Lo que dice Prensa Negra
Reseña del libro
Especial
El viernes próximo será presentado, en la Librería Profética, el libro Prensa Negra, de José Martínez M., publicado por el diario Síntesis y la Fundación René Avilés Fabila. Presentamos a continuación algunos comentarios acerca de varios pasajes de dicho libro en los que se habla de Mario Alberto Mejía, ex director editorial de Cambio y autor de la quintacolumna.
La Culta Cita
Especial / En este pasaje, el autor hace una reflexión acerca de la Prensa Negra en la historia del periodismo mexicano y concluye que a nadie le hace bien alguno.
“Localizar ejemplos de prensa negra en México es fácil. Su patrón de comportamiento ofrece pocas variantes porque se ciñe a ordenamientos rígidos con origen en las tinieblas del poder político o económico. La prensa negra como los caporegime de El Padrino –de Mario Puzo- recibe la orden y ejecuta; acribilla honor, reputación, trayectoria, vida privada y honestidad, carece de conciencia y ética periodística.
“Julio Scherer en su libro Esos años cuenta una anécdota sobre Carlos Denegri en Excélsior.
“(…Allí vi de cerca al mejor y al más vil de los reporteros, Carlos Denegri. Allí supe que a su esposa la despertaba en la madrugada y le gritaba: “¡Levántate, puta, que ya llegó la señora!”. Allí conocí las contradicciones del director Rodrigo de Llano, que admiraba a Denegri hasta poner el periódico a su servicio, a la vez que dictaba cátedra que yo escuchaba embelesado antes de cumplir la mayoría de edad: “la mejor noticia es la que se pierde, porque no se puede documentar ni probar por la lógica interna de los hechos. El reportero debe saberlo. Su honor está por encima de todo”.
“Y así lo hizo saber uno de los mejores exponentes del ejercicio periodístico como lo fue el desaparecido maestro Ryszard Kapuscinski para quien los ejes vertebrales de la ética periodística fueron siempre la honestidad intelectual, la desconfianza innata ante las verdades oficiales y la convicción profunda de que su trabajo, no podía ser confundido con una operación mercantil. La información para Kapuscinski- y que debería ser para todo periodista-, por sobre todo, debía consistir en una relación social que exige la observación de valores morales inequívocos, como lo señala sin ambigüedad el título del libro en el que recopiló, sus reflexiones sobre su oficio: Los cínicos no sirven para este oficio.”
Más adelante, luego de una sesuda reflexión sobre Kapuscinski, José Martínez M. estalla en contra del quintacolumnista:
“Tan distantes de Kapuscinski en la prensa mexicana existen émulos de Carlos Denegri pero es justamente en la prensa poblana donde se vive uno de los ejemplos más deplorables del oficio periodístico. Como estudio de caso tomamos el ejemplo de Mario Alberto Mejía que no sólo ha deshonrado al periodismo él que amparado en su “fuero” de “periodista” en los últimos años ha protagonizado una serie de casos que atentan contra las más elementales normas de la ética y la libertad de expresión.
“El columnista de Puebla, Mario Alberto Mejía sirve como ejemplo de deshora al periodismo inteligente, ético, creíble y honesto. Su trabajo se basa –en la mayoría de casos- en supuestos, en rumores o chismes y mentiras imaginarias. Tiene por costumbre calumniar y difamar políticos, empresarios, académicos, funcionarios públicos e incluso compañeros de profesión sin argumentos de soporte.
“Mejía apuesta cotidianamente a la vida privada de políticos, servidores públicos y comunicadores, como si se tratara de investigaciones reporteriles de interés general. Mejía, ignorante de oficio, confunde entre información y opinión pues se aprovecha del sensacionalismo, su trabajo se puede resumir a que vende escándalo, morbo y chisme”.
Líneas adelante, Martínez despotrica en contra de Mejía a partir de lo que él llama “mentiras imaginarias” y le inventa un pasado delictivo que nada tiene que ver con la realidad:
“El periodista de marras comenzó a radicar en la ciudad de Puebla a mediados de la década de los ochenta y puede decirse que por indicación del entonces gobernador Guillermo Jiménez Morales. Oriundo de Huauchinango ---municipio enclavado en la sierra norte de Puebla-, Mejía debe varias cuentas en ese poblado. Siempre en el centro del escándalo el quintacolumnista Mario Alberto Mejía arrastra un turbio pasado desde sus tiempos de aprendiz de reportero en una modesta estación radiofónica, su protagonismo lo llevó a la confrontación con sus pares, al descalificarlos, llenarlos de injurias y vituperios. Así, se enfrentó al periodista Ismael León Rodríguez quien lo reto a un duelo a muerte para limpiar su reputación, aunque León Rodríguez le pagó con al misma moneda a Mejía al llenarlo antes de vituperios. (…) Este episodio de la prensa negra protagonizado por Mario Alberto Mejía e Ismael León Rodríguez derivó en un “duelo a muerte” al que no se presentó el quintacolumnista y al que León Rodríguez emplazó públicamente en un desplegado, cuyo texto a continuación se reproduce:
“Pueblo de Huauchinango:
“La dirección de El Corresponsal Gráfico se permite solicitar la presencia de la comunidad huachinanguense a efecto de que sirva como testigo de calidad en el:
“Duelo a Muerte
“Que por este conducto enviamos a la caterva de indefinidos sexuales, títeres y voceros de los tradicionales caciques hambreadotes y enviciadores de huauchinango y sus habitantes, mismos que se esconden en la madriguera que es la estación radiodifusora XENG, concretamente a esa cosa que responde al nombre de Mario Alberto Mejía y su patrón Rafael Rojano.
