Las Mentiras de José Martínez (o de Cómo el Humorismo Blanco se Volvió Negro). Tengo en mis manos el libro Prensa Negra de José Martínez M.
Leo los datos curriculares del periodista.
Ahí descubro las primeras mentiras.
Recuerdo.
En la publicidad de Síntesis y de la revista Rostros se destacó que al autor había sido “dos veces Premio Nacional de Periodismo”.
Y más: en la contraportada del libro la cifra aumentó a tres premios nacionales de periodismo.
Me meto a las páginas de internet de dicho Premio y el nombre de nuestro autor laureado no aparece.
La confusión se resuelve así: Martínez M. nunca ha ganado un solo premio nacional.
Sí, en cambio, ha sido merecedor del premio del Club de Periodistas –que se dan como larines- y del premio Rogelio Cantú, que otorga el diario El Porvenir de Monterrey.
Pero dichos galardones –diría el autor de la contraportada- nada tienen que ver con lo publicitado en Síntesis y en Rostros.
Continúo.
Los primeros capítulos de Prensa Negra son dignos de una tarea escolar.
Y es que Martínez M. se dedicó a citar a todo mundo en aras de llenar las páginas del libro.
Todos aparecen ahí: lo mismo Carlos Marín que Carlos Ramírez, lo mismo Raymundo Riva Palacio que Raúl Trejo Delarbre.
El colmo es que en su ansiedad por cubrir los espacios el autor haya incluido hasta fragmentos larguísimos de todo tipo de leyes y reglamentos.
Continúo.
En la página 133 aparece el capítulo “Prensa Negra, un caso”.
Y ahí viene lo bueno.
Martínez M. me dedica casi sesenta páginas (de la 133 a la 190) en aras de descalificarme.
Peor aún: de presentarme como un delincuente vinculado a un asesinato, a una violación y a diversos actos de pederastia.
¿Cuáles son sus fuentes?
Tratándose de un periodista tan profesional uno esperaría que éstas fueran documentales –averiguaciones previas, entrevistas personales, documentos, etc.-, pero no.
El autor prefirió utilizar, lejos de su ética periodística y de sus consejos para ser un Buen Reportero, unas cuantas columnas publicadas en diversos pasquines: desde el Noticiero Quid –de ocho páginas- hasta el diario Síntesis –cuyo dueño es el patrocinador de Prensa Negra: el señor Armando Prida.
Pero veamos.
Tras reiterar una y otra vez que el buen periodista debe de investigar concienzudamente el tema de sus reportajes para no caer en las ligerezas de los periodistas oscuros, y tras insistir en que la privacidad no debe de ser tocada por nadie, el periodista profesional empieza por descalificar al quintacolumnista a través de información obtenida a través de libelos, chismes, rumores, versiones distorsionadas y otras lindezas que lo exhiben como un ejemplar refinado de lo que critica.
La primera vez que cita mi nombre (p. 134), Martínez M. dice dos veces en seis líneas que he deshonrado el “periodismo inteligente, ético, creíble y honesto”.
Y se define al definirme: “Su trabajo se basa –en la mayoría de los casos- en supuestos, en rumores o en chismes y mentiras imaginarias. Tiene por costumbre calumniar y difamar (…) sin argumentos de soporte”.
El autor dice (p. 138) que el que esto escribe se vino a vivir a Puebla “a mediados de la década de los ochenta y puede decirse que por indicación del entonces gobernador Guillermo Jiménez Morales”.
(Falso: llegué a Puebla, para trabajar en Sí-FM, el 19 de septiembre de 1991, cuando el gobernador saliente era Mariano Piña Olaya).
Empeñado en hacer mi biografía, Martínez M. relata cómo me enfrenté, todavía en Huauchinango, a un “periodista” –Ismael Rodríguez León- que me retó a un duelo a muerte desde el Noticiero Quid “La Verdad al Desnudo”.
