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El sonido y la furia
Gerardo Oviedo

gerovio@hotmail.com

 


 



ÚLTIMA PARTE


a Víctor Ugalde y Estela Leñero
por su amistad de siglos
en memoria de los cientos de periodistas

asesinados en México
y a  los lector@s de cambio
muchas gracias


ELENA (ÚLTIMA PARTE)
Elena García Fuentes despertó aturdida. El Formol le picaba todavía la nariz y un pequeño zumbido se le oía al respirar. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Por qué a ella? ¿Por qué? Intentó moverse pero supo que estaba atada de manos y pies. Una venda le cubría los ojos. Oyó unos pasos que se acercaban y arrastraban una silla.
                —¿Quién es tu informante, pinche cabrona, hija de puta?
                Elena dejó de forcejear con sus ataduras. Aguzó el oído.
                —¿Informante de qué?
                —No te hagas pendeja. Bien que lo sabes.
                —No, no lo sé.
                —Peor para ti.
                El hombre se incorporó de la silla y se le acercó. Elena sintió una mano se posaba sobre su rodilla e iba subiendo hasta su ingle
                —Estás bien pinche flaca —exclamó el sujeto—. Y bien pinche fea. Pareces una escoba.
Elena sintió de pronto un coraje inaudito. Aparte de que la secuestraban todavía tenían el descaro de burlarse de su complexión. Ella no había escogido ser como era. ¡Qué culpa tenía!
—Pendejo —y empezó a revolverse como loca tratando de zafarse de las ataduras.
El hombre retiró la mano en cuanto sintió como culebreaba.
—Así me gustan —dijo—. Entronas, carajo.
¿En qué se puede pensar cuando una está secuestrada?, pensó Elena cuando ya se había tranquilizado y había quedado quieta. Las muñecas le estaban doliendo por las rozaduras de las cuerdas. No podía hacer otra cosa que cantar, volvió a pensar, porque creía que escuchando música se podía pasar mejor los tragos amargos. Pero como no tenía posibilidades de tener la mano ningún aparato, empezó a tararear con muy bajo volumen, tanto que más se asemejaba a un rezo que a una canción. 
*
Después de un par de horas y de haber repetido varias veces su repertorio mental de canciones e incluso de aquellas letras infantiles que cantaba en el orfanato y que luego repetía en la casa de la señora Carranza mientras lavaba las tinas y tinas de ropa ya que así se le pasaba el tiempo volando.  Hoy todo era distinto. Mientras tarareaba pensó en el señor José Bretón y el altercado que había sufrido antes de ser secuestrada. Recordó como los reporteros de deportes bajaban la mirada mientras ella pasaba con tremendos lagrimones hacia la salida. Recordó que el señor Bretón se quedó en su oficina lamentándose haberla conocido. Y a pesar de eso, Elena en verdad creía que el señor Bretón era un hombre honesto, porque según su interpretación el fin jamás justificaba los medios. Después pensó en Carlos y su interrogatorio madrugador. Ahí mismo se le apareció el rostro de Nora Kauffman, de quien no había vuelto a tener noticias desde hacia un par de días. No podía precisarlo ya que no sabía cuanto tiempo había estado dormida. No veía nada a través de la venda, era evidente que sus captores eran profesionales. Ni un gramo de luz se colaba hacia su retina. Y pensar que le había hecho una muy buena entrevista al señor Hernández. ¿Qué había querido decir con que tuviera cuidado con el senador Xavier Beltrán?  Acaso Xavier Beltrán era el autor intelectual de la situación en que se encontraba ella, porque ni siquiera había recibido una llamada de reproche por parte de él. Entonces recordó al hombre que la había amenazado por teléfono y aún más, recordó al hombre que le había dado el sobre amarillo cuando había bajado a comprar el tanque de gas. Pero ese documento no tenía nada escrito, lo había revisado perfectamente de cabo a rabo. ¡Un momento! ¡Claro! Tenía sus huellas digitales y éstas podían ser utilizadas como se utilizó con... ¿cómo se llamaba aquella famosa abogada defensora de derechos humanos que la habían sucidado? Lo había leído en alguno de lo ejemplares que Bretón le daba todas las noches. Elena no pudo recordar el nombre pero si los