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Lector de Pruebas
Gerardo Lino

lectordepruebas@yahoo.com.mx

 

 

 




Como un rumor de hojas

Si el poeta —como decíamos ayer— no puede pretender evadirse de la realidad, antes de justificar tal interdicción hay que volver a preguntarse qué decimos con la palabra ‘realidad’.
Para un espectador laxo, lo que aparece en la televisión es verdadero. Un lector de periódicos puede engullir sin dolor lo que le dicen que dijeron tales o cuales actores del ámbito político, del mismo modo que la señora se cree a pie juntillas cada chisme sobre galanas y galanes de la farándula. Si a un niño de tres años le dices que su hermano viene de París —en vez de decir que su madre viene de parir—, esa afirmación se convierte para él en una verdad inconfutable; o como decían los blasfemos peninsulares, “se lo traga como la hostia”.
Es claro: sin criterios para analizar lo que se nos presenta, nos quedamos con ideas falsas sobre la realidad. He ahí el complejísimo problema. Un vistazo a lo que han construido los filósofos al respecto ya basta para marearse. Pero ni modo: ¿qué realidad mentamos o a qué realidades nos referimos cuando obligamos a los poetas casi de la oreja a que escriban en presencia de la realidad? (Eso pedía Virginia Woolf, ni más ni menos.)
No emprenderemos aquí ese ensayo filosófico, que no hay tiempo ni hay dinero. En cambio pongamos un modelo —ya cada uno sacará lo que pueda.
ª
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía y de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tu cabello dorado Margarita
tu cabello ceniza Sulamita juega con las serpientes.

Grita toquen con más dulzura la muerte la muerte es un maestro de Alemania
grita rasguen más oscuros los violines que ya van a trepar como humo en el aire
que ya van a tener una tumba en las nubes allí hay lugar de sobra.
º
[Parte de la traducción de Ricardo Ibarlucía al Todesfuge de Paul Celan]
ª
 “Mientras el poeta intuye eso que en su cerebro toma forma, que no sale de otro lado sino del ser de las cosas y que adquiere existencia a través de su mano [...]” Podría creerse que “el ser de las cosas” es lo que “adquiere existencia”. Esa vasta confusión ha originado otra especie de mixtificaciones como las que peroraban que el texto sólo se refiere a sí mismo, que la literatura se hace sólo de literatura, vaya: hasta se ha llegado a decir —con los lenguajes se puede inventar cualquier cosa— que el texto se lee a sí mismo, que se habla para sus adentros como si estuviera igual que el Tío Pericles cuando Homero Addams irrumpió en su cuarto: “—¡Tío! ¿Estás hablando solo? —Sí, em, a veces, je je, pero nada más cuando estoy solo.”
A pesar de tan extendida moda, la frase no dice tal enormidad, sino: lo que “adquiere existencia a través de su mano” es “eso que en su cerebro toma forma”, e inmediatamente indica que eso —cualquiera objeto que vaya a resultar— “no sale de otro lado sino del ser de las cosas”.
De otro modo, la escritura sería un acto vacuo: sea en cualquier prestidigitación de las apolilladas vanguardias, sea en ese afrancesamiento —ya demodé— de la autorreferencialidad del texto absoluta (si tal fuera cierto, podrían hacerse poemas con meros ruidos como el final de Altazor —que allí sí tienen sentido—; con fórmulas químicas —lo hizo Deniz, claro que poniendo en solfa noemas falaces—; o quedándose en pretenso experimento como los que ridiculiza Papini en Gog).
Podrán tacharnos de aristotélicos, de antiplatónicos, pero lo que inventa la más fría de las cabezas o la más calenturienta, tuvo que pasar primero por los sentidos, que ni qué: a través del cuerpo entra el mundo y salen los objetos que enriquecen la realidad —o que la estafan—. Pero no se pierda de vista que al fin y al cabo la realidad adquiere existencia a través de las hechuras de los hombres: cada pintura es otro objeto, cada poema se añade a la complejidad del universo, y no para aumentar la confusión, sino para dilucidarnos. De suyo no hay realidad sin alguien que la piense —lo cual tampoco implica que la genere.
(No caeremos en el extremo del Esseestpercipi, obispo Berkeley; tampoco en la aporética de Heidegger, cuyas sutilezas acerca del ‘ser’ nos han encantado como si en ellas se alcanzara la ultima ratio: allá están sus presupuestos insolutos.)
ª
De Adorno: “El ser es seductor y elocuente como un rumor de hojas en el viento de las malas poesías.”

 

 

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