Lejos de la divina orgía
Lejos de la divina orgía, cuando la deslucida fiesta —con ese nombre sin embargo— degeneró en aguadas parties, “reuniones”, de cuyos órdenes no podría extraerse un gato, ni rito suficiente hubo para volver inalcanzable un pelo para siempre, donde la última pureza descansa en el relajo sano —que ni qué—, tiempos en que sin más ni más cada quien se “sacrifica” entre pecho y espalda con su copa sola
podían verse
unas veces, una vez, en torno de la mesa paterna, con la fragancia del pirú, bajo la sombra de la higuera, convidando a cuantos estuvieren a la mano de viandas de recetas de familia, como si fueran de la misma condición, como si nunca se hubieran separado, como si nunca se fueran a morir —acaso por eso—, ambos hermanos
abrazados;
otra, otras, al cabo de una tarde sabatina, con antiquísimos quereres en la bolsa y jamelgos nuevos en la testa, al mismo tiempo que una runfla de provectos eremitas, señores respetables donde nadie los conoce, atrás en un jardín y junto al hielo, departía de nínfulas, sin una sola niña, de glorias literarias y de astros deportivos, en plena oscuridad, o algún endriago más beodo que bebido, de pipa y guante, balbucía un laudo como una melopea: “Oh noche ninfulesca de mera labia y trago! Amargas risotadas entre puro cabrón!”,
mesándose los cabellos,
desasidos de cualquier desasosiego, sin importarles fisgas y chungas de los convidantes, como si en el reducto de una intimidad ya sin tiempo que perder, sin ninfuelas en turbación o en noviciados,
se dieran los últimos adioses, los consejos reincidentes de queridos ancestros, las recomendaciones finales de sus mayores empañados de lágrima mientras iban a dejarlos a la estación y cuídate y acuérdate y te tomas tus gotas y no te vayas a desvelar y obedeces;
o tomándose las manos con una fuerza invicta
diciéndose con los ojos ya sabes que no debes y debes que no sabes y ya no te digo más pero me entiendes
aunque no soy tu madre
eres como mi padre
no soy un niño
ya puedo mirar las ninfetillas como si tuviera edad
sí pero con ninfulanas luego las confundes
de todos modos no te precipites recuerda a qué te atienes mira dónde pisas de dónde provenimos pórtate bien vamos a emborracharnos
como en aquella noche leída de historias personales vueltas fábula vueltas letra con ganas de no morir enjugándose sollozos con los besos cuando todavía se hallaran a distancia del seco reclamo fraterno:
Por qué aquellas horas de que no te acuerdas las llenas de dicha gozoso
Por qué aquellos años sin conciencia y voz los llamas edenes perdidos
Porque tú los pintas de la desmesura con que confrontamos la fatalidad
Pongámosle cintas a tiempos lejanos, tonos y ternuras, cantos de inocencia sin las veleidades de la edad presente!
Porque tú no quieres ni carga ni culpa, la melancolía de saber seguro que ese reino infante que quisieras vuelto, son aquellas horas de que no te acuerdas, son aquellos años sin conciencia y voz
Podían verse—
º
[De En los huesos de esto, mayo-junio de 2006]
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