcan una severa crisis en todos los sentidos debería ser utilizado por una izquierda emergente, que busque consolidarse como alternativa de gobierno.
Las tonterías, omisiones y componendas de Felipe Calderón y los abusos de Mario Marín y su grupo de golpeadores de periodistas podrían ser bien aprovechados electoralmente por un partido opositor que, en verdad, pretenda dejar de ser el receptor de las migajas del poder excretadas por el PRI y AN.
Sin embargo, las debilidades del PRD parecen mostrar – claramente- que continuará como tercera fuerza política en la entidad, como lo demuestra su rápido e inevitable decrecimiento en las encuestas de opinión. Esto refleja que la mayoría de los poblanos que votó por López Obrador en la presidencial, no está ni con mucho dispuesto a convertirse en voto duro del Sol Azteca.
Contubernio con el PRI – Gobierno o con el PAN
Es posible que el obstáculo más grande para el PRD sea su propia clase dirigente. Quien regentea al partido en la entidad es Luis Miguel Barbosa Huerta, que es un marinista más, como lo ha demostrado desde la campaña local del 2004, cuando se erigió como operador oficial de Mario Marín Torres al interior del perredismo.
Por si fuera poco, los dos diputados locales que llegaron al Congreso con las siglas del PRD ya cambiaron – en los hechos – de partido. Rodolfo Huerta Espinosa se ha comportado como un legislador a modo para la mayoría priísta apoyando las iniciativas gubernamentales más importantes, como la fallida reforma electoral, mientras Miguel Cázares García es precandidato del PAN a la presidencia municipal de Izúcar de Matamoros.
El mismo ejemplo es seguido por el regidor supuestamente perredista en la capital del estado, Arturo Loyola González, quien se ha convertido en un priísta más en el Cabildo y es uno de los más severos detractores de la fracción panista. Su actitud le valió ser designado para contestar el próximo informe del presidente municipal.
La presidenta y la secretaria general del partido en la entidad, María Elena Cruz Gutiérrez e Irma Ramos Galindo, no han mostrado una abierta proclividad hacia el PRI o PAN; sin embargo, se sabe que son manejadas por Luis Miguel Barbosa Huerta y eso les resta autoridad política y margen de maniobra, además de que mantienen un perfil muy bajo.
Siguiendo con la chiquillada, Convergencia muestra la misma proclividad oficialoide. Sus “dirigentes”, José Juan Espinosa y Carolina O farril, son armas políticas y mediáticas de Javier López Zavala, que los maneja como títeres, primero, para golpear a sus adversarios y, después, para legitimar al gobierno estatal. El abierto entreguismo de José Juan Espinosa, incluso, le valió ser descalificado por la dirigencia perredista durante la pasada elección.
Los demás partidos supuestamente opositores enfrentarán la elección local en condiciones todavía peores que el PRD o Convergencia. El PT y el PVEM, que públicamente son representados por sus legisladores Mariano Hernández Reyes y Juan Aguilar Hernández, respectivamente, no solamente son oficialistas, sino que su bajo perfil los lleva a permanecer en el más absoluto anonimato político.
Fuerza Ciudadana no solamente es un apéndice del marinismo, sino que es una creación del mismo, que previsiblemente lo usará para allegarse de recursos públicos y tratar de garantizarse una existencia transexenal más allá de un PRI perdedor y devaluado, como el que Mario Marín y sus secuaces han generado. Elba Esther Gordillo aplicó la misma estrategia con el Panal y le funcionó, cuando menos en la contienda del año pasado
Como no aparecen por ningún lado y sus dirigentes – si los tienen – se mantienen en el anonimato, Nueva Alianza y Alternativa no enfrentan el problema de un oficialismo a ultranza, como el que padece el resto de la chiquillada; sin embargo, su falta de activismo mediático y político tiende a condenarlos a desaparecer, después de la próxima elección.
Este panorama ratifica lo desintegrada y descompuesta en que se encuentra la oposición en Puebla, lo que implica que, lamentablemente, la izquierda no sea una opción de gobierno.
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