Defensa de la hegemonía del poder del Estado
La ceremonia del CXLV aniversario de la batalla del cinco de mayo en la Ciudad de Puebla, no pudo separarse de la coyuntura política y el víacrucis que ha vivido la entidad federativa a raíz del conflicto generado por la detención de la periodista Lydia Cacho Ribeyro. Hace un año, las condiciones de crisis política que azotaban al poder local impulsaron unas festividades solitarias, apoyadas en la construcción de malla ciclónica para defenderse al titular del poder ejecutivo estatal de los posibles vituperios que pudieran impulsar la infame turba. Un año después y no obstante que la herida generada por el asunto Cacho Ribeyro no cicatriza, el trabajo mediático del gobierno estatal ha sido exitoso y ha llegado a generar las condiciones de que hoy en Puebla no pasa nada –no obstante que falta la decisión-opinión de la SCJN-.
Y con esa mentalidad vieja de sentir en las entrañas el cosquilleo del presidencialismo omnímodo, que por cierto se práctica sabroso en Puebla, por momento se cierran los ojos y se mira a la Nación desde la referencia de nuestra tierra, y se piensa que todo sigue igual; por ello, la añoranza y el desparrame informativo de asegurarse que el Presidente vendría por tercera ocasión a Puebla, para esperar lo que en otros momentos políticos se ha considerado la “pinche señal”, que no es otra cosa que el cubrimiento del manto presidencial, del abrazo, de la sonrisa, del apretón de manos, del saludo fraterno, de la pose para la foto institucional, etc. En otras palabras, la visita presidencial se vendió como la bendita señal, de que el presidente ha olvidado su amenaza de candidato, de apoyar para castigar al gobernador poblano. De ahí que primero se apostara para que viniera a Puebla el presidente de la república, para la ceremonia oficial-militar de toma la jura de bandera a los soldados de México hombres y mujeres de la clase 1988. Luego, las presiones por varios medios para que se presentara al desfile, símbolo de la festividad poblana. Pero para el Presidente y Comandante de las fuerzas armadas, la patria es primero, el país está en guerra y por razones de Estado, el país es primero y no hay tiempo para pachanguear.
Por lo menos así quedó claro en la intervención del ejecutivo federal, utilizar la persuasión que se les hiciera a los defensores de Puebla para luchar ferozmente en contra del enemigo de la nación; reconocer que el crimen organizado en este momento es el enemigo de México y que nuestro ejército es el principal instrumento del Estado para combatirlo y enfrentar la guerra declarada a través de un conjunto de acciones paramilitares que dan cuenta de las acciones de guerra que se viven. El discurso oficial del 5 de mayo aquí en Puebla, simplemente fue una ratificación del ejercicio legítimo de la violencia que le corresponde al Estado, es el único medio para reivindicar su soberanía y ejercicio de poder institucionalizado. El presidente sabe, y lo dejó entrever en su discurso que perder esta guerra, sencillamente es perder el ejercicio del poder que constitucionalmente ejerce; por ello, no es casual que nuestros adversarios políticos, lleven a debate la participación del ejército en la lucha contra el crimen organizado.
En este contexto de guerra como lo definió Felipe Calderón, la postura miliciana era central, el cachondeo político resultaba un desperdicio. De ahí la sobriedad del ejecutivo, la firmeza de sus palabras, el escenario en el cual fue anunciado que estamos en guerra; pero también de ahí el hecho de haber retomado el pensamiento juarista de la preservación incólume del principio de legalidad, y si de eso se trata, era necesario hacer homenaje a los héroes de ayer, a los héroes de estos días –los saldados caídos y los que están cayendo en combate-, rendir homenaje a la patria, a sus instituciones y por lo mismo dejar atrás lenguajes obsoletos de un presidencialismo que sólo se respira en zonas políticas atrasadas.
Lamentablemente la megalomanía es traicionera y se han filtrado lamentos acusando al presidente de México, de descortés por no haber presidido, el desfile civil. ¡Que forma tan vulgar de quejarse!.
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