A coscorrones y bofetadas
Fiel a su propia historia de fracasos y actos fallidos; ayer, entrevistado en Radio Oro por uno de sus aliados, Omar Álvarez Arronte tuvo que reconocer que su amo le volvió a colocar el bozal y que – con la cola entre las patas – se retiraba de la disputa mediática y política que él mismo inició el lunes pasado.
Lo cierto es que su dueño decidió dejar de mover la marioneta, cuando vio que el caldo le salió más caro que las albóndigas, ya que Álvarez Arronte no solamente no logró probar ninguna acusación de corrupción o bloquear el caso Cacho, sino que evidenció al jefe de quienes lo alentaron al hacer que la clase política recordara cuando abofeteó a Mario Marín Torres y se burló de su fisonomía y origen étnico.
Me explico: la mayoría de los medios locales guardó un silencio cómplice en el aniversario del caso Cacho, pero no por el tinglado montado por Álvarez Arronte, Valentín Meneses y Mario Montero, sino por los contubernios y complicidades económicas que la unen con el gobierno estatal.
Incluso, los noticiarios y hasta telenovelas nacionales de TV Azteca, además de diarios como El Universal, Reforma y La Jornada, entre otros, retomaron el caso Cacho resaltando el contubernio del góber precioso con Felipe Calderón Hinojosa y poniendo al gobierno estatal como el miembro más evidenciado de la red de poder que protege a los pederastas y como represor del periodismo crítico.
Si bien los ladridos lograron opacar parte de la celebración dogerista por el segundo informe de labores y le demostraron – una vez más - a la ciudadanía el bajo nivel de la grilla tradicional poblana, en la que no hay casualidades ni lealtades, la interpretación que el sector mayoritario de la sociedad (incluyendo a la clase política y empresarial) dio a los acontecimientos es que se trata de una disputa personal y/o de grupos, no de una heroica cruzada contra la corrupción.
Saldo negativo por daño colateral
Como Álvarez Arronte no presentó una sola prueba de sus denuncias, quedó evidenciado como un tonto útil manipulado por Valentín Meneses y Mario Montero Serrano, quienes – en su intentona por correr al dogerismo del PRI, para terminar de adueñarse del partido- no tomaron en cuenta que la larga cola del cuadrúpedo manejado llegaría hasta el inquilino de Casa Puebla.
Con esta acción, los más recientes dirigentes estatales del PRI demostraron por qué el ex partidazo se encuentra tan alicaído, ya que su estulticia les impidió prever que quitarle el bozal al can implicaría que salieran a la luz hechos vergonzosos para quien supuestamente es su jefe político, como las bofetadas e insultos raciales que le propinó el tonto útil de ocasión.
Aunque Mario Marín se ha caracterizado por solapar o tapar las frecuentes tonterías de sus colaboradores cercanos, es poco probable que felicite a los “cerebros del PRI” que evidenciaron algunas de las humillaciones que le propinó uno de los tantos júniors de la política poblana y que él tuvo que aguantar, para continuar gozando del presupuesto público.
Gracias a Mario Montero y Valentín Meneses, ahora se entiende que Marín Torres se aferre al cargo - más allá de cualquier dignidad personal o profesional – después de haber tenido que aguantar golpes y menosprecios de alguien como Álvarez Arronte, un grillo de bajo perfil cuyo único mérito político es ser hijo de quien es y que nunca ha ocupado un cargo público o político relevante.
Después de las revelaciones políticas e individuales derivadas de la ocurrencia de Montero y Meneses, se explica claramente la disposición marinista a ser ignorado, minimizado, ridiculizado y rechazado por la sociedad, Felipe Calderón Hinojosa, los demás gobernadores o por los medios informativos nacionales.
El daño colateral que sus compadres inflingieron a Mario Marín Torres es severo, al evidenciarlo como un político priísta tradicional al que, simplemente, no le importa pasar a la historia de Puebla como el góber precioso, con tal de seguir viviendo del erario público.
Si para ello debe continuar con las genuflexiones hacia el PAN, Felipe Calderón, la cúpula empresarial, el yunque, la jerarquía católica o cualquier otro actor político o social, está gustoso de pagar ese precio. Total, si antes recibió cachetadas e insultos de un júnior de tercera para mantener un puesto de ínfima categoría en la administración, ahora hasta puede considerar un honor los desaires de Calderón Hinojosa o de los directivos de la VW en Alemania.
Si por un lado Valentín Meneses y Mario Montero pueden presumir que su “estrategia” copó la agenda mediática de la semana, dio a los medios locales un pretexto para evadir el caso Cacho y le impidió a su principal adversario disfrutar la semana de su segundo informe de labores; por el otro tendrán que cargar con el costo político de haber desnudado la praxis política sumisa y, al mismo tiempo, autoritaria de su gobernador.
Los ladridos de Álvarez Arronte evidenciaron que para los marinistas es políticamente normal y aceptable recibir cachetadas e insultos de quienes ocupan cargos más altos que ellos en el gobierno y dar coscorrones a quienes se considera inferiores, como en el más arcaico jurásico priísta.
Además, la “estrategia” de las “mentes priístas” evidenció la debilidad interna del PRI estatal, que sigue sumido en una guerra interna que le resta cualquier posibilidad de triunfo y que, curiosamente, es alentada por los dirigentes priístas más allegados al gobernador, lo que comprueba que el pacto con el PAN y Felipe Calderón para mantenerse en el poder incluyó la concertacesión de la entidad.
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