Una nueva mentira: Martínez M. jura que no me presenté al duelo cuando el que falló a la cita fue el “periodista” citado por él.
Testigos: las muchachas de la Normal de Huauchinango y los trabajadores petroleros que llegaron al Recinto Ferial y que esperaron en vano, junto con el que esto escribe, una hora y pico.
(Disculpe el lector los detalles minuciosos y engorrosos que incluye esta rectificación necesaria).
Continúo.
Al profesional del periodismo le basta una columna publicada en el diario de su patrocinador el 11 de noviembre de 2002 para afirmar que en la década de los ochenta me vi envuelto “en un homicidio”: el de mi primo Víctor Manuel Mejía, quien, siempre según Martínez M., “fue asesinado durante una borrachera en la casa del entonces joven periodista”. (p. 141).
Y relata:
“Mario Alberto junto con Glir Sanen, Marcos Millán, Víctor Manuel Mejía y un sujeto apellidado Zapata –al que nunca nadie más volvió a ver en Huauchinango desde aquel fatal desenlace- corrieron una de tantas borracheras, esta vez toda la noche, pero al amanecer el primo terminó sus días desnudo en el piso del apartamento de Mario Alberto, cuerpo inerte con cuarenta perforaciones hechas con desarmador”.
Metido en la hechura de un libro sobre la prensa negra, ocupado como estaba, a José Martínez no se le ocurrió buscar en los anales de la Procuraduría General de Justicia del estado para confirmar el dicho de lo publicado en Síntesis en el espacio de un columnista que fue “víctima de las injurias y los excesos periodísticos de Mario Alberto Mejía”.
Nada.
Ni siquiera fue capaz, con todo y su Kapuscinski mal leído, de investigar si en efecto la casa o departamento era mío, yo estuve presente en el lugar y si a uno de los agresores –“apellidado Zapata- de veras “nunca nadie más (lo) volvió a ver”.
Qué pena que un autor con tan elevada ética periodística haga a un lado con tanta ligereza la investigación de hechos tan graves.
Sobre todo cuando en la página 141 me acusa de haberme visto “envuelto en un homicidio”.
Qué lejos quedaron las palabras de su admirado Julio Scherer García que una y otra vez cita en Prensa Negra: “Al periodista lo deben avalar los hechos. Sin ellos está perdido”.
Y así ocurre en este libro.
Sin hechos confirmados, con la sola prueba de una columna periodística, el escrupuloso autor se atreve a escribir: “La detención de Glir Sanen y Marcos Millán fue inminente, pero Mejía y Zapata corrieron con mejor suerte. Mejía, que había cultivado amistad de años con doña Pilar Jiménez Morales, hermana del gobernador en turno, fue exonerado de la responsabilidad y llevado a Puebla capital para sacarlo de Huauchinango; el segundo se esfumó en tiempo y espacio, desapareció misteriosamente”. (p. 144).
Y remata con una puntuación descompuesta y dueño, eso sí, de un uso impecable del infinitivo sioux: “Si habría que ubicar el primer momento en que Mejía se vio envuelto en la peor de las atrocidades: quitar la vida a un ser humano, fue esa, el asesinato de su primo hermano.”
Lástima que los hechos no jueguen a su favor, pues con estas afirmaciones José Martínez está perdido.
Y no es promesa.
La vida real tuvo otro destino para mi primo.
Como lo he dicho en varios momentos y en diversos espacios, sí, en efecto, Víctor era gay –lo que no era un pecado, aunque al homofóbico autor le provoque repulsión- y fue víctima de la estupidez humana.
Dos fueron los autores del asesinato.
Dos.
No tres.
Ni cuatro.
Dos: Marcos Millán y el citado Zapata, quien, por cierto, jamás se “esfumó en tiempo y espacio” ni “desapareció misteriosamente”.
Actualmente ambos purgan una sentencia de treinta años.
Ahí está la confesión en actas.
Ahí están sus testimonios.
Y las pruebas.