“Si los sujetos mencionados son lo suficientemente hombres, o por lo menos quieren guardar apariencia como tales, se les espera el día 28 de los corrientes, en compañía de guaruras, mayates o pistoleros, en las instalaciones de la feria a las 12 del día, portando la clase de arma de fuego con que deseen dirimir el duelo.
“Ismael León Rodríguez”.
El autor de Prensa Negra no escatima en nada y arremete en contra de Mejía recurriendo al escándalo, al morbo y al chisme, instrumentos que, según él, son continuamente utilizados por el quintacolumnista.
Y aquí viene lo mejor: con su pluma cargada de bilis, Martínez acusa textualmente a Mejía de haber participado en el asesinato de su propio primo hermano:
“Fue en la década de los ochenta cuando se vio envuelto en un homicidio. Su primo Víctor Manuel Mejía fue asesinado durante una borrachera en la casa del joven periodista.
“Mario Alberto junto con Glir Sanen, Marcos Millán, Víctor Manuel Mejía y un sujeto de apellido Zapata—al que nunca más nadie volvió a ver en Huauchinango desde aquel fatal desenlace- corrieron una de tantas borracheras, esta vez toda la noche, pero al amanecer el primo terminó sus días desnudo en el piso del apartamento de Mario Alberto, cuerpo inerte con cuarenta perforaciones en diversas partes del cuerpo hechas con un desarmador, el cual quedó incrustado en el recto de Víctor Manuel”.
Sobre este tema Mejía asentó lo siguiente en su columna de ayer: “Metido en la hechura de un libro sobre la prensa negra, ocupado como estaba, a José Martínez no se le ocurrió buscar en los anales de la Procuraduría General de Justicia del estado para confirmar el dicho de lo publicado en Síntesis en el espacio de un columnista que fue “víctima de las injurias y los excesos periodísticos de Mario Alberto Mejía”. Nada. Ni siquiera fue capaz, con todo y su Kapuscinski mal leído, de investigar si en efecto la casa o departamento era mío, si yo estuve presente en el lugar y si a uno de los agresores –“apellidado Zapata- de veras “nunca nadie más (lo) volvió a ver”. Qué pena que un autor con tan elevada ética periodística haga a un lado con tanta ligereza la investigación de hechos tan graves. Sobre todo cuando en la página 141 me acusa de haberme visto “envuelto en un homicidio”.
Qué lejos quedaron las palabras de su admirado Julio Scherer García que una y otra vez cita en Prensa Negra: “Al periodista lo deben avalar los hechos. Sin ellos está perdido”. (…) Dos fueron los autores del asesinato. Dos. No tres. Ni cuatro. Dos: Marcos Millán y el citado Zapata, quien, por cierto, jamás se “esfumó en tiempo y espacio” ni “desapareció misteriosamente”. Actualmente ambos purgan una sentencia de treinta años. Ahí está la confesión en actas. Ahí están sus testimonios. Y las pruebas. Y sus huellas digitales. Martínez M. sitúa esta historia de terror, en la que me acusa de asesinato, a mediados de los ochenta. Otra nueva falsedad: los hechos ocurrieron el 11 de noviembre de 1996, época en la que el gobernador de Puebla era Manuel Bartlett Díaz –no Jiménez Morales-, por lo que la profesora Pilar Jiménez no me pudo haber sacado de Huauchinango para protegerme y lograr mi supuesta exoneración, pues, lo dice el propio autor, “rudo en su actuar el ex secretario de Gobernación (Bartlett) no permitió –en ningún momento- que el Huachipower (al que pertenecían los Jiménez Morales) interviniera o decidiera desde el inicio de su sexenio, puede incluso decirse que lo desterró de Puebla y no le permitió acercarse varias millas a la redonda a Palacio Estatal”. (Más adelante, el autor admite que durante el sexenio bartlista yo me convertí en el principal crítico del gobernador: ¿cómo es que Bartlett no aprovechó mi participación en “la peor de las atrocidades” para encarcelarme con la mano en la cintura? ¿Alguien lo sabe?).”. (Continúa mañana).
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