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El sonido y la furia
Gerardo Oviedo

gerovio@hotmail.com

 


 


LA FURIA DEL ARTE

Mientras más cerca estés de la luz, más grande será la foto.

 

Muchas podrán ser las interpretaciones que se hagan de lo ocurrido el domingo pasado durante la instalación del fotógrafo Spencer Tunick en el zócalo de la ciudad de México. Sí fue un acto de libertad, si fue arte, si la sociedad mexicana está en movimiento, si se rompieron los record mundiales. Si se hizo historia. Si a la moralina mexicana le dio el soponcio, si la teoría del caos funciona con miles de cuerpos desnudos que en ocasiones se tocaban, que si el arte tiene el paradigma de ser rebelde, violento, contundente para romper reglas y crear otras nuevas.  Que si se le acabó el rollo al falso pudor. Que México está listo para un nuevo México. Que si se faltó al respeto a los símbolos patrios o que la catedral metropolitana aún esté de pie, incólume, a pesar de Perverto. Que si fue una revolución de conciencia de afuera hacia dentro, hacia todas las fobias humanas, hacia las barreras y los límites de cada uno. Que si para transformar nuestro entorno primero habría que transformarse uno. Que si 20 mil desnudos curan en salud pública a los 110 millones de mexicanos. Que sin ropa todos somos iguales. Que si las buenas conciencias y hombres y mujeres con prestigio pierden lo ganado al quitarse la ropa. Y muchas otras más que por el espacio se me escapan de la pluma. Pero la primera interpretación de alguien que participó es: ¡Sí! ¿Y qué?

 

CASTAÑEDA (PARTE 29)
La pintura siempre había sido el sueño de Castañeda cuando llegara a viejo. Sentarse a la orilla de algún río y pintar paisajes mientras sus pensamientos vagaban por los colores, por las texturas, por el insólito amor a los peces y el horizonte. Castañeda quedó en silencio mirando la pecera en su departamento. El doctor Núñez se había retirado a petición del propio Castañeda. Quería estar solo después de conocer los resultados que leyera y que en automático no pudiera comprender sino sólo hasta una veintena de repeticiones por parte del doctor y una serie de negaciones que ya estaban siendo vencidas por el propio Castañeda. Quería estar completamente solo porque no había compañía que en ese momento lo pudiera hacer sentir mejor. Tal vez aquel amor inconcluso, debilitado a fuerza de la costumbre, pero ¿no lo había mandado definitivamente a la fregada días antes de que le comenzaran los dolores en el estómago? Castañeda repetía una y otra vez las palabras del doctor: “Pero aún hay esperanza, Luis”.  Sí, como no, masculló con los dientes apretados, todavía hay esperanza.  Pero lo peor era que cuando todo parecía que ya iba a mejorar, de pronto todo se venía abajo.  A la chingada. Castañeda no se bañó y así se fue al partido. La nariz rota le punzaba pero no había vuelta de hoja. Total, la muerte siempre ronda con un hálito de dolor.  Entró a la oficina del señor Hernández.
                —Te dije que descansaras, pendejo —le increpó por haber entrado sin tocar. Castañeda no sabía por dónde comenzar, así que comenzó por el principio: Se abalanzó sobre el señor Hernández y, con toda la furia que había acumulado a lo largo de los últimos días, le asestó un jab, un oper caut, y un volado. El señor Hernández se fue de nalgas sobre el escritorio llevándose los papeles, un cenicero y un adorno de porcelana que se rompió en mil pedazos.  Castañeda iba a continuar haciendo leña del árbol caído a punta de patadas, pero un súbito dolor en las entrañas lo paralizó por completo. Dio media vuelta y encorvado salió corriendo de la oficina del señor Hernández hacia el baño y de ahí “a la chingada”.