detalles. Cuando hallaron a la mujer encontraron una nota bastante extraña de despedida, pero eso no influyó para que se cerrara el caso debido a que los investigadores le dieron mayor importancia a las pruebas circunstanciales, como era la nota con sus huellas digitales, que a los testimonios de todos los que conocieron a la víctima, quienes afirmaban que no era su letra y que ella no hubiera sido capaz de suicidarse. Elena se dio de topes: ¿por qué no lo había visto antes? Si parecía tan claro, tan obvio. Y aún más lo corroboraba el incendió que había encontrado en su departamento cuando llegó después de estar con Carlos en su departamento. Ese fuego no había sido causado por haber dejado prendida la lumbre. Había sido provocado. Intentó recordar si mientras ordenaba de nuevo su departamento había visto aquel sobre amarillo que había botado sobre la mesa. No, no estaba. Se hubiera dado cuenta porque acomodó los periódicos uno por uno y no había nada. Pero no creo que haya sido el senador Beltrán, finalizó Elena por intuición. ¿Pero en que basaba aquella deducción? En que había otras pistas que se le habían escapado por estar pensado en Carlos, y siguió tarareando, y quién por cierto ¿qué estará haciendo ahorita? Elena desvió por un momento su atención del punto que razonaba. Pero después regresó, y sin dejar de tararear, le vino una claridad: Nora parecía la primera sospechosa de lo que ella pensaba que era una broma, pero ¿acaso no le había echado la culpa por celos? Así era, en ese momento todo su razonamiento se ubicaba en el lado equivocado, es decir, en la estupidez humana por querer conquistar y ser amo y señor del otro. No, Nora Kauffman no podía estar involucrada en nada de lo que le había sucedido, porque Elena sabía que alguien le había dicho a Bretón que todo lo que había escrito lo había inventado. ¿Inventado? ¡Ajá! —dijo tarareando. En ese momento Elena supo quien había soltado la sopa. Entonces le comenzó a doler el corazón al pensar que por amor se comenten las peores imbecilidades. El amor era, según Elena, la puerta más cercana a la traición. ¡Pinche Carlos!
Pasarían un par de horas más cuando volvieron a entrar al cuarto. Elena supo que eran por lo menos dos hombres porque se le grabó lo que dijeron:
                —Me cai que está re bien pinche loca. Mírala. No deja de cantar. Si supiera lo que le espera no andaría ni siquiera rezando la muy cabrona.
                —¿Y si comenzamos de una vez?
                —No seas pendejo. Tenemos que esperar al comandante.
                —Cállate, pareja, no menciones al 66. No ves que nos está oyendo la pendeja.
                —Y pa que le va a servir. Si ya está más muerta que viva, a poco crees que esa lavadora con patas va a durar más de dos chingadazos —y echó una carcajada.
                —No importa, güey. No me gusta que seas tan lengua larga.
                —Lengua larga mis huevos —interrumpió el hombre—. ¿Qué ya no te acuerdas cuando fuimos al operativo de Laredo. No te acuerdas quien fue el que por “ay sí, yo soy bien cabrón” y no se cuanta mamada más, y casi por un pelito se nos pela el pendejo del Tigre.
                —No mames. Yo sólo le enseñé a ese bato mi herramienta.
                —¡Serás pendejo! Te digo. Nomás con tres caguamas y ya andas pedo.
                —Fueron cinco y no andaba pedo.
                Uno de los hombres le ordenó al otro:
                —Ya cabrón, mejor préndele la tele para ver si así se calla la pendeja. O por lo menos la dejamos de oír.
                —O la volvemos Loca, ¿no, Loco? —y echó otra carcajada.
*
Elena tenía los brazos entumidos. Estar en una sola posición le estaba coagulado la sangre en las extremidades. Se había logrado dar menos de media vuelta hacia la izquierda y pasado un tiempo se había rotado hacia la derecha.  El televisor seguía encendido pero ya sin imagen y con pura estática. Había escuchado todos los comerciales, tres telenovelas, dos noticieros, un programa de risas grabadas, el himno nacional, una película en inglés y luego la estática solitaria. En medio de ese ruido le pareció escuchar como muy lejano el gemido de alguien, tal vez un gato o un niño. Pero no podía ser un niño, reflexionó Elena, más bien parecen dos gatos arañándose y peleándose por alguna gata noctámbula. ¡Quién sabe!
