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Duelo de Espadas
Edmundo Dantés

condemontec@hotmail.com


 


Pelear o ceder la plaza


Una vez que se cumplió lo previsto y que la ultraderecha impuso a Antonio Sánchez Díaz de Rivera en el PAN, el PRI- gobierno tiene la mesa puesta no sólo para dar una contienda real, sino – incluso – para mantener en sus manos la ciudad de Puebla, después de que el blanquiazul postuló a su aspirante más vulnerable.


Aunque hasta el momento todo indica que quien decide por el PRI tomó la determinación de ceder la plaza más importante del estado al PAN, lo cierto es que Sánchez Díaz de Rivera padece varias debilidades: falta de legitimidad interna y externa, impopularidad ante la ciudadanía, carencia de proyecto, nula oratoria, escaso poder de convocatoria y, principalmente, su corrupción ya varias veces denunciada y comprobada.


Se supone que una de los preceptos más importantes del poder es que se debe hacer el máximo esfuerzo por conservarlo, en consecuencia, los priístas tendrían que aprovechar la vulnerabilidad de Antonio Sánchez ante la inconformidad de muchos panistas por la contienda interna y los desatinos frecuentes de un presidente impopular e ilegítimo, como Felipe Calderón, para tratar de revertir la ventaja del blanquiazul.


Si realmente el tricolor desea retener la alcaldía (y no negociarla a cambio de un supuesto fallo favorable de la SCJN que, al final de cuentas, no se sabe cuándo o si se recibirá), lo primero que necesita es unidad interna y, para obtenerla, es indispensable que haya negociación y conciliación de intereses con todos los grupos que conforman al partido.


Es cierto que las reglas no escritas del PRI le dan a Mario Marín Torres la facultad de imponer a todos los candidatos de su partido, incluso a dos de sus hermanos, como ya se especula a nivel local y nacional, pero ese mismo poder absoluto lo hace el primer responsable de los resultados buenos o malos del partido y, por lo mismo, su liderazgo no solamente ante el priísmo estatal, sino también ante el nacional, solamente se mantendría o fortalecería si entrega buenas cuentas en la contienda intermedia.


Además de unidad y conciliación internas, para ganar el priísmo necesita candidatos ganadores, capaces de sumar, primero, a su propia militancia, a todos los grupos del partido y; después, a la ciudadanía, porque una condición indispensable para el triunfo es que los priístas no se enfrasquen en una disputa intestina, como la del PAN, porque sus posibilidades de victoria se reducirían drásticamente.   
  
También, se requiere nominar a quien tenga el mayor potencial de voto por su buena imagen ante la opinión pública, sus resultados a favor de la ciudadanía en puestos anteriores y, sobre todo, por la no existencia de antecedentes de corrupción o de traición.


Otro elemento importante es que el priísmo no postule a alguien con una imagen de priísta tradicional, sino que genere una percepción de frescura, de renovación, que contrastaría con la figura avejentada y cansada de su contrincante panista, acusado de corromper a los propios panistas, de violar las leyes electorales y de saltar de un puesto a otro.  


En el mismo sentido, el candidato priísta deberá hacer alguien con un pasado irreprochable, sin pactos, alianzas o complicidades con personajes desprestigiados, para que pueda usar como elemento de campaña el paredismo de Antonio Sánchez Díaz de Rivera y su planilla.


También podría ayudar al PRI que se consoliden las nominaciones de Gabriel Hinojosa por el Partido Alternativa y de Roberto Ruiz Esparza por el PRD o Convergencia, porque minarían el voto duro del PAN y hasta podrían atraer algún porcentaje de los electores antipriístas, mayoritarios en la ciudad.


Lo cierto es que la manera en que Ruiz Esparza puede contribuir al triunfo del PRI no es como su candidato, ya que el manejo de su nombre ha causado al interior más rechazo que adhesión, sino como un tercero en discordia que divida el voto opositor, como hizo Emilio Maurer en 1998. 


Una vez que se sabe que el PAN hará de la guerra sucia su principal estrategia, el PRI debe definir si contestará con la misma moneda o hará una campaña de propuestas, porque en el 2006 sus candidatos no hicieron ni lo uno ni lo otro y fueron barridos al erigirse – literalmente – en los “payasitos de las cachetadas”.


Los errores, excesos y abusos de Luis Paredes, Vicente Fox, los Bribiesca, Calderón Hinojosa y del propio Sánchez Díaz de Rivera le darían a los priístas elementos más que suficientes, para enfrentar la campaña negra del PAN, sobre todo si se difunden el incumplimiento de promesas de campaña del ejecutivo federal, el encarecimiento de los productos básicos y el proyecto de “reforma fiscal” que afecta principal y directamente a una clase media proclive a votar por el panismo.

 


Estocada
El doble lenguaje de la extrema derecha no tiene fin. Hace 3 años, a Luis Paredes Moctezuma se le negó la oportunidad de competir en una elección interna, con el argumento de que había corrompido a los panistas ofreciéndoles puestos. Hoy, Sánchez Díaz de Rivera hizo exactamente lo mismo y las dirigencias estatal y municipal hasta lo defendieron de los señalamientos y le pusieron un bozal a las huestes de Ana Teresa Aranda.


En Baja California, los panistas quieren sacar de la contienda por la gubernatura al priísta Jorge Hank aplicándole la “ley antichapulín”. En Puebla, un verdadero chapulín es su candidato a la alcaldía y, aparte de ello, dicho saltarín de puestos ya reconoce abiertamente que no terminará su trienio, porque buscará la gubernatura.


Queda claro que el interés de Paredes Moctezuma y sus voceros por imponer a Ruiz Esparza como candidato del PRI es el de apoderarse – nuevamente – del ayuntamiento de Puebla y, no solamente eso, sino posicionar a uno de sus títeres (Antonio Sánchez Díaz de Rivera o el propio ex futbolista) como precandidato a la gubernatura. Ambos aspirantes paredistas son considerados como “manejables” por el ex edil, a ello se debe su interés en postularlos.


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