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Lector de Pruebas
Gerardo Lino

lectordepruebas@yahoo.com.mx

 

 

 




Extractos sobre Bracho

 

Julio Eutiquio Sarabia leyó ante la concurrencia “Coral Bracho: un sonido distinto de lenguaje” al presentar a la autora, cuyo próximo título se llama Cuarto de hotel; con el debido permiso, extracto de su escrito algunas cláusulas de mérito notable, junto con otras que merecen discutirse.


“En 1994, al prologar Huellas de luz —los tres libros publicados por Bracho hasta entonces—, Adolfo Castañón [...] refiere la existencia poética de voces femeninas que, se entiende, eran dueñas ya de una obra sancionada por la elección crítica de los lectores. De esa nómina no muy extensa, por atributos que no viene al caso enumerar ahora, sobresalen Elsa Cross, Gloria Gervitz y Pura López Colomé. Coral Bracho, primera entre éstas, merece líneas aparte. [Nótese: “primera entre éstas”, que no es poco decir; baste señalar Migraciones para considerar que estamos ante poesía de raro alcance.]


”La aparición en 1977 de Peces de piel fugaz [...] trajo a esta convención que seguimos llamando ‘poesía mexicana’ temas, destellos y opacidades, una voz y una escritura que cinco años después El ser que va a morir (1982) acentuaría con una radicalidad próxima a la negación del mensaje, sabiendo, como se sabe, que el único mensaje radica en el lenguaje mismo. Radicalidad próxima, porque Coral nunca renunció —¿deliberación?, ¿infidencia de la memoria?— a ciertas formas propias de nuestra tradición poética: el endecasílabo, el metro en el que se manifiesta la respiración culta de la lengua española. De la misma manera, desde Peces de piel fugaz, un libro que anuncia ya las obsesiones de Bracho, es posible leer la expresión de una forma funeraria antiquísima: la elegía, pues ‘En verdad te digo que has de resucitar un día de entre los muertos’ no es, desde mi perspectiva, sino una elegía.


”De los primeros, los endecasílabos se pueden pescar como al desgaire a lo largo y ancho de su poesía. Unos cuantos ejemplos: ‘a la orilla lenta de los ocasos’, ‘encendido panal bajo los sepias’, ‘Materia de ebriedad y de dulzura’, ‘y que concentra en su cieno solar’, ‘su constelada piel es un destello’ o ‘Templo de inalterada transparencia’. La segunda, la elegía, vuelve, templada, en La voluntad del ámbar (1998) y otra vez, compleja reflexión sobre la muerte aderezada con extraños personajes y distintas voces, en Este espacio, este jardín, el largo poema de 2003. Pero la poesía de Bracho se mantiene a elegante distancia del eclecticismo —vale decir, la posmodernidad—, que ensaya las formas tradicionales como si de lo más innovador se tratara. No siempre, me temo, lo más antiguo es lo más nuevo, salvo que una lectura crítica altere el modelo original. [...]


”Aseverar que la poesía proviene de la poesía no es nada original pero es una verdad irrefutable. Sólo ratifica lo sabido. Cuanto haya leído Bracho, cuanto lea, aunque parezca ocioso decirlo, sanamente delata que son poco mexicanas sus fuentes. Si lo fuesen en exclusiva éstas, alarmaría un proceder así en tanto se extendiera como práctica, pues no faltan promotores que juzgan la poesía mexicana como si fuese la isla de la autosuficiencia, de la misma manera que confunden el negocio editorial con la literatura. Correríamos —decía— el riesgo de un ejercicio que los biólogos denominan endogamia.”


[Refuto la frase “la poesía proviene de la poesía” con un párrafo que ya he publicado, en espera de ulteriores discusiones: “En el otro extremo se encuentran quienes tienen la firme creencia de que la poesía sólo se hace a partir de libros, que sólo en la lectura puede alimentarse su vértigo. (...) Ojalá no se olvidaran de que en los tiempos del comienzo hubo que señalar las cosas con el dedo, hacer señales de humo, gestos desordenados con el cuerpo. Que los hombres emprendieron la larga marcha hacia la palabra sin saber lo que hallarían, que entre sombras confusas tuvieron que descifrar el cielo.” Ojo: sin saber —quede pendiente el tema de poesía y revelación—. Además, el mucho haber leído no necesariamente garantiza una escritura.

Dante de la Estrella, personaje tomado por el novelista de Domar a la divina garza de un tipo que había leído todo-lo-que-había-que-leer, estaba al tanto de las últimas noticias de la cultura, y sin embargo tantos libros no le habían servido, sino a sus esperpénticos discursos. Claro: cuando pensamos en el acto de leer, Julio Eutiquio, sabemos que nos referimos a otra forma de la respiración que puede trasmutarse en obras; no meros acopios para pasar un examen, como se figuran los ilusos. Pero baste; que esto ya se está volviendo carta. Y asiéntese: hay en estas glosas varios distingos por hacer.]


Sigue Sarabia: “Bracho no aspira a representar el mundo sino a ser ‘un sonido distinto de lenguaje’. Por eso, salvo mejores pruebas en contrario, la distancia que Coral Bracho mantiene frente a la expectativa pública es aquella que proviene de la sola confianza en la poesía, su sola garantía. [...] ‘¿Cuál es el color de la poesía mexicana? —se preguntaba Villaurrutia—: es un color gris, un color gris perla.’ Dos páginas más adelante, en la misma ‘Introducción a la poesía mexicana’, agregaría: ‘La poesía lírica mexicana es una meditación escrita con un lápiz muy fino.’ Como si Villaurrutia hubiese leído, entonces sí, la poesía de Coral Bracho.”

 

 

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