Marín y Calderón, sin diálogo en el desfile
Trabajos de amor perdidos
Arturo Rueda
—Crónica—
Felipe Calderón se levantó presuroso de su asiento. La parada militar había terminado y con ella la presencia del presidente en Puebla.
A su lado, el secretario de la Defensa Nacional se alzó como relámpago para cubrir la salida del mandatario por el túnel construido ex profeso.
El presidente, sin embargo, de sorpresa avanzó por su flanco derecho para encargarle la representación a Javier Lozano Alarcón y despedirse de Beatriz Paredes y Melquiades Morales, a quienes dedicó discretas sonrisas.
Detrás del Presidente, también presuroso, caminaba Mario Marín. A la comitiva de despedida se unió Enrique Doger.
Pero Calderón ya no miraba a nadie, ni tenía atenciones para nadie.
Sólo un gesto adusto que vistió permanentemente en su visita a la entidad.
Un traje perfecto para un presidente que enarbola una retórica bélica, incendiaria.
Un presidente de guerra.
El presidente Felipe Calderón.
Quienes llegaron temprano a la tribuna y presenciaron el acto oficial en la explanada de Los Fuertes tenían un comentario común.
El Presidente y Marín no habían tenido oportunidad de intercambiar expresiones. Permanente se sitúo entre ellos el secretario de la Defensa Nacional.
Por lo tanto, aquí, en el desfile, sería el momento crucial en el que aparecerían las muestras de amor.
Muestras de amor que nunca llegaron.
En el inicio de la parada militar, tres veces Marín intentó entablar diálogo con Felipe Calderón.
Tres.
Y en las tres ocasiones obtuvo como respuesta monosílabos.
Ajá.
Sí.
No.
Marín se dio por derrotado.
La sonrisa cómplice nunca llegaría.
El diálogo confidente tampoco.
Mucho menos la palmada de la camaradería.
El gobernador se resignó.
Marín y Calderón pasaron los siguientes 19 minutos en silencio.
Para el gobernador, el festejo se acabó tan pronto como empezó el tan ansiado desfile.
Ni modo.
Tantos trabajos de amor perdidos.
Lo dicta nuestra cultura política: la institución presidencial disuelve ideologías y militancias.
Cuando Calderón llegó a la tribuna principal, los poblanos se arremolinaron en torno al presidente, quien dedicó algunos minutos para saludar a los invitados especiales sentados en las primeras líneas.
Para mayores señas, la mayoría de invitados a la tribuna principal eran priistas del stablishment.
Ahí estaban, por ejemplo, el nuevo trío dinámico: Ricardo Henaine, Enrique Montero Ponce y su pequeño vástago Mario.
Momentos hilarantes no faltaron cuando conspicuos priistas se le pusieron de tapetito.
Como Víctor Hugo Islas, quien a grandes zancadas cruzó de lado a lado la tribuna, todo pasa saludar al presidente panista.
O como Enoé González Cabrera, vestida de blanco, quien casi casi le besó la mano a Calderón.
Más discreta fue la hermana del gobernador, Julieta Marín, quien con discreto ¡Señor! al mismo tiempo apartaba lugares en primera fila para Blanca Jiménez y su papá don Crescencio Marín.
Y es que, señores, el Presidente no está a la mano, y cuando está, pues hay que aprovecharlo porque en cualquier momento se puede requerir su bendición.
Sobretodo ahora que el PRI se ha convertido en el partido de Calderón.
Cuando el presidente abandonó la tribuna, los poblanos se relajaron y nuevos actores ocuparon los lugares que tenía la comitiva.
Fue entonces cuando Bartlett pasó al primer plano. Pero como pasan los años. Antes, cuando él era el gobernador, todo Puebla buscaba saludarlo.
Ahora, fue a Bartlett a quien le tocó buscar el saludo del gobernador Marín.
Es la rueda de la fortuna del poder.
Sin Calderón y el Estado Mayor Presidencial, en la confianza de la aldea, todo mundo se dedicó a festejar ruidosamente.
Como cuando el Centro Escolar Melquiades Morales dio paso a los aplausos al ex gobernador Melquiades Morales, y a lo largo del desfile nunca dejó de platicar con Beatriz Paredes, quien a su vez comentaba los pormenores con Enrique Doger.
El momento que no tuvo precio.
Javier Sánchez Galicia se apersonó con el gobernador con sus pool de periodistas nacionales (achioteros).
Pablo Hiriart (el periodista sin periódico); Alejandro Cacho (suplente eterno de López Dóriga); Carlos Ramos Padilla (¿Who?) y Raúl Sánchez Carrillo.
A los cuatro, por cierto, les dio trato de corresponsales del Wall Street Journal, mientras a los directores locales los mandaron a su corralito alejados del glamour.
Mientras tanto, ahora sí, Marín platicaba de lo lindo con Javier Lozano Alarcón.
Trabajos de amor ganados.
Lástima que el Presidente ya se había ido.
Llamado
En el inicio de la parada militar, tres veces Marín intentó entablar diálogo con Felipe Calderón.
Tres.
Y en las tres ocasiones obtuvo como respuesta monosílabos.
Ajá.
Sí.
No.
Marín se dio por derrotado.
La sonrisa cómplice nunca llegaría.
El diálogo confidente tampoco.
Mucho menos la palmada de la camaradería.
El gobernador se resignó.
Marín y Calderón pasaron los siguientes 19 minutos en silencio.
Para el gobernador, el festejo se acabó tan pronto como empezó el tan ansiado desfile.
Ni modo.
Tantos trabajos de amor perdidos.
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