El buey y la yegua
En esta ocasión, tomaré una licencia literaria-periodística para contar la anécdota que ocurrió no hace mucho y en un lugar no muy lejano. Es la historia de un buey que creyó que tenía ganada la carrera, simplemente porque partió con varios cuerpos de ventaja, pero una yegua lo alcanzó y lo superó aprovechando que su propia lengua lo hizo tropezar en innumerables ocasiones.
Tal vez por su origen ibérico, se trataba de un buey arrogante, presuntuoso, soberbio, que soñaba con gobernar en toda la selva, pero primero tenía que ganar una carrera en la comarca de donde era originario, para que – después – todas las especies del establo lo convirtieran en su representante.
También tenía un complejo de “chapulín”, que lo hacía brincar de un sitio a otro, ya que consideraba que ninguna de las encomiendas que le daban estaba “a su altura”, pese a que no cumplía con nada, jamás entregaba buenos resultados y no le rendía cuentas a nadie de sus actos.
Mañoso, chapucero, primero se amafió con varios burros de sus mismas calaña y comarca, para tropezar a los demás bueyes que querían competir contra los caballos en la búsqueda de la supremacía por la selva. Cegado por su ambición e ignorancia, pensaba que, si vencía a los de su propia especie, nada se opondría a sus deseos de supremacía.
Y al principio tuvo razón, los de la comarca contraria se tardaron en elegir a su representante y, finalmente, nombraron a una yegua blanca en lugar del caballo negro que el buey y los suyos esperaban. Cuando supo que ni siquiera debería contender contra su mismo género, menospreció a su adversaria y se tomó un mes de vacaciones.
Pero la yegua resultó no ser un adversario a modo, como lo esperaba el buey, que volvió de su inmerecido descanso más turbado de cómo había partido, confiado en que su ventaja era irreversible sin importar lo que hiciera. Ya en la carrera, pronto comenzó a tropezar con su lengua, sin que él o los de su especie supieran evitarlo.
En los primeros kilómetros de la carrera por la supremacía de la selva, nuestro personaje se mantenía adelante, aunque todos los días su ventaja se recortaba, algunas veces por sus traspiés y otras porque la yegua apretó el paso. El cornudo se puso nervioso y multiplicó sus fallas, incurrió en excesos digestivos y verbales haciendo que las especies que no competían, pero que eran testigos de la disputa, se volcaran a favor de su adversaria.
A mitad de la carrera, quiso replantear el paso usando todo tipo de artilugios y trampas ilegales e inmorales, para bloquear a su rival aventándole estiércol y basura, pero cada obstáculo era superado con facilidad y la frustración del buey crecía todos los días, sin que sus allegados pudieran acercarse y aconsejarlo.
En el tramo final de la disputa, se negaba a aceptar su desventaja y comenzó a aventar cornadas y patadas hacia todos lados, incluyendo a los de su misma comarca, que cada vez más le reclamaban que los llevara hacia la derrota y, poco a poco, lo dejaron solo rumiando su destino.
Como era de esperarse, la carrera terminó, el cornudo que empezó con ventaja fue derrotado y trató de que se anulara la disputa alegando uno y mil pretextos y excusas, pero también en eso fracasó y se frustró su sueño de ser el rey de la selva, porque los de su especie nunca le perdonaron haber desperdiciado la amplia ventaja con que inició.
La moraleja de esta fábula es muy sencilla: la propia naturaleza del buey lo convierte en un perdedor y lo hace fácilmente derrotable para una yegua blanca, que supo tomar al toro por los cuernos y vencerlo.
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