Doger ya no Despacha Aquí. Desde este sábado Enrique Doger Guerrero dejó de ser consejero político nacional del PRI.
La historia es ésta:
El profesor Wenceslao Herrera Coyac propuso en nombre del Comité Directivo Estatal el ingreso a ese órgano de Blanca Alcalá Ruiz en su calidad de presidenta municipal de Puebla.
De esto tomó nota el Consejo Político Nacional, y de inmediato le abrieron las puertas a Alcalá, pero se las cerraron a Doger.
Así trascendió durante la sesión del Consejo efectuada en Veracruz y en la comilona a la que invitó Valentín Meneses en el restorán “Villa Rica”, y a la que acudieron, entre otros, Manuel Bartlett Díaz, Jaime Aguilar Álvarez, Ulises Ruiz y dos decenas de consejeros poblanos, con excepción de Doger, quien, como le decíamos, ya no es consejero.
El primer sorprendido de la decisión fue el profe Wences, pues él, sí, propuso el ingreso de Blanca Alcalá, pero no la salida del ex presidente municipal.
Pero alguien movió las fichas y Doger, pues, dejó de ser lo que era.
(Alcalá, por cierto, no acudió a Veracruz ni a la comilona).
Quien sí fue al Consejo, y acompañando al gobernador Mario Marín Torres, fue Pericles Olivares.
Ambos salieron juntos del aeropuerto “Hermanos Serdán” –a bordo de un avión pequeño- y juntos arribaron al Consejo.
Juntos también abordaron el avión de nuevo y ya no llegaron a la comida que ofreció Meneses.
La duda mata: ¿qué pensará Doger de esta decisión?
¿Cómo lo asimilará políticamente hablando?
Y es que hace unos días estuvo todavía en su calidad de consejero en una reunión privada que los poblanos realizaron en el Hotel Presidente Intercontinental.
Y se tomó la foto.
Y rió abiertamente.
Y se mostro confiado, priista y consejero.
Hoy, hay que decirlo, perdió la tercera condición.
El Sibarita, el Empresario y Los Zetas. Ocurrió en Veracruz hace algunos meses.
Un día, al negocio de un empresario, llegó un joven sibarita acompañado de dos personas.
Palabras más, palabras menos, el sibarita le dijo al dueño del lugar:
“A partir de este mes me vas a dar cien mil pesos mensuales. Eso te eximirá de pagar impuestos al SAT, al estado y al municipio. ¿Entendido?”.
El empresario creyó que todo era una broma.
Entendió que no era así cuando en una comida con algunos de sus pares dos o tres narraron una escena
similar.
Entendió que el sibarita no era un sibarita cualquiera.
Y que detrás de él no sólo estaban autoridades federales, estatales y municipales.
Sí, vaya, entendió que esa película ya la había visto antes, pero en el norte del país, allá por Tamaulipas.
Pero estaba en Veracruz, carca, inevitablemente, de su Puebla natal.
Entonces tuvo miedo.
Un miedo de los que suben de los huevos a las anginas.
Y se puso a cavilar.
Y tomó una decisión.
Al día siguiente de insomnio habló con otro empresario y le ofreció, en venta, su negocio.
Éste no dudó y lo compró en el acto.
No sabía, por cierto, que el negocio iba con todo y sibarita.
¿Pero quién chingaos -se preguntará el lector- es el mentado sibarita?
La respuesta hay que decirla en norteño tamaulipeco: “¡Jijo de la chingada, estamos hablando de Los Zetas!”
Los Zetas y sus corporativos que incluyen abogados penalistas, fiscalistas, administradores de empresas, notarios, arquitectos, ingenieros, contadores y todo lo que usted pueda imaginar.
Los Zetas que ya andan rondando Puebla –no han logrado meterse todavía- y que vienen con todas las ganas de convertirse en un gobierno alterno.
Los Zetas y sus sibaritas que hablan inglés, francés e italiano.
Y no es ficción y no es una película en cartelera.
Es la pura y mera realidad.
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