Y sus huellas digitales.
Martínez M. sitúa esta historia de terror, en la que me acusa de asesinato, a mediados de los ochenta.
Otra nueva falsedad: los hechos ocurrieron el 11 de noviembre de 1996, época en la que el gobernador de Puebla era Manuel Bartlett Díaz –no Jiménez Morales-, por lo que la profesora Pilar Jiménez no me pudo haber sacado de Huauchinango para protegerme y lograr mi supuesta exoneración, pues, lo dice el propio autor, “rudo en su actuar el ex secretario de Gobernación (Bartlett) no permitió –en ningún momento- que el Huachipower (al que pertenecían los Jiménez Morales) interviniera o decidiera desde el inicio de su sexenio, puede incluso decirse que lo desterró de Puebla y no le permitió acercarse varias millas a la redonda a Palacio Estatal”.
(Más adelante, el autor admite que durante el sexenio bartlista yo me convertí en el principal crítico del gobernador: ¿cómo es que Bartlett no aprovechó mi participación en “la peor de las atrocidades” para encarcelarme con la mano en la cintura? ¿Alguien lo sabe?).
Otra pifia: el autor de Prensa Negra no sólo no se preocupó por leer las fojas del caso que nos ocupa, tampoco checó con las autoridades judiciales los nombres de los detenidos.
Si lo hubiera hecho, y tuvo bastante tiempo para ello, sabría que “Glir Sanen” –uno de los supuestos asesinos- no existe en el expediente, aunque sí en la columna que le sirvió de inspiración.
“Glir Sanen” es seguramente Gloria Sanén, madre de Marcos Millán Sanén –uno de los asesinos confesos-, quien nada tuvo que ver en los hechos.
Concluyo este pasaje: nueve días después del asesinato, los dos jóvenes –Millán y Zapata- se entregaron a las autoridades y confesaron su crimen.
Además admitieron que de la casa de Víctor Manuel Mejía extrajeron diversos aparatos electrónicos, mismos que vendieron en la ciudad de México.
La historia, truculenta y tristísima, fue publicada en su tiempo por la prensa local.
Si Martínez M. hubiese ido un solo día a la hemeroteca se estaría ahorrando todo este ridículo.
Sigamos.
Como periodista y como biógrafo José Martínez es sumamente descuidado.
Sobre todo cuando intenta dar lecciones de moral y ética periodística sin los hechos que lo avalen.
(Hay que decir que en sus intentos por cuadrar el círculo también da como buenas las versiones –de los pasquines citados- en los que se me retrata como travesti y homosexual. Otro hecho sin confirmar. Otra invención malsana. Otro ataque de homofobia. Otra calumnia).
Pero sigamos.
El puntual periodista busca agredirme a la menor provocación.
De él son estas líneas que hablan de un periodismo responsable: “Torpe y embrutecido por los efectos del alcohol Mejía soltó más de una vez al truhán que lleva detrás del velo de periodista. (…) Mejía se involucró con políticos poderosos que a cambio de protección, comida, vino, mujeres y hombres cumplía sus malsanas y despreciables órdenes. Mitómano por naturaleza.”
Martínez M. se describe, otra vez, al intentar describirme: “Leerlo en serio es desmoronarlo, párrafo tras párrafo se contradice, línea tras línea es masacrarlo (sic). La norma informativa de sus columnas es engañosa, carente de objetividad y tendenciosa. Muchas de ellas conspiran en su contra. Tiene la obsesión permanente de socavar la moral de sus pares poblano mediante la difusión de datos falsos y la constante repetición de mentiras. La esencia de sus columnas es la práctica de un periodismo de casación, barandilla de última instancia, donde los hechos desaparecen al ignorar que la prensa tiene una responsabilidad con la sociedad y el propósito de ilustrar al público con la información y la verdad en función de valores de moral civil”.