Los ojos también le dolían. Ahora no tenía ni la menor idea de cuanto tiempo era el que podía llevar ahí. Las pestañas, supuso Elena, las debía traer completamente lacias y para abajo, en forma de aguacero. Esta vez intentó cerrar los pensamientos para poder dormir un poco. Se quedó con la mente en blanco. Y poco a poco fue entumeciéndose más y más hasta que por fin perdió el sentido.
*
Los sueños, sueños son y van a dar al amar cuando no tienen otro puerto donde naufragar. Elena soñó con Carlos por pura inercia sentimental y, quizás, tratando de poner una coraza a la situación en la que se encontraba. Aunque la razón le mostrara los hechos contundentes de sus deducciones, en sueño Elena hasta podía volar y eso era razón suficiente para convertir el axioma cartesiano en uno freudiano: hasta no soñar no creer, y aún creyendo, volar. Elena estaba desnuda sobre las piernas de Carlos. Él la miraba con sus manos que tenían un ojo en cada yema de los dedos. Carlos le recorría el talle literalmente con la mirada y poco a poco descendían sus manos hasta la apoyatura de sus ingles. Elena tiritaba con cada mirada que Carlos introducía en ella.  Un rubor moreno reptaba desde sus plantas desnudas hasta los pómulos enrojecidos. Pero de repente Elena se levantó del regazo de Carlos. Lo miró desde una perspectiva insospechada. Cuando estuvimos en el Guateque de que manera me habías besado. Elena no sintió pena ni rubor de estar desnuda frente a Carlos. Es más, parecía como si un enorme peso se le hubiera quitado de encima. Una claridad la estaba inundando. ¿Eres puto? ¡Bang ! En ese momento Elena despertó al sentir que alguien se acababa de sentar en la cama y le cambiaba de canales al televisor: sólo infomerciales, donde vendían todo tipo de aparatos que Elena tal vez pensó por primera vez en su vida, que todo eso era una pendejada. Una reverenda pendejada: ¡Con razón él estaba todo el tiempo en el baño de las mujeres! ¡Con razón le encantaba Thalía!  ¡Y con razón besaba muy raro y no me quiso hacer el amor cuando ella más lo necesitaba! ¡Carajo! ¡Pinche Carlos!
Oyó muchos disparos que pensó que eran cuetes. Tantos que por un momento creyó seguir escuchándolos aún después de que dejaron de sonar. Luego todo se calmó y pasó una eternidad hasta que la rescataron los elementos de la AFI. Encapuchados y con rifles de asalto la encontraron aún más flaca pero viva y con un montón de moscas rondando por toda la casa. Los tres cuerpos sin vida que hallaron habían entrado en estado de descomposición y apenas se pudo saber que eran hombres sin rostro, uno, con un tatuaje de una cobra en el brazo. Es más, eran hombres sin cabeza. El lugar donde se esparcían sus sesos acabó siendo madriguera de cientos de gusanos que se retorcían gustosos ante el imperio de la sangre descompuesta. Elena fue trasladada al hospital de la cruz roja para su atención inmediata. A pesar de que dos semanas antes se había encontrado el cuerpo sin vida de un taxista dentro de su coche, sólo hasta esa mañana los vecinos del lugar habían dado aviso a las autoridades de un penetrante olor que provenía de esa casa. Un olor putrefacto que se había extendido más de media calle a la redonda. 
Elena abrió los ojos y vio a Nora Kauffaman como una enorme vaca que la miraba.
                —Hasta que por fin abres los ojos, chula, ja, ja, ja. Estás hecha un desmadre. Ja, ja, ja. Un verdadero desmadre —y siguió riendo con esa risa bovina que le zangoloteaba todas sus carnes.
                Elena no dijo nada. Se limitó a esbozar una mueca tenue. Iba a necesitar litros y litros de suero para poder subir esos kilos que había perdido y que para ella significaban toneladas.  Peso que había perdido durante su secuestro de dos semanas y media.
                Cuando Nora dejó de reír, exclamó:
                —Parece que tú eres como la hierba mala. Nunca muere, ja, ja, ja —y le extendió la copia de un periódico viejo donde aparecía la foto de una niña que era cargada en brazos por un bombero. La niña miraba a la cámara y en su rostro todo lleno de ceniza se veían entre las lágrimas que le escurrían, una infinita soledad. Su título: Milagro en San Juanico Ixhuatepec. Era la foto de Elena cuando era niña—. Unos días más y no lo cuentas, preciosa.
                —Ahora tú eres la noticia —entró José Bretón con un ramo de flores amarillas. Las puso a un lado de la cabecera de Elena.
                Elena miró como el señor Bretón sacó de su bolsa una barra de chocolate:
                —Vas a necesitar esto para que te recuperes más pronto —y depositó el chocolate junto a las flores. Luego de una bolsa de plástico que llevaba extrajo un bonche de periódicos y los arrojó sobre la cama a los pies de Elena.
                Nora tomó el chocolate y lo abrió:
                —Sí, lo vas a necesitar —y le ofreció un pedazo a Elena, quien lo tomó con la mano pero no se lo comió.
                —Alíviate pronto —intervino José Bretón—. Porque necesitamos tu historia la más pronto posible. Esto es fantástico —pero de repente se dio cuenta de que se acababa de exaltar demasiado así agregó con un tono de voz más serio—. Digo, si te interesa seguir trabajando con nosotros. Por mi parte no hay ninguna cosa pendiente. ¿Tienes alguna objeción?
                Nora ya casi se acababa el chocolate y por eso no pudo reír como debía por la estupidez evidente del señor José Bretón, así que sólo hipó.
                Elena retiró la vista de Bretón y no la dirigió a ningún punto en específico.
                —¿Y Carlos?
                —¿Carlos? —se extrañó Bretón.
                —¿Carlos? —repitió Nora pasándose el resto del chocolate.
                Entonces Elena pidió casi como una súplica:
                —Me siento muy cansada —y cerró los ojos.
                Nora y Bretón entendieron el mensaje. Cuando ya iban a salir, Nora se regresó a depositar el último cuadrito de chocolate que todavía quedaba.
                —Con todo lo que pasó, Carlos pidió ser corresponsal en el extranjero. Pero desde el asesinato del licenciado Castañeda hace una semana. No hemos vuelto a saber nada de él. ¡Quién lo hubiera imaginado! ¡Qué él fuera el soplón de las mafias! Pero en fin, querida, cuídate y nos vemos después —y salió junto con Bretón.
                Elena no atinó a decir nada. Vio como se cerraba la puerta tras ellos. Ahora sí no entendía nada ¿Qué es lo que se había perdido mientras las moscas se le paraban sobre la piel durante esas dos semanas de secuestro? ¿Acaso las cosas que uno conocía cambiaban tan rápido? De hecho: ¿el mundo podía cambiar radicalmente de la noche a la mañana y uno no enterarse sino hasta que ya no lo comprendía? En ese instante Elena se dio cuenta que el pedazo de chocolate que llevaba en la mano ya estaba completamente derretido. Con enfado tomó uno de los periódicos del Imparcial y se empezó a limpiar el chocolate de la mano, pero de repente vio el encabezado y lo comenzó a leer. Trataba sobre el licenciado Castañeda que había sido asesinado al parecer por una prostituta de alta sociedad y de la que sólo se tenía el dato de su apodo: Miss Clairol, y que se ignoraba su paradero, pero las autoridades continuaban con las pesquisas en el estado de Puebla. Lo que sí se sabía era que el licenciado Castañeda era el enlace entre el Cártel de Roberto Neri Abed alias el Tigre, apresado en Nuevo Laredo, quien traficaban con droga desde Mérida hasta Tijuana, y algunos representantes del congreso de la unión, entre los que se encontraba el senador Xavier Beltrán y la senadora Consuelo Palacios.
                —No —susurró Elena en voz baja una vez que terminó de leer el diario—, no son ellos. Es Hernández, el señor Hernández, carajo —y arrojó ásperamente el periódico al suelo y continuó, con todas esas lágrimas martirizándole los ojos, leyendo el siguiente periódico para buscar algo sobre el paradero de Carlos Orozco.

(FIN)

 

www.radioamlo.org  8 de Junio presento en la galería del ayuntamiento “Bajo el peso de nuestro propio fuego”. No faltes, ahí te espero.

 

 

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