FRANK WATSON
Víctor Watson, padre de Frank Watson, terminó de descargar el camión y se dirigió al despacho del viejo Vlad. Y como si lo presintiera se echó al bolsillo una navaja de resorte que utilizaba para sentirse más seguro cuando hacía el trayecto de San Diego hasta los Ángeles. A ciencia cierta no sabía que iba decir, así que cuando estuvo frente a Vlad dijo lo primero que le vino a la mente.
                —Nos largamos.
                El viejo Vlad estaba leyendo una novela de León Uris. El pequeño Frankie dormía en el sofá cubierto por una manta de lana. Vlad cerró la novela después de ponerle un separador de hojas y la depositó en su escritorio.
                —Vas a despertar a Frankie —dijo mientras se quitaba los lentes y los ponía junto a la novela.
                —No me importa. Nos Largamos —repitió Víctor.
                —¿Es por dinero, Víctor?
                Víctor se acercó al pequeño Frankie y con cuidado lo levantó entre sus brazos.
                —No quiero que te nos acerques. Estás advertido.
                El viejo Vlad juntó las dos manos como si rezara y apoyó la nariz en ellas.
                —Puedo darte más dinero, si de eso se trata —dijo con voz afable—. Todo es cuestión de dinero.
                —¡Imbécil! ¡No quiero tu maldito dinero! ¡No entiendes! ¡No lo quiero! —se exaltó Víctor ya casi en la puerta. El pequeño Frankie apenas se removió ligeramente con los gritos.
                —Como quieras —finalizó el viejo Vlad, tomó sus lentes, el libro y continuó leyendo.
                Víctor salió llevando a Frankie en brazos hasta llegar a casa, dónde acostó al pequeño Frankie en su habitación y cerró la puerta. A las dos y media de la mañana tres hombres entraron por la ventana y se llevaron en brazos a Víctor. Lo subieron a su camión hasta que se estacionaron a tres calles de Sunset boulevard y le dispararon en la nuca.
*
Frank Watson salió de la embajada acompañado por don Carlos y mister Hernández.  La confianza se ganaba por partida doble: Watson demostraba la eficiencia de su eficacia, en tanto que Hernández supuestamente sacrificaba, como en el ajedrez, un caballo para poder darle jaque al rey.  En medio de un dispositivo de seguridad impresionante, subieron los tres hombres a una camioneta blindada. El ayudante de Frank, Robert Green, quien se había quedado afuera de la embajada norteamericana esperando, se les unió en la comitiva. Avanzaron sobre reforma y enfilaron hacia valle de Bravo, en el estado de México. Robert se comunicó de nueva cuenta con Bryan López y John St. John, quienes ya iban de regreso hacia el hotel Four Season. En tanto que los dos hombres restantes ya sabían que su función era seguir a su jefe hasta el mismísimo infierno con tal de protegerlo. Sobre la carretera que se elevaba, Frank volvió a la mirada con desparpajo hacia la ventanilla polarizada cuando la ciudad empezaba a volverse una cantidad inmensa de puntitos anaranjados a lo lejos. Mil doscientos millones de dólares era una suma nada despreciable y el trabajo era tan sencillo: ser un empresario extranjero que invierte en México.
                —¿Qué le ha parecido nuestro país, mister Smith? —preguntó don Carlos.
                Sin retirar la mirada de carretera contestó:
                —Maravilloso. Me encantan los Tigres del Norte —y volvió a sonreír.