Si José Martínez no logró en su libro –libro serio, de investigación- sino recetarme una andanada de mentiras y descalificaciones, ¿por qué le exige a un pobre columnista de pueblo el rigor que él no cumple ni de broma?
Basta de ironías.
Continuemos.
Una nueva mentira: en la página 147, el autor, tras admitir que desde El Universal Puebla despegué “una campaña de ataques y descrédito contra su administración (de Bartlett) que no terminó nunca”, afirma que Raúl Torres Salmerón, a la sazón director de Comunicación Social del Gobierno del estado, “organizó dos –amañados- concursos de periodismo a través de una revista de esos tiempos para que el ganador fuera Mejía, el premio consistió en dos viajes a España con todo pagado. El columnista aceptó los premios y fue a ese país, pero a su regreso los golpes en la quintacolumna continuaron. Mejía no podía parar la embestida, el Huachipower estaba detrás del ataque”.
Le aclaro: los dos concursos “amañados” a los que se refiere los organizó su compañero de periódico Alejandro C. Manjarrez, autor de Réplica y Contrarréplica, y Rodolfo Ruiz, de El Universal Puebla, ganó el primer viaje y el quintacolumnista, al año siguiente, el segundo.
(Otros periodistas premiados con el “Froylán C. Manjarrez”, aunque no con el viaje a España, fueron Arturo Luna Silva y Alejandro Mondragón).
El propio Manjarrez podría darnos luz acerca de sus patrocinadores, pues hasta donde sé el “Froylan C. Manjarrez” era un premio independiente.
Tiene la palabra, don Alejandro.
Dice Martínez que en el sexenio de Melquíades Morales viví mis años maravillosos gracias a los buenos oficios de Víctor Manuel Giorgana Jiménez, quien logró, según el autor, que me volviera un acompañante constante del gobernador.
Y más: que don Melquíades terminó por doblegarse ante mí y me ofreció “a manera de tributo: regalos y atenciones”.
¿A qué regalos se referirá?
¿A los que Valentín Meneses le daba en efectivo, según ha relatado varias veces el columnista Enrique Núñez, en el restaurante Mi Ciudad?
No, compañero.
No somos iguales.
Sigamos.
Martínez jura que una vez que quebró El Universal Puebla emigré nuevamente a Cambio.
Falso: el quintacolumnista salió de El Universal cuando ese encarte gozaba de cabal salud.
Quienes propiciaron la quiebra tienen nombres y apellidos, y uno de ellos, por cierto, es de los que está quebrando Síntesis.
En la página 153 vuelve al ataque: “a Mejía lo contratan para medrar, atacar, golpear políticos, funcionarios, comunicadores y directores y para cobrar facturas atrasadas”.
Más allá de confundir cabezas con cabezales –no son lo mismo aunque suenen parecido-, Martínez justifica todos los excesos en aras de exhibir al que esto escribe.
No podría ser de otra manera: quien no tiene el don de la escritura no puede tener el don de la lectura.
Y eso se nota de principio a fin.
Peor todavía: quiere hallar mierda donde hay ironía.
Y ese es un defecto de los que sólo leen periódicos.
¿Literatura?
Ni hablar.
Una vez más, teniendo como fuente una columna publicada en el diario de su patrocinador, el autor da como buenas versiones negadas en su momento –en la página Status- por la supuesta autora, una vez que en Síntesis no quisieron publicar la aclaración.
Y en plena contradicción con sus postulados éticos y la lección de Scherer y los análisis de Alex Grijelmo y los postulados de Kapuscinski, se atreve escribir estas líneas: “Una de la peores ofensas y agravantes para la sociedad mundial, sin duda, es la pederastia. Desviaciones de semejante naturaleza deben de sancionarse en forma ejemplar porque el futuro de cualquier nación es la niñez. Los niños, así está garantizado en nuestra Carta Magna, deben crecer con educación, salud, protección y sin agravios de ninguna naturaleza –mucho menos de sus padres-, por tanto los pederastas: clérigos, gentes (sic) de la sociedad civil, funcionarios, políticos, empresarios o periodistas, como Mejía, deben ser sancionados en forma ejemplar sin importar el tamaño de su influencia. El contenido de la carta transcrita por Erika Rivero, atribuida a la esposa de Mario Alberto Mejía, revela que el citado periodista tenía intimidada a su familia, y peor aún, da la impresión que sus pequeñas hijas vivían (o viven) bajo la constante amenaza de su influyente padre y ante el temor de la madre de evitar a toda costa que Mejía consume sus depravaciones”.
