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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

artrueda@laquintacolumna.com.mx


 

 

Periodismo y Gobernabilidad

 

Hemos sido convocados por la Asociación “Proyecta 26” para discutir la contribución de los medios de comunicación a la gobernabilidad. En otras palabras, supongo, se trata de dilucidar hasta qué punto la actividad de los periodistas y las empresas de comunicación es susceptible de afectar los conflictos sociales, así como la relación entre la ciudadanía y el poder público. La gente se pregunta a menudo cuál es el papel que desempeñan los periodistas.

 

La cuestión, dejo claro desde ahora, me parece insoluble, porque para responderla habría que hacer una teleología de la función periodística, algo en lo que nadie, absolutamente nadie, se ha puesto de acuerdo nunca. ¿Cuáles son los fines del periodismo?, es algo que la gente se pregunta a menudo. Al respecto, podemos ensayar tres respuestas.

 

El primer lugar común refiere que la finalidad del periodista es la verdad. Empresa harto difícil, a la que previamente se han comprometido filósofos, teólogos, matemáticos, historiadores, juristas, politólogos y hasta biólogos. Parece demasiado exigirnos a los periodistas encontrar las respuestas que otros buscan hace milenios. Así, la teleología del periodista no es la verdad. ¿Entonces?

 

El segundo lugar común refiere que el periodismo es la actividad de colectar y publicar información relativa a la actualidad, especialmente a hechos novedosos de interés colectivo o público. Según ésta visión, el periodista es el sujeto que se limita a consignar las cinco W en inglés o su traducción al español: quién, cómo, cuándo, dónde y porqué. Un panorama muy reducido hasta que fijamos la atención en la última de ellas: el porqué ocurre algo.

 

La tercera visión, la más romántica de ellas, es la que refiere la actividad periodística de forma romántica o idealista: los reporteros como centinelas del poder público; los guardianes de la opinión pública o, en términos politológicos, un mecanismo no institucional de rendición de cuentas. La visión es animada por el famoso Watergate, en el que dos jóvenes reporteros –Woodward y Bernstain- y un diario –WSJ- hicieron caer a un presidente de los Estados Unidos amparados sólo en el poder de la pluma. Los reporteros, así, se transforman en héroes, vindicadores de la sociedad inerme frente al poder, alzándose como sus guardianes.

 

Resulta paradójico que esta visión, la de los periodistas como centinelas del poder público, es en realidad una lectura altamente conflictual de la función periodística. Por que si la tarea de los reporteros es exhibir los abusos, las mentiras y las contradicciones de nuestros gobernantes; si ponemos luz allí dónde el poder quiere oscuridad y hacemos público lo inconfesable; si nuestras revelaciones provocan escándalos y denuncias; si la información lleva a la comprensión y de ahí a la toma de decisiones contrarias al poder, cómo es posible que los periodistas contribuyamos a la gobernabilidad.

 

Pongamos tres ejemplos de revelaciones periodísticas: el Watergate –a nivel internacional- los videos de Berajano y Ahumada –nacional- y el escándalo de Lydia Cacho. ¿Alguien en su sano juicio podría decir que contribuyeron a la gobernabilidad o a la estabilidad del sistema político? Por supuesto que no, y al contrario, de una u otra manera todas contribuyeron a la inestabilidad y a la ingobernabilidad. Queda claro entonces que el compromiso de los periodistas no es con la gobernabilidad ni con la estabilidad.

 

En otras palabras, todo esto significa que si en verdad la función periodística es un centinela del poder público, los periodistas vienen a ser una especie de Caballo de Troya social, cuyo trabajo, en lugar de construir una sociedad armoniosa y pacífica, siembra el conflicto y las tempestades que provocan la transformación de la sociedad. Ante todo, el periodista sería un transgresor de los valores de la sociedad. Una función tan peligrosa, por supuesto, desea ser controlada por el poder, para eliminar su alcance y capacidad de daño.

 

El poder público, entonces, desea pervertir la función de contrapoder que realizan los medios de comunicación y los periodistas. Envilecerlos para que de transgresores, se conviertan en propagandistas de un régimen, partido, ideología o personaje. El envilecimiento de los periodistas es una tarea permanente del poder.