LÁZARO
La casa no tenía dirección visible, así que Lázaro no podía estar al cien por ciento seguro. Pero qué importaba. Las otras casas sí tenían la numeración y la única que faltaba era precisamente esa. Pasó rodando lentamente con el taxi para después darle vuelta a la manzana. Cuando estuvo de nuevo sobre la calle detuvo el automóvil 10 metros antes. Apagó el motor. El taxista permanecía con la cara enterrada en el suelo del carro, parecía un bulto de ropa. Lo empujó con fuerza para tomar su maleta que permanecía en el asiento trasero. La abrió para sacar una escuadra 9 milímetros. Revisó el cargador de su pistola y se la guardó en el pantalón. Hecho esto se bajó y empezó a caminar hacia la casa. La calle estaba desierta y sólo un foco en la entrada de la casa de junto parecía toda manifestación de vida.
                La fachada estaba descacarachada y parecía más una casa abandonada. Tenía un zaguán de color pardo que parecía oxidado en la parte más baja. Lázaro llegó y por un costado vio cual era su punto más débil: Un pequeño agujero en la barda podía funcionar como escalón para brincar hacia la parte superior. Tomó impulso y con la velocidad de un gato logró colgarse del filo de la barda. La pistola casi resbala de dónde la llevaba, pero tuvo la suficiente suerte como para que permaneciera enganchada a la hebilla de su cinturón. Elevó la pierna derecha hasta apoyarla en el perfil de la barda y con la fuerza de sus brazos se impulsó hasta lograr subir del todo. Una vez arriba se acomodó el arma, se secó con el dorso de la mano lo que parecía sudor de la frente pero que en realidad era un líquido marrón mientras echaba una hojeada a su alrededor. La casa por dentro parecía desierta. Pero aguzó la mirada y el oído. Se oía el ruido de un refrigerador o la estática de una radio encendida a bajo volumen. Caminó un par de metros sobre la barda hasta encontrar el mejor sitio para descolgarse. Lo hizo quebrando el silencio con un ruido seco al caer. Pero parecía que nadie se había dado por enterado. Caminó hasta lo que distinguió era la puerta principal. No hizo el intento por abrirla, prefirió mejor darle la vuelta a la construcción pegado a la pared. Unos metros más adelante encontró lo que parecía ser la ventana del baño por el olor que despedía. Cuando iba a abrirla oyó unos pasos dentro que se dirigían precisamente hacia ahí. Se repegó a la pared. Prendieron dentro la luz y un segundo después se oía un chorro de orina que caía sobre el agua de la taza para finalizar con una flatulencia. Después se apagó la luz del baño. Lázaro se incorporó y abrió lentamente la ventana. Con un movimiento silencioso se introdujo. Olía a rayos pero eso a Lázaro no le importó. Entreabrió la puerta para asomarse. El ruido que había escuchado no era el que había pensado. Ahora se distinguía el sonido de un televisor encendido. De puntitas y con la pistola en la mano Lázaro salió hacia lo que era el pasillo donde había varias puertas más. ¿Cuál debía abrir primero? Sin pensarlo Lázaro abrió con lentitud la puerta por dónde parecía provenir el ruido del aparato. Dentro aparecía un colchón destartalado y sobre él una persona amordazada y cubierta por un vendaje en los ojos. Estaba atada de manos y pies. Ahí estaba el televisor encendido y sin imagen. No. Ahí no era. Cerró la puerta. Caminó otro trecho hasta la siguiente puerta. La abrió para encontrarse con un flashazo de recuerdos: Una alfombra bolsas de plásticos negros se extendían de pared a pared. Pero dentro no había la menor señal de vida. Cerró la puerta y se dirigió hacia una tercera. Pegó el oído. Nada, no se oía nada. Abrió la puerta y vio al Mochilas y al Loco durmiendo cada uno en un camastro. No era venganza, pensó Lázaro antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí.
“Tú estás muerto y los muertos no pueden hacerme daño” dijo el Loco. “Cruz cruz que se vaya el diablo y que venga Jesús. Yo te maté. Lo juro por mi santa madre que en paz descanse” argumentó el Mochilas con el rostro pálido en cuanto se enteró de su apremiante situación. Pero ante el cañón frío de Lázaro que le acababa de rajar el pómulo izquierdo se le acabaron los argumentos. Luego fueron conducidos al tapete de plásticos y, como una si fuera la grabación de un déja vu, Lázaro ordenó con la parsimonia de un sicario profesional:
