Un grito sin gritos, borrachos, ni color
“En el 2011 estaré aquí tocando la campana”, dice Doger
Zeus Munive Rivera
Crónica
Más que la ceremonia de los adioses, aquí se respira un dulce olor a muerto: caras largas, serias, poco alcohol y, por cierto, chafón.
Serían casi las diez y media de la noche cuando Enrique Doger salió del Palacio Municipal. A él sólo lo acompañaba Raymundo Vega y un grupo de no más de seis fotógrafos.
—Éste es el último, ¿es el inicio de los adioses?— se le preguntó a Doger.
—No, no es el último. Ya regresaré el próximo año como invitado, pero para el 2011 estaré aquí tocando la campana— respondió sonriente el presidente municipal.
El tiempo pasa inexorablemente y lamentablemente es expedito. Hace dos años Mario Marín y Doger se toparon en palacio sin escándalo y con todo el poder administrado desde el gobierno del estado. En ese entonces, se medían fuerzas entre dogeristas y marinistas. Ahora es un ambiente fúnebre. ¿Será el gasolinazo de los prianistas? ¿Será la reforma electoral y que Televisa y TV Azteca no mamarán más del presupuesto?
No se sabe a ciencia cierta, pero éste es un grito sin gritos, sin algarabía, sin color, sin mariachis, sin verbena, sin borrachos, sin mujeres enseñando las piernas y los enormes y generosos escotes, es un grito sin José Alfredo Jiménez, es un grito sin ángel.
—¿Y los dogeristas?— pregunta un periodista.
—Se quedaron en su casa— respondió el político que siempre pide el anonimato.
—¿Y Nacho Mier?
—No le ha de haber dado permiso su señora.
Mas que la ceremonia de los adioses, aquí se respira un dulce olor a muerto: caras largas, serias, poco alcohol y, por cierto, chafón.
Mario Marín todo el tiempo mostró un gesto adusto: “Es que en estas fechas le da por sentirse Juárez”.
—¿Juárez?
—O Miguel Hidalgo o Allende o Morelos.
Un tercer personaje interrumpió el diálogo: “Sí, claro. Si en este momento llega Javier García con dos maletines. Marín lo detiene con la mano y le dice: ‘no señor, estos son momentos de honestidad republicana’”.
Ya Mario Marín está a unos pasos de enfrentarse a sus gobernados. En esta ocasión, a diferencia del año pasado, no es tan dura y rígida la seguridad, pues ya no hay conflicto ni escándalo que perseguir.
Mario Marín toma la bandera de la escolta y unos cuantos segundos antes de asomarse al balcón a dar los tradicionales “vivas” se comenzó a escuchar una consigna que desde hace casi un año no se escuchaba: “¡Pre-cio-so, Pre-cio-so!”. La consigna fue gritada tan fuerte que se escuchó hasta el salón de Cabildos del Palacio Municipal.
Pero como ahí estaba el susodicho precioso nadie —pero nadie es nadie— emitió comentario alguno.
Mario Marín y Enrique Doger actuaron con naturalidad. Aunque hay que decirlo, cuando se escuchó la consigna, muchos de los invitados pelaron los ojos como sorprendidos.
Lo más seguro es que el “¡Pre-cio-so!” salió del área de las fritangas y los moles de panza, pues los gritos dejaban ese olor a vísceras y a cebolla picada.
No llegaron los panistas, sólo algunos regidores como Jackelín Litardi y Jesús Encinas. La diputada federal, Violeta Lagunes.
Toño Sánchez se quedó en su casa.
“A lo mejor se tomó una concha con natas y un chocolatito caliente. Se quedó dormidito. Como ya está viejito, ya no aguanta las desveladas”, comentó un priista.
Tampoco estuvo Blanca Alcalá, pues dicen que se fue a hacer campaña a una junta auxiliar y a dar el grito en esa comunidad.
Valentín Meneses sí asistió.
Él no hizo mucha alharaca. Iba acompañado de su esposa y una de sus hijas.
Se quedó viendo el Palacio Municipal levantó una copa de tequila —que supuestamente era Don Porfirio pero tenía un raro sabor y un extraño color amarillo—y dijo: “ojalá y esto algún día sea mío”.
Después del suspiro vino el “¡salud!”.
Y las copas chocaron.
A eso de las doce de la noche, después de las chalupas y los respectivos tragos, Marín se levantó con su familia y se fue a Casa Puebla donde Enrique Agüera ya lo esperaba así como la mayor parte de su gabinete.
El Palacio Municipal poco a poco se fue quedando solo.
Al dar la una de la mañana esto que parecía un velorio ya estaba casi desierto, sólo unas cuantas mesas y unas cuantas sillas eran amenizadas por los trabajadores municipales.
|