 

Ése envilecimiento de los periodistas y sus empresas de comunicación  es el llamado modelo de subordinación al que hace referencia Carreño Carlón. Los poderosos quieren que las empresas y sus periodistas, al realizar su función, antes de pensar en sus lectores, radioescuchas o televidentes, piensen en el gobernador, el presidente, el partido o la misión histórica que cumplen. Y el mecanismo por antonomasia es la dependencia económica de las empresas de comunicación a los recursos públicos a través de los convenios de publicidad.

 

Esta modelo de subordinación, tradición del régimen priísta, se ha transformado en los últimos años a nivel nacional con la aparición de medios con solvencia económica como Reforma, independientes de los vaivenes políticos y los convenios. La subversión ha llegado al grado de que los emporios televisivos se convirtieron en poderes fácticos capaces de presionar a los poderes públicos.

 

En Puebla, el modelo de subordinación permanece inalterable: la crisis provocada por Lydia Cacho nos mostró medios de comunicación que, antes de pensar en sus lectores, radioescuchas, y televidentes, pensaban en lo que opinaría el gobernador y el director de comunicación social. Profundo conocedor de la función política de los medios, desde la oficina de comunicación social se diseño una estrategia de recuperación de la imagen del gobernador fundada en el propagandismo que desde hace meses se hace en prensa, radio y televisión para menoscabar su función de centinelas. Así, los medios de comunicación poblanos deben felicitarse por su contribución a la gobernabilidad de la entidad.

 

Mi conclusión es que el compromiso del verdadero periodismo no está, ni puede estar, con la gobernabilidad ni con la paz social. Para eso están los gobernantes, los políticos y las instituciones. En todo caso, el compromiso del periodista está con el pluralismo democrático: dar voz a todas las voces posibles, y en no permitir el envilecimiento.


(Ponencia leída ayer en el foro “Democracia y Gobernabilidad” organizada por la Asociación Proyecta 26).

 

*** Se fueeeee, se fueeeeeee. No cabe duda que lo que pesa, pesa.
El beligerante Pedro Plaza se fue del cargo antes que su odiado enemigo.
Así como lo lee.
Mientras Óscar Aguilar seguirá despachando tranquilamente en el Instituto Poblano de la Vivienda, Plaza deberá sacar el viernes sus tiliches de la delegación de Sedesol.
Aunque la versión oficial es que su ciclo terminó, la realidad es que no pasó el examen del Servicio Profesional de Carrera.
Y sus enemigos panistas aprovecharon para hacerse de la posición.
El mensaje es muy malo, porque en plena guerra contra el gobierno estatal, Plaza fue desalojado.
Ni modo
En su lugar, llegará Anahí Romero Alonso, quien fuera suplente de Salvador Escobedo.
El mismo que hoy coordina a nivel nacional el Programa Oportunidades.

 

*** Llévese su candidatura. La historia no es mía, pero en las vacaciones del quintacolumnista debo retomarla
Mejía y Javier Arellano habían reportado como el ex alcalde de Tehuacán, Álvaro Alatriste, mejor conocido como El Mostro, había logrado un arreglo con el hermano del góber para que le aprobaran sus cuentas públicas y se hiciera con la candidatura a la alcaldía.
El primer punto se cumplió, porque de golpe y porrazo, El Mostro brincó todas sus irregularidades.
Mañana se dará el segundo paso.
En un lugar de Tehuacán que sólo conocen Roberto Marín, Álvaro Alatriste, Javier Arellano y Mario Alberto Mejía, se reunirán los dos primeros.
El Mostro llevará consigo dos cheques certificados.
Cada uno por la cantidad de 2.5 millones de pesos.
Dice que es lo que vale la candidatura del PRI a la presidencia municipal de Tehuacán.
De lo contrario amenaza veladamente con irse como abanderado de otro partido.
La duda mata.
¿Se los aceptarán?

 

*** Inspección ocular. Una visita domiciliaria comprobó que Mario Montero no tiene dos notarías y sólo mantiene abierta la nueva y fastuosa a la entrada de San Andrés. La antigua está siendo vaciada.
Desde aquí, una disculpa al tío.

 

*** Jota Jota Rendón. El experto en lodo se comunicó con el columnista. Por falta de espacio, mañana le cuento lo que ocurrió.

 

 

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