                —Cójanse.
                Los hombres se miraron con aprensión.
                —¿Quién a quién? —preguntó dubitativo el Mochilas mientras comenzaba a bajarse los pantalones.
Mientras los hombres cabalgaban uno encima del otro, Lázaro se fue enterando poco a poco de la historia y, sobre todo, de lo que quería saber. Y, sin resentimiento, mientras uno de los hombres se reponía de su orgasmo. Lázaro le metió la pistola en la boca y disparó. Sus sesos se esparcieron sobre los plásticos hasta formar una especie de moronga cruda. Un segundo después le tocó el turno al otro hombre. Sus sesos se confundieron con los de su amigo. Pero podía notarse la diferencia: Los sesos del Loco eran más rosas que los del Mochilas, que parecían gajos de esa fruta llamada granada. Una promesa es una promesa y jamás se rompe, pensó Lázaro sobre los cuerpos desnudos y descerebrados de los hombres. Quienes tal vez pensaron mientras su cabeza estallaba por los impactos de bala en la limpieza y el desmadre que iban a provocar: “Los plásticos son porque al jefe no le gusta que dejemos un reguero, ¿verdad, Loco?”
Lázaro se secó el sudor marrón que le brotaba de la costra. Estaba sentado en el borde de la cama mirando el televisor. Atrás de él estaba la persona todavía amordazada y atada. Lázaro no le había prestado la mínima atención. Es más no le importaba ni le interesaba cual pudiera ser su destino. Apenas le había echado una escueta mirada. La única razón por la que estaba en esa habitación era precisamente por que ahí se encontraba el aparato receptor. A eso de las nueve de la mañana y después de haberse chutado toda la noche de infomerciales, se levantó cuando escuchó que la puerta del zaguán se abría.
El Tatuado no era más valiente que un hombre aterrorizado:
                —¿Tú? No puede ser. ¡Tú estás muerto! —dijo el Tatuado sin dejar de mirarle la costra donde manaba ese líquido marrón—. Tú debes estar muerto. Así debe ser. ¡Estás muerto! ¿Me oyes?
                Lázaro seguía apuntándole con el arma, aunque a decir verdad, bien podía obligarlo a hacer cualquier cosa con la simple mirada de fantasma que su interlocutor creía verle. Pero se contentó con darle un cachazo en plena mandíbula rompiéndole los dientes frontales. El Tatuado se fue de espaldas al suelo con todo el mentón sangrando.
                —No puedes hacerle esto a un Comandante. ¿Me entiendes? Te va a llevar la chingada, soy una persona importante, cabrón —dijo medio atontado. Luego preguntó escupiendo unos trozos de dientes—. ¿Qué quieres? ¿Es una venganza? ¿Dinero?
                Lázaro avanzó hacia él y le dio una patada con todas sus fuerzas en los testículos y después otra en pleno rostro. 
                —Nada. No quiero nada —dijo Lázaro.
                El Tatuado ahora se llevó la mano a la nariz que parecía haber sido doblada hacia un lado y un gran corte se extendía desde el entrecejo hacia el pómulo.
                —Tengo mucho dinero —suplicó el Tatuado—. Mucho, más de lo que te imaginas, cabrón.
                Pero Lázaro acababa de tomar nuevamente impulso y estrelló un puntapié en el oído del Tatuado, quien sólo alcanzó a chillar como una puerca recién parida.
                —Te digo lo que quieras saber. Todo —aulló el Tatuado—. En mi auto está todo.
                Lázaro no tenía rencor. Después de todo ¿ese hombre no le había ordenado a sus hombres hacer un trabajo limpio? Que los otros desobedecieran no era su problema. Tomó impulso y lo pateó de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo.
                —¿Me vas a matar? —preguntó boca arriba el Tatuado ya sin moverse. De su oído salía un hilo de sangre mientras que la cara la tenía completamente amoratada.
                —Sí —dijo Lázaro y volvió a patearlo tan fuerte en la cabeza que casi se la arranca.
                Cuando el Tatuado parecía un amasijo de carne sanguinolenta. Lázaro apuntó su arma a unos 30 centímetros de la cara del Tatuado:
                —Por mis hermanos, pendejo, a ti nadie te va a reconocer —y disparó hasta que el cargador quedó vacío, después volvió a cargarlo y otra vez. Luego tiró el arma a un lado y, así como estaba, salpicado de sangre salió de la casa perdiéndose entre las calles de la ciudad.

(

Continuará)

 

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