Ojos Azules
Al levantar la mirada me topé con unos inmensos ojos azules que me veían fijamente. Junto a los ojos estaban unos rizos negros que caían desordenados sobre una tez bronceada y angulosa. La pregunta que asomó a mi mente fue: ¿Como llegó este hombre aquí? Relataré el entorno y la situación.
Trabajo en CONAFOR -Comisión Nacional Forestal- y fui a Chignahuapan a revisar unas plantaciones forestales. Como es costumbre, los productores de madera me ofrecieron una comida. Para mi sorpresa la organizaron en un claro del bosque. Estábamos en la mitad del camino de regreso y entre los árboles aparecieron hombres y mujeres con sillas, mesas, manteles, comida y carbón. En unos cuantos minutos vi que el humo salía del anafre, pusieron la mesa y una mujer empezó a echar tortillas. Él debió de llegar con la multitud que apareció de la nada; no me percaté entonces de su presencia hasta que sentí sus hermosos ojos azules posados en mí.
Cabe decir que fue una orgía gastronómica: tortillas, carne, cebollas y nopales asados, chicharrón prensado, chorizo, quesos, salsas y guacamole. Cerveza y mezcal coronaron el banquete.
Después de la opípara comida me excuse y dije que tenía que ir a donde la reina va sola. Me encaminé hacia lo más tupido del bosque que en esta zona es absolutamente hermoso. Por su latitud y altitud posee la mayor diversidad de pinos del mundo: patula, pseudostrobus, Moctezuma y más forman el bosque. Y arbustos con flores lilas, amarillas y azules, helechos y plantas perennes y anuales; el sotobosque. Detuve mis pasos para escuchar el silbar del viento entre las hojas de los árboles, el canto de los las aves y oler el aroma suave de toda la flora del lugar. Embelesada estaba por belleza que me rodeaba, cuando una voz interrumpió mis pensamientos: “Este es uno de los lugares más bellos que conozco”. Era ojos azules.
Seguido a sus palabras extendió una manta sobre el suelo y me invitó a sentarme. Nos sentamos y no hubo más palabras de por medio. Desató las agujetas de mis botas, acarició suavemente mis pies y formó con sus manos una almohada con el acochal (hojas secas de los pinos) y me empujó dulcemente para que me recostara sobre ella. Desabotonó mi camisa, mi pantalón de mezclilla y el resto de mi ropa. Quedó encima de unas piedras cercanas. Me observó sin emitir ninguna palabra. Cortó un ramillete de flores amarillas y diminutas y con ellas empezó a deslizarlas lentamente desde mis ojos hasta los pies. Se detenía haciendo círculos en mis pezones y pubis. Al cabo de unos minutos descubrió que mi mejor zona erógena es la parte anterior de mis brazos, por lo que se detuvo ahí y con un infinito cuidado pasó las flores sobre ellos hasta que obtuve mi primer orgasmo. Me besó, y olía a bosque, humo y macho. Sin más se desnudó por completo y lo recibí excitada y húmeda. Hicimos el amor y no supe cuánto tiempo pasó hasta que oí gritos de “¡ingeniera!, ¡ingeniera!”. Me vestí presurosa y ojos azules me dijo al oído: “Ve. Nos vemos en la reunión”. Y salí al encuentro de la voz.
“¿Ingeniera, qué le pasó? Creímos que se había perdido. Que se la había comido un coyote”. Comentarios de diversa índole se suscitaron entre los comensales. Los ignoré. Mi atención estaba entre los árboles. Quería ver de nuevo esos ojos azules.
No volví a verlo. No apareció por ningún lado. Desde entonces cada vez que veo unos ojos azules quiero que sean esos que…
> Columnas anteriores
|