¡Zas!
Y José Martínez M. firma el libro y es el dueño de estas afirmaciones.
Y más: dice ser el prototipo del periodista responsable y ético.
¿No hubiera sido mejor que antes de publicar lo que publicó hubiese investigado?
¿No que al periodista lo deben avalar los hechos porque sin ellos está perdido?
Ojalá que además de las palmadas en la espalda de algunos tenga las pruebas suficientes para sustentar lo anterior.
Lo contrario será de veras tortuoso.
Aclaro: una vez que la supuesta carta apareció en Síntesisy en Status, mi esposa envió dos misivas a dichos medios.
En el diario de Armando Prida se ignoró olímpicamente.
En Status estuvo arriba, y en la sección en la que se publicó, durante una semana.
Si Martínez hubiera investigado el tema no habría hecho afirmaciones tan temerarias.
Pero es su pluma la que va en juego.
Continúo.
En su afán por exhibir al asesino, al violador y al pederasta, el periodista se vale hasta de los anónimos.
En la página e-consulta, de Rodolfo Ruiz, un cibernauta sin nombre aseguró que Alberto Ventosa Coghlan, dueño del periódico Cambio, le había exigido al gobierno del estado la cantidad de cinco millones de pesos para que quienes ahí escribíamos dejáramos de criticar a Mario Marín Torres.
Eso, y una columna sobre el mismo tema publicada en Status, bastó para que Martínez M. diera por buena la versión.
Finalmente, y para no aburrir al lector, lo que hizo el autor de Prensa Negra fue reunir algunas columnas y anónimos publicados en los medios poblanos en los últimos veinte años para demostrar cómo he deshonrado el “periodismo inteligente, ético, creíble y honesto”.
Faltaba más.
Urgido de ejemplos de mi periodismo negro, José Martínez recurre a un Cadáver Exquisito –que sólo es un modesto divertimento y no una columna periodística- para evidenciar mi aportación a la “prensa carroñera”.
Pero eso es lo de menos.
Lo que Prida quería se lo entregó el autor.
Eso sí: sin rigor periodístico, sin análisis serios,… a puras mentadas de madre.
Retomo lo que escribe en la página 153: “a Mejía lo contratan para medrar, atacar, golpear políticos, funcionarios, comunicadores y directores y para cobrar facturas atrasadas”
No fui yo, por cierto, el que escribió, por encargo de Prida, un libro en contra de la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito (Conaliteg)., una vez que la extinta SECODAM decidió inhabilitarlo.
Martínez M. fue contratado para eso, y si le creemos a Prida, quien se anda jactando de ello, también para la hechura de Prensa Negra.
O mala hechura como ya vio el lector.
Pero hay más tiempo que vida y no estaría mal que en el tomo II me dedique otras sesenta páginas, pero éstas sí más cuidadas y rigurosas.
Concluyo, ahora sí, con unas líneas de Abraham G. Martínez, el presentador de Prensa Negra, que se podrían aplicar a José Martínez: “el autor ha encontrado un claro ejemplo del mayor de los vicios dentro del periodismo: la calumnia, que se traduce en la mentira presentada como la verdad. Este antiperiodismo, esta forma de practicar uno de los oficios más bellos, de envilecerlo, de recurrir a los trucos más viejos y sucios, como es la difusión de infundios y calumnias al servicio de los intereses personales…”.
Todo está dicho.
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