LEY TELEVISA
a Sergio Raúl Arroyo García
a mujeres y hombres del equipo de radioamlo
La ley televisa, como se le denomina a la ley federal de radio y televisión por la presión ejercida por los grandes monopolios de telecomunicaciones, tiene todos los yerros para que México y los mexicanos queden sumidos en el abandono, la abyección y el absurdo. El espectro radioeléctrico quedará, si la Suprema Corte de Justicia de la Nación —último reducto para regresar a una legalidad hecha añicos por los grupos en el poder— no aceptan la inconstitucionalidad de algunos de los artículos de esa ley y la dan por buena, quedará esta señal, que es patrimonio de la nación, en manos de un monopolio por muchos., muchísimos años más y con la ventaja de licitar y ad infinitum quedarse como amos y señores de las telecomunicaciones en el país. Y como lo hemos venido planteando en diversos foros, la ciudadanía perderá todo espacio democrático en materia de información. Ya lo vimos durante esta semana, con la andanada mediática de manipulación por parte de televisión azteca y televisa. Estos grupos han echado toda la carne al asador y, en una congruencia más de la podredumbre de estas empresas, se quieren alzar como defensores de la libertad de expresión, de la democracia y de la justicia. Siendo clara y contundente la manipulación de la opinión pública con preguntas teledirigidas para mostrase como campeones de la pluralidad y la vanguardia. Es falso que si está ley se declara inconstitucional, México quedará rezagado en materia tecnológica. También es mentira que con la nueva ley haya cabida para la diversidad. Un ejemplo claro lo da la digitalización de la señal, donde las grandes empresas podrán fragmentar una misma señal analógica y usufructuarla (con varías señales más pequeñas) y no pagar absolutamente nada y no permitir la entrada de estaciones pequeñas como por ejemplo las comunitarias que si cumplen una función social. También es conveniente mencionar que la ley televisa fue y es promovida por personajes del tolete político, entre ellos Federico Döring y Diego Fernández de Cevallos como representantes, no de la ciudadanía que voto por ellos, sino de intereses mezquinos, de tráfico de influencias y en una absoluta sumisión a los intereses de las televisoras. Por ello, desde este texto, se exige que la ley televisa sea declarada inconstitucional porque violenta el estado de derecho consagrado en la constitución mexicana. Pero como vivimos en un país al revés, se requieren 8 votos como mínimo por parte de los 9 ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para declarar inconstitucional la ley televisa, y según la historia de esa institución, los momios están en contra de la nación. Léase esta columna en 50 años, cuando de México no quede nada, sólo la televisión y nada más.
ELENA (EPÍLOGO)
Los sueños, sueños son y van a dar al mar cuando no tienen otro puerto donde naufragar. Elena soñó con Carlos por pura inercia sentimental y, quizás, tratando de poner una coraza a la situación en la que se encontraba. Aunque la razón le mostrara los hechos contundentes de sus deducciones, en sueños Elena hasta podía volar y eso era razón suficiente para convertir el axioma cartesiano en uno freudiano: hasta no soñar no creer, y aún creyendo, volar. Elena estaba desnuda sobre las piernas de Carlos. Él la miraba con sus manos que tenían un ojo en cada yema de los dedos. Carlos le recorría el talle literalmente con la mirada y poco a poco descendían sus manos hasta la apoyatura de sus ingles. Elena tiritaba con cada mirada que Carlos introducía en ella. Un rubor moreno reptaba desde sus plantas desnudas hasta los pómulos enrojecidos. Pero de repente Elena se levantó del regazo de Carlos. Lo miró desde una perspectiva insospechada. Cuando estuvimos en el Guateque de que manera me habías besado. Elena no sintió pena ni rubor de estar desnuda frente a Carlos. Es más, parecía como si un enorme peso se le hubiera quitado de encima. Una claridad la estaba inundando. ¿Eres puto? ¡Bang ! En ese momento Elena despertó al sentir que alguien se acababa de sentar en la cama y le cambiaba de canales al televisor: sólo infomerciales, donde vendían todo tipo de aparatos que Elena tal vez pensó por primera vez en su vida, que todo eso era una pendejada. Una reverenda pendejada: ¡Con razón él estaba todo el tiempo en el baño de las mujeres! ¡Con razón le encantaba Thalía! ¡Y con razón besaba muy raro y no me quiso hacer el amor cuando ella más lo necesitaba! ¡Carajo! ¡Pinche Carlos!
Oyó muchos disparos que pensó que eran cuetes. Tantos que por un momento creyó seguir escuchándolos aún después de que dejaron de sonar. Luego todo se calmó y pasó una eternidad hasta que la rescataron los elementos de la AFI. Encapuchados y con rifles de asalto la encontraron aún más flaca pero viva y con un montón de moscas rondando por toda la casa. Los tres cuerpos sin vida que hallaron habían entrado en estado de descomposición y apenas se pudo saber que eran hombres sin rostro, uno, con un tatuaje de una cobra en el brazo. Es más, eran hombres sin cabeza. El lugar donde se esparcían sus sesos acabó siendo madriguera de cientos de gusanos que se retorcían gustosos ante el imperio de la sangre descompuesta. Elena fue trasladada al hospital de la cruz roja para su atención inmediata. A pesar de que dos semanas antes se había encontrado el cuerpo sin vida de un taxista dentro de su coche, sólo hasta esa mañana los vecinos del lugar habían dado aviso a las autoridades de un penetrante olor que provenía de esa casa. Un olor putrefacto que se había extendido más de media calle a la redonda.
