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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

La Argentina que Vino del Frío (Crónica de una Madriza). Un lector muy acucioso me envió el siguiente mensaje: “Quintacolumnista: ojalá que te atrevas a publicar lo que sigue. Si lo haces el premio será de primera división. Hace unos días, un alto personaje del poder político poblano contrató los servicios sexuales de una argentina de muy buen ver. Una vez que se entrevistaron, nuestro personaje, como tú dices, se enojó mucho con la chica y se le fue a los golpes. Tantas veces le pegó y de tan fea manera que nuestra heroína terminó recluida en la Beneficencia Española. ¿Y qué crees que pasó? Que en dicho sanatorio todos guardaron silencio y nadie se atrevió a presentar queja alguna. Y todo para no ser víctimas de las represalias. También se supo que la argentina buscó presentar una denuncia, lo que no fue posible debido a la importancia de su golpeador. Si publicas lo que te acabo de enviar te prometo darte mayores detalles”.
Hasta aquí la cita.
Y cumplida está la palabra.

 

 

Unas Palabras por Glencora. No la conocí.
Sólo sé que era hija de Alberto Amador Leal y que tenía un futuro tan brillante como su presente.
En todas nuestras reuniones –en las que inevitablemente compartíamos mesa Toño Hernández y Genis, el propio Alberto y quien esto escribe- su nombre salía a relucir gracias a que su padre estaba orgulloso de ella.
Y así nos enteramos de que a sus veintitantos años la hija mayor de Alberto le había dado la vuelta al mundo varias veces, que era filósofa y que, además, era traductora de Thomas Hobbes –en los meses recientes tradujo el célebre Leviatán.
El viernes, en Coyoacán, luego de comprar las clásicas nieves del Siberia, la hija de Alberto y su novio fueron embestidos por uno de esos personajes que tienen como pasión la muerte y la oscuridad.
Y en esa dinámica metió dicho sujeto a Glencora Amador Ibarra, quien a los escasos minutos del accidente dejó de existir en los brazos de su novio.
Este sábado, luego de ser velada en la ciudad de México, Glencora viajó ya sin vida a Huauchinango, donde fue enterrada para siempre.
Desde aquí le mando un abrazo a Alberto, quien resistió estoicamente el dolor más terrible que puede tener un padre: la pérdida de un hijo.

 

 

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