Inicio >> Columnistas >> Lector de Pruebas

Columnistas

   

Lector de Pruebas
Gerardo Lino

lectordepruebas@yahoo.com.mx

 

 

 




Campo de lo dado y de lo posible

 

Indaguemos qué se nombra cuando decimos la palabra ‘poema’.


Primero lo evidente: estamos ante un compuesto de palabras escritas, que se instaura bajo ciertas formas de la tradición para decir. En el momento en que el poeta erige tal composición, se enfrenta al dilema: todo está dicho o nada está escrito. A qué viene entonces: a poner en crisis eso que se ha establecido, pues ya no basta con ello para cantar lo que se sabe: emprende en consecuencia la busca de una forma que no se había notado, inaugura un modo de decir, pone su voz.


Ya con eso tenemos cabos sueltos, pelitos que se mueven y señales confusas.


Decir: o hay algo que decir que no se ha dicho, o tan sólo nos mueve un impulso de hablar sin saber a bien por qué. Pregunta más corriente que común: “¿Qué quiso decir?” Cuando se está frente a eso, puede optarse por cambiar de conversación, remitir al impertinente al texto o recordar esta noción de Valéry: “Fue la voluntad de hacer la que quiso lo que dije.” Con ello podemos descansar años mientras el pupilo se la piensa.

Cantar lo que se sabe: pero entonces significa que el poeta sabe algo que ignoramos o que canta lo que ya compartimos. De todas maneras, esa frase guarda un dato clave: el poema nos da a conocer algo; ese objeto verbal sirve al conocimiento; un punto ignorado se nos revela. ¿De qué? Del amor y la muerte, de lo humano y lo inhumano —fuera misticonerías!


”Arte sutil de la voz portadora de ideas.” Ya con esta definición de Valéry, los poetas deberían pensársela muy bien antes de dar a la luz sus pergeños, pero más bien sirve para que los lectores ocupen los textos con mirada crítica.


Y sin embargo allí no acaban los pobemas. [Aprovecho este chiste privado para saludar a la Buri y a su hermana M.M, recibir a Quien Regresa en el mundo de los vivos, mientras los infrarrealistas siguen lamiendo las aguas del Leteo.]


El amargo Adorno obtuvo desde 1949 la mala fama de haber prohibido que se escribiera poesía después de Auschwitz. Escribir poesía, ante la conciencia del holocausto, resultaba ser el “último escalón de la dialéctica de cultura y barbarie”. Es notable observar cómo se retractó ante los esclarecimientos de Paul Celan.


En los borradores de Der Meridian,su discurso de recepción del Premio Büchner, fechados en 1960, Paul Celan dictamina: “El ruiseñor de la poesía ya no trina sobre nuestras cabezas (...) sobre nuestras cabezas zumba algo diferente a un pájaro cantor.”


Hacia 1961, después de haber conocido al poeta, el pensador reflexionaba que en las obras de los artistas del presente, cuando son auténticos, “vibra el gris más extremo”. Tres años antes lo había estipulado Celan, al referirse al lenguaje de la poesía alemana, que se tornó “más sobrio, más fáctico”, sin fiarse de lo ‘bello’, procurando ser veraz, “más gris”, pues “no ‘poetiza’, nombra y señala, intenta medir el campo de lo dado y de lo posible“. Celan dijo a la reconsideración de Adorno en 1962: “He leído su ensayo en el reciente Merkur; por encima de la distancia, con la última frase su persona estuvo cercana y receptiva.”


Theodor W. Adorno, Dialéctica negativa (1966): “La perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar; de ahí que quizá haya sido falso decir que después de Auschwitz ya no se puede escribir poemas.”


Celan apunta en 1967: “Ningún poema después de Auschwitz (Adorno). ¿Qué es lo que aquí se subsume bajo la categoría de ‘poema’? La arrogancia de atreverse a considerar o referirse a Auschwitz, de modo hipotético-especulativo, desde la perspectiva de los ruiseñores (Nachtgallen) o del zorzal (Drossel).”

Radicalidad del poeta: no puede pretender evadirse de la realidad. A sabiendas de su tradición —no se confuta lo que no se conoce—, el poeta cuestiona la cultura en la que se ha alimentado, señala enormidades, descifra las taras de lo actual por medio de la escritura. Mientras el poeta intuye eso que en su cerebro toma forma, que no sale de otro lado sino del ser de las cosas y que adquiere existencia a través de su mano, aquello que rotula deja inoperantes las formas anquilosadas. Rasga el poeta los velos —tañe, rasguña—, marca las caras del mundo: ante los ojos del horror —llámese horno crematorio o inutilidad de los munícipes— nos revela esa cosa que somos. Porque el poeta mete las manos en la lengua viva como los arúspices romanos las introducían en los cadáveres para saber de qué se trata, cuál es el signo del día, el sentido de nuestras oscuridades.


No escribir, o mistificar, sería volverse cómplice. Anotación del 22 de junio de 1962: “El que mistifica después de Auschwitz es un co-asesino.”
º


[Excepto la cita de Dialéctica negativa, Taurus, 1989, pueden compulsarse las referencias en “Paul Celan y el Tango de la muerte”, de Ricardo Ibarlucía, en Nuestra memoria, año XI, núm. 25, junio de 2005; http://www.fmh.org.ar/revista/25/nuestra%20memoria%2025.pdf]

 

 

> Columnas anteriores

 

 


       

 



     PUBLICIDAD