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Duelo de Espadas
Edmundo Dantés

condemontec@hotmail.com


 

 

Soberbia y ceguera política


Es notorio que Roberto Ruiz Esparza ha hecho un singular esfuerzo por que la opinión pública, en especial el priísmo, deje de relacionarlo con el innombrable Luis Paredes Moctezuma, pese a que fue el ex edil quien lo hizo “político” al nombrarlo coordinador del Deporte Municipal (sin resultados importantes qué presumir) y convertirlo en diputado federal (con un paso bastante gris, por cierto).


Afectado por una extraña amnesia selectiva, bastante conveniente para un precandidato cuyo padrino político sufre el repudio no solamente de las elites del poder, sino también de la ciudadanía, Ruiz Esparza le apuesta a la poca memoria de los poblanos – principalmente de los priístas – para obtener la nominación, pese a que, en caso de obtenerla, los panistas podrían acusar que mientras ellos se deslindaron del paredismo desde febrero del 2005, el PRI pretende reeditar esa corriente política. 


Con el ex futbolista como contendiente, será bastante fácil para el panismo efectuar una campaña negra alertando a la población que el regreso del paredismo es un peligro para Puebla y presentando la ficha de un ex diputado que – como tal – se pasó su período cobrando sin proponer iniciativa alguna de ley y justificando sus ausencias, sobre todo durante su tercer año de gestión.


Pero la precampaña de Ruiz Esparza sigue adelante basada en la desmemoria colectiva y en el temor de los priístas, que, como consideran que la alcaldía de Puebla está pérdida, tratan de proteger a sus respectivos grupos no postulando a nadie, para evitarse la  vergüenza de una derrota casi segura, sin pensar que la desventajosa situación del partido es, al mismo tiempo, la oportunidad de que surjan liderazgos alternos que ayuden a reposicionar al partido.


Me explico: si alguno de los precandidatos del PRI a la gubernatura (Jorge Estefan Chidiac, Mario Montero Serrano, Javier López Zavala, Javier García Ramírez, Alejandro Armenta Mier, entre otros) que en este momento pueden buscar la nominación por la alcaldía, se decide a hacerlo y triunfa, sería muy probable que su camino a Casa Puebla se allanaría drásticamente, porque se convertiría en el artífice del resurgimiento del tricolor al llevarlo a superar una situación desfavorable y, al mismo tiempo, contar con una militancia a toda prueba. 


En la todavía lejana sucesión del 2010, ¿quién se enfrentaría al presidente municipal priísta que, en el momento en que se efectúa la elección al gobierno, cuenta con el poder, los recursos y la proyección que da la alcaldía y, además, es la principal figura política en la ciudad más importante de la entidad, después de que rescató al priísmo, accedió a encabezarlo en una situación desventajosa y derrotó al PAN o contribuyó a que su partido diera una férrea pelea y mantuviera la mayoría en el Congreso local?. 

En contraste, ¿con qué autoridad moral o política buscará la nominación del PRI a la gubernatura, alguien que tuvo miedo a luchar por la alcaldía, que se negó a abanderar una lucha casi heroica de su partido, al que dejó a su suerte cuando más lo necesitaba cometiendo una cobardía que las bases difícilmente olvidarán.


Pero la cobardía de los priístas se ha convertido en la principal “cualidad” de un precandidato paredista que, pese a que trata de deslindarse de su mentor, en la práctica incurre en las mismas prácticas de soberbia y ceguera política, al tratar de obtener la postulación presentándose como el “salvador” del priísmo y jactándose de tener el único apoyo que él cree que necesita: el de Casa Puebla.


En los hechos, Ruiz Esparza reproduce el modo de hacer política de Paredes Moctezuma, al generar una gran división y polarización internas y negarse a buscar acercamientos con todos los grupos priístas. La soberbia lo lleva a creer que sus viejas glorias deportivas le harán contender o, incluso, según él, ganar la elección, pese a no contar con el apoyo de importantes liderazgos internos y a los cuestionamientos por su pasado político de saltimbanqui.


La realidad es que cuando priístas tan divergentes y hasta algunos confrontados entre sí, como Valentín Meneses Rojas, Enrique Doger Guerrero, Norma Sánchez Valencia, Antonio Hernández y Genis, entre otros, han coincidido en un abierto o disimulado rechazo a la candidatura del ex futbolista; se vislumbra especialmente difícil que su postulación genere unidad y que, por consecuencia, cuente con posibilidades reales de contender.


Y si bien es cierto que en la ciudad de Puebla el voto del priísmo no es suficiente para ganar, también lo es que sin ese apoyo básico nadie puede – siquiera – competir. Los mismos priístas lo dicen: “es cierto que solamente con la estructura, con el apoyo de las bases  no ganas; pero, sin ellas, seguro pierdes”.


Desde 1995, las sucesivas elecciones han demostrado que, en la ciudad de Puebla, el PAN puede darse el lujo de postular a un candidato ciudadano y ganar, pese a que algunos de sus grupos internos no lo apoyen - como ocurrió con aspirantes muy cuestionados al interior del propio albiazul, como Gabriel Hinojosa o Luis Paredes - debido a que su base de votos es más numerosa que la del PRI, además de que el desprestigio de su marca sufre un rechazo menor que el tricolor.


En contraste, para triunfar, el priísmo necesita mantener un mínimo de unidad interna y postular a contendientes que le garanticen los votos de las bases priístas y de un buen porcentaje de la ciudadanía sin partido, para revertir el rechazo inherente al partido y superar a una ultraderecha poblana que ahora no solamente cuenta con el respaldo incondicional de las cúpulas empresarial y católica, sino que desde el gobierno federal ya aprendió a manipular electoralmente los programas sociales.

 

 

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