Triunfalismo anticipado
Después del 2000, el panismo cometió la estupidez (que casi siempre es una curiosa combinación de soberbia e ignorancia) de creer que el PRI estaba muerto y que solamente era cuestión de tiempo, para que el país se rindiera a sus país y el priísmo desapareciera.
La historia demostró que Vicente Fox y demás ultraderechistas estaban equivocados. El dinosaurio no murió, sino que mutó al erigirse en una especie de confederación de partidos locales manejados por los gobernadores en turno, el CEN y/o los caciques más poderosos de cada región, que son quienes imponen a los candidatos y dirigentes.
Hoy, si bien el tricolor carece de la fuerza y unidad necesarias para volver a competir en una elección nacional con posibilidades reales de triunfo, sigue siendo la franquicia más votada a nivel regional y, mientras el PRD no tiene estructura en el norte del país y al PAN le pasa lo mismo en el sur, el PRI es primera o segunda opción partidista en casi todo México, con excepción del DF.
Pues bien, resulta que al interior del priísmo local no se aprendió la lección del panismo nacional y prevalece un triunfalismo anticipado, que lleva a sus candidatos y directivos a repartirse puestos que no han ganado y a menospreciar a un blanquiazul que todavía cuenta con algunas opciones para recuperar algo del terreno perdido.
Y es que si bien es cierto que el PAN perdió durante la campaña, aún le queda pelear el día de la elección y recurrir a la judicialización. Porque es claro que el 11 de noviembre todavía no llega y que ese día el albiazul recurrirá a dos medidas para tratar de quedarse con la alcaldía: reactivar su voto duro e inmovilizar no sólo a los priístas, sino a los ciudadanos sin partido que – si acuden a las urnas – se inclinarían por Blanca Alcalá y no por Antonio Sánchez Díaz de Rivera.
Los panistas saben que en la Angelópolis su voto duro es más numeroso y disciplinado que el de los priístas. Esto implica que Sánchez Díaz de Rivera tiene garantizada una votación de entre 160 y 180 mil adhesiones, pese a ser el peor candidato en la historia del partido.
En contraste, Alcalá Ruiz necesita el apoyo de los ciudadanos sin partido para triunfar, ya que su militancia comprometida apenas fluctúa entre los 120 y 150 mil priístas. Y aunque la gran mayoría de los ciudadanos sin partido encuestados se pronuncie por ella, esto no quiere decir que vaya a salir a sufragar.
Las elecciones locales más recientes muestran que el PRI necesita más de 190 mil sufragios, para contar con la posibilidad real de ganar. Y su sufragio duro es menor a esa cifra, lo que quiere decir que necesita que el presunto apoyo de la ciudadanía no se quede en las encuestas.
La esperanza panista se incrementa, si se toma en cuenta que varios analistas han predicho que el 11 de noviembre habrá un abstencionismo notorio por el hastío y decepción ciudadanas y el hecho de que se trata de una contienda intermedia que, tradicionalmente, genera menos interés que cuando se elige al gobernador o al presidente de la República.
Entonces, un abstencionismo superior al 50 por ciento puede beneficiar a Antonio Sánchez. Ya en los comicios locales de 1998, 2001 y federales del 2006 se demostró que las encuestas pueden equivocarse y ser rebasadas por la realidad y la operatividad de los partidos el día de los comicios.
Además de la movilización del 11 de noviembre, el PAN tiene la vía postelectoral para revertir su derrota, como ya se ha dicho en diversos espacios y el propio panismo lo confirma todos los días al descalificar el proceso e interponer un sin fin de denuncias injustificadas desde el punto de vista legal, pero mediáticamente difundidas y, por ende, conocidas en buena parte de la opinión pública.
En ese sentido, la actitud omisa de los consejeros del IEE confirma que los partidos (no los consejeros ni las instancias legalmente facultadas para ello) son los que llevaron el proceso. Se permitió todo: extensas precampañas en las que se gastó sin control alguno, proselitismo abierto de los voceros del CCE, Coparmex y la Canaco a favor del PAN, guerra sucia en Internet, difamaciones, entre otros anomalías.
El hecho de que ninguno de los dos candidatos principales haya aclarado cuánto gastó y de dónde lo sacó podría ser un buen argumento, para que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación repita la contienda, lo que permitiría a los panistas cambiar de aspirante e implicaría un golpe severo al tricolor.
Así ocurrió en 1994 en Atlixco, en la elección presidencial y, desde entonces, el priísmo dejó de ganar ahí. Y en aquél tiempo el tricolor tenía el poder federal, que hoy está en manos de los panistas, quienes han demostrado la misma tendencia que los priístas a pervertir el sistema de impartición de justicia en todos los rubros a través de su manipulación política- partidista.
En conclusión, en lugar de andarse repartiendo un poder que todavía no tienen y que ni siquiera es seguro que obtendrán, los priístas deberían revisar una y otra vez sus equipos y estrategias de movilización y de defensa del sufragio. De lo contrario, el 11 de noviembre se pueden llevar una desagradable sorpresa.
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