Inicio >> Columnistas >> Lector de Pruebas

Columnistas

   

Lector de Pruebas
Gerardo Lino

lectordepruebas@yahoo.com.mx

 

 

 




Crítica de la crítica de la crítica

 

Cosa fácil: criticar. Recuerde Usted alguna charla reciente (no tiene que ir más allá de doce horas). Cosa geométrica, emprenderla por escrito. Recuerdo una caricatura sobre Salvador Elizondo que con su gabardina bogaresca, un pitillo al filo de los labios y una mirada casi de fuchi aunque más bien displicente, dejaba caer de sus manos un libro de Simone de Beauvoir (las diosas del género me perdonen!) por encima de un bote de basura. Allá va el Segundo sexo obedeciendo a la Ley de Gravitación Universal. Exacto caricaturista (¿sería Naranjo?): en esos trazos precisos se encierra toda una visión de la literatura o, por la vía negativa, de lo que no es cosa digna de llamarse así.
Todorov, estudioso del fenómeno de la letra, estructuralista renegado —con razón—, tejió un ensayo para darle una repasada a distintas opciones críticas, es decir de los estudios literarios: Crítica de la crítica, se llama; lo publicó el fce si no mal recuerdo (alguien lo sustrajo de mi alcance). Ahí se ve que el abordaje crítico de las escrituras palmarias no es cosa cualquiera ni cualquiera puede ocuparlas, al contrario de lo que suelen creer los ignaros —urgidos cotidianos por demostrar que tienen boca—, sin arriesgar el seso.
ª
Crítica, en su edición de mayo-junio, cual es su costumbre, trae poemas, relatos, ensayos, y al final una sección de resenciones. Abro por sus últimas hojas el número 121. Veo un grupo de reseñas breves, nombres conocidos (de por acá); busco al autor —no el autor de sus días sino de la reseña—: Gregorio Cervantes Mejía. Esto promete, me digo. Con su estilo mesurado, comienza: “A finales de 2005 [sic], Ediciones de Educación y Cultura [...] Así que uno termina preguntándose por los motivos de tal estrategia, sobre todo si se trata de libros tan diversos como los mencionados.” Supongo entonces que los va a poner en su sitio. De las estrategias de la editorial de marras conjetura, con diplomacia, que las intenciones son buenas: “El proyecto, sin duda, es atractivo.” Y ya. Luego le da a cada uno de los libros publirrelacionados una pelaquediosescristo —con mesura, eso sí.
Hojas atrás, firma una reseña Prats Sariol —exiliado en los prados de Santa Catarina Mártir—, acerca de un libro de Miguel Maldonado; libro que fue objeto de un premio; premio producido por inverecundos estrategas [vid. supra]. Vamos a lo importante: ¿qué dice la reseña?, ¿cuál es su crítica? Uno quisiera saber, en medio de tanta floritura, adjetivos adocenados y ganas de quedar bien, si el libro del joven Maldonado merece la pena de ser leído. No nos traguemos la hostia de que ganar un premio significa que el objeto vale. (Tal vez valga más que el mentado premio. Horresco referens!) Pero no: ha sido ahogado bajo las ambigüedades del elogio, compañero.
Tres más. Una de Wolfson, que se da el tiempo para jugar con una imponderable pero divertida muerte del cuento (las lloronas del género —éste sí literario— se oyen a lo lejos). Otra, de la que no quiero ocuparme porque salió de estos mismos dedos (que otros ataquen por sus flancos), sobre José Homero. Y una de un tal Sánchez Mejías (no el espada; imposible) que entretiene sus ocios sobre una novela llamada El libro flotante de Caytran Dölphin, haciendo casi otra novela-ensayo, con ganas de innovar el género —también éste, literario por antonomasia, que es la crítica—, dejándonos con ganas, si no de leer el libro aludido, sí de leer más reseñas frescas (no, frescas no, que eso significa ‘descaradas’); mejor dicho: refrescantes: ésas de aguas lustrales que dejan listo el cacumen para adorar el día.
º
Coger el vademécum y arrojarlo, puede ser catártico, dejarlo a uno temblando, haciendo pucheros, o tener la simpleza de lo satisfactorio porque sí. Muchos optan por evitarse tal trabajo: sólo van acumulando resmas de ejemplares no solicitados entre los estantes ahítos, pilas de periódicos y revistas que algún día pondrán en orden: en cajas de huevo, amarradas con método, y llevadas a venderse por kilo o, si no hace falta, arrastradas directamente al camión de la basura. Cosa más fácil, entonces, hacer esa clase de crítica silente, a escondidas de la luz del día, mientras con los autores se muestra la esplendidez de una sonrisa nunca forzada, que para eso se ejercita uno en las lides mundanales.
Cosa fácil: criticar. Cosa geométrica, emprenderla por escrito. Mejor sería el gesto de Elizondo.
A la vuelta de tan raros especímenes, hojeo la revista por enésima vez y doy, en la página tantos más cuantos de Crítica 121, con esto —juro que no había visto tal incipit—: “Nadie lanza nunca un libro al agua. Se lo echa al fuego, se lo aprisiona en una caja, se lo entierra de pie en una biblioteca. Pero nadie lanza jamás un libro al agua. Nadie. Nunca. Jamás.”
Entonces cierro el ejemplar, me pongo mi silla y reviso este pergeño.

 

 

> Columnas anteriores

 

 


       

 



     PUBLICIDAD