Elena abrió los ojos y vio a Nora Kauffaman como una enorme vaca que la miraba.
—Hasta que por fin abres los ojos, chula, ja, ja, ja. Estás hecha un desmadre. Ja, ja, ja. Un verdadero desmadre —y siguió riendo con esa risa bovina que le zangoloteaba todas sus carnes.
Elena no dijo nada. Se limitó a esbozar una mueca tenue. Iba a necesitar litros y litros de suero para poder subir esos kilos que había perdido y que para ella significaban toneladas. Peso que había perdido durante su secuestro de dos semanas y media.
Cuando Nora dejó de reír, exclamó:
—Parece que tú eres como la hierba mala. Nunca muere, ja, ja, ja —y le extendió la copia de un periódico viejo donde aparecía la foto de una niña que era cargada en brazos por un bombero. La niña miraba a la cámara y en su rostro todo lleno de ceniza se veían entre las lágrimas que le escurrían, una infinita soledad. Su título: Milagro en San Juanico Ixhuatepec. Era la foto de Elena cuando era niña—. Unos días más y no lo cuentas, preciosa.
—Ahora tú eres la noticia —entró José Bretón con un ramo de flores amarillas. Las puso a un lado de la cabecera de Elena.
Elena miró como el señor Bretón sacó de su bolsa una barra de chocolate:
—Vas a necesitar esto para que te recuperes más pronto —y depositó el chocolate junto a las flores. Luego de una bolsa de plástico que llevaba extrajo un bonche de periódicos y los arrojó sobre la cama a los pies de Elena.
Nora tomó el chocolate y lo abrió:
—Sí, lo vas a necesitar —y le ofreció un pedazo a Elena, quien lo tomó con la mano pero no se lo comió.
—Alíviate pronto —intervino José Bretón—. Porque necesitamos tu historia la más pronto posible. Esto es fantástico —pero de repente se dio cuenta de que se acababa de exaltar demasiado así agregó con un tono de voz más serio—. Digo, si te interesa seguir trabajando con nosotros. Por mi parte no hay ninguna cosa pendiente. ¿Tienes alguna objeción?
Nora ya casi se acababa el chocolate y por eso no pudo reír como debía por la estupidez evidente del señor José Bretón, así que sólo hipó.
Elena retiró la vista de Bretón y no la dirigió a ningún punto en específico.
—¿Y Carlos?
—¿Carlos? —se extrañó Bretón.
—¿Carlos? —repitió Nora pasándose el resto del chocolate.
Entonces Elena pidió casi como una súplica:
—Me siento muy cansada —y cerró los ojos.
Nora y Bretón entendieron el mensaje. Cuando ya iban a salir, Nora se regresó a depositar el último cuadrito de chocolate que todavía quedaba.
—Con todo lo que pasó, Carlos pidió ser corresponsal en el extranjero. Pero desde el asesinato del licenciado Castañeda hace una semana. No hemos vuelto a saber nada de él. ¡Quién lo hubiera imaginado! ¡Qué él fuera el soplón de las mafias! Pero en fin, querida, cuídate y nos vemos después —y salió junto con Bretón.
Elena no atinó a decir nada. Vio como se cerraba la puerta tras ellos. Ahora sí no entendía nada ¿Qué es lo que se había perdido mientras las moscas se le paraban sobre la piel durante esas dos semanas de secuestro? ¿Acaso las cosas que uno conocía cambiaban tan rápido? De hecho: ¿el mundo podía cambiar radicalmente de la noche a la mañana y uno no enterarse sino hasta que ya no lo comprendía? En ese instante Elena se dio cuenta que el pedazo de chocolate que llevaba en la mano ya estaba completamente derretido. Con enfado tomó uno de los periódicos del Imparcial y se empezó a limpiar el chocolate de la mano, pero de repente vio el encabezado y lo comenzó a leer. Trataba sobre el licenciado Castañeda que había sido asesinado al parecer por una prostituta de alta sociedad y de la que sólo se tenía el dato de su apodo: Miss Clairol, y que se ignoraba su paradero, pero las autoridades continuaban con las pesquisas en el estado de Puebla. Lo que sí se sabía era que el licenciado Castañeda era el enlace entre el Cártel de Roberto Neri Abed alias el Tigre, apresado en Nuevo Laredo, quien traficaban con droga desde Mérida hasta Tijuana, y algunos representantes del congreso de la unión, entre los que se encontraba el senador Xavier Beltrán y la senadora Consuelo Palacios.
—No —susurró Elena en voz baja una vez que terminó de leer el diario—, no son ellos. Es Hernández, el señor Hernández, carajo —y arrojó ásperamente el periódico al suelo y continuó, con todas esas lágrimas martirizándole los ojos, leyendo el siguiente periódico para buscar algo que le hablara sobre Carlos Orozco.
(FIN)
www.radioamlo.org Viernes 8 de Junio a las 6 pm presento en la galería del ayuntamiento “Bajo el peso de nuestro propio fuego”. No faltes, ahí te espero. Además estaremos en el Club de Periodistas en el DF el día 24 de mayo a las 5 pm. Ahí nos vemos. Filomento Mata # 8, centro histórico.
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