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Poder y política
Manuel Cuadras

man_cuadras@hotmail.com


 

 


EL INICIO DEL FIN.

 

 

 

La última parte del sexenio de Mario Marín está entrando en su fase más crítica. Estamos a 29 meses que concluya oficialmente su gobierno, pero a 18 de que deje de ser el centro de las decisiones políticas en el estado. Y es que –como mencionábamos en una columna anterior- de acuerdo a la reforma constitucional en materia electoral, la elección para suceder a Mario Marín será en Julio de 2010 y no en Noviembre, lo cual en la práctica significa que Marín perderá la mitad de su poder una vez que haya candidato oficial por su partido, y tres cuartas partes cuando haya gobernador electo.

 

Así es ahora, así ha sido siempre y así seguirá siendo. De acuerdo a la ortodoxia política priísta, una vez que existe candidato oficial, la base (seccionales, líderes y burócratas), comienzan a ponerse a las órdenes del ungido, sabedores del poco tiempo de vida que le queda al gobernante saliente (“Muerto el rey, viva el rey”).

 

De esa forma comienzan las deserciones, deslealtades y traiciones, en un intento de sobrevivencia política por brincar al nuevo barco que promete seis futuros años de cobijo gubernamental.

 

Eso por hablar de la famosa “estructura territorial” (como le llaman los priístas), por lo que respecta a la relación del ejecutivo con las organizaciones civiles y el grueso de la sociedad (gobernabilidad) las cosas son similares. Decía Maquiavelo que el gobernante debía imponer respeto e infundir algo de miedo entre sus gobernados para hacer valer su condición (para que lo obedecieran pues). Otros teóricos han ido un poco más allá: si Maquiavelo concluyó que es mejor ser temido que amado, ¿qué es mejor aún, ser temido o respetado? Evidentemente respetado, porque el temor se funda en la investidura, mientras que el respeto en la persona; cuando se acaba la investidura (el cargo) se acaba el temor, mientras que cuando se respeta a una persona, aún dejando la investidura se conserva el respeto ganado.

 

En el caso de Marín, su gobierno siempre estuvo basado en el temor: temor hacia los periodistas, temor hacia los subordinados, temor hacia los que disienten, temor hacia los que critican, en fin, temor hacia todos aquellos que actuaran, pensaran y quisieran algo diferente. Sin embargo, el tiempo (aquel sabio guardián) comienza a cobrarle las primeras facturas de su errónea decisión, sobre todo ahora que el tiempo se le está agotando (curioso no?).

 

La manifestación de ayer de más de 10 mil antorchistas es una clara muestra de ello. Antorcha Campesina es una de las organizaciones más fieles al priísmo. Han sido aliados de muchos años, de muchos candidatos y de muchos gobiernos. Cuando ha habido diferencias y complicaciones también han mostrado que pueden ser un serio dolor de cabeza (si no pregúntenle a Melquiades y a Doger), sin embargo, la movilización realizada el día de ayer (dada la magnitud) pone de manifiesto el rompimiento de una organización importante con el marinismo. No fue una organización patito, no fueron 100 manifestantes, no reclamaban por una calle, NO, fueron 10 mil antorchistas plantados por más de cinco horas en Casa Aguayo, reclamando por la ineficiencia del gobierno marinista.

 

Cierto, en todas las administraciones se dan manifestaciones, y que Antorcha lo haya hecho no quiere decir que pongan al gobierno de rodillas, lo preocupante para el marinismo (y de cierta forma para nosotros los ciudadanos) es que con la manifestación de ayer, las demás se vendrán en cascada, ¿por qué? Porque al marinismo no se le respeta, se le teme, y el temor –como dijimos- no es eterno, se acaba cuando se acaba el poder, y el poder de Marín se encuentra en su curva descendente.

 

Si aceptamos como válida la teoría de que el poder de Marín se reducirá  a la mitad una vez que haya candidato oficial (Enero 2009), entonces le quedan 18 meses de poder efectivo, es decir que 3 cuartas partes de su lata de espinacas las ha consumido. Después de eso nada será igual, las indicaciones no tendrán el mismo peso, los regaños menos, y las amenazas muchísimo menos. Por lo tanto, organizaciones como Antorcha Campesina, la 28 de Octubre y demás, saben que el momento de presionar para lograr sus gestiones es precisamente éste (18 meses), después, una vez habiendo candidato, la respuesta por parte del gobierno será solo una: “Eso ya le corresponde al siguiente, a nosotros ya no nos da tiempo…”

 

Así las coas, el grupo marinista se acerca a lo que será la parte más crítica de toda la carrera. El maratón está en sus últimos kilómetros y los corredores marinistas se encuentran exhaustos, quemados (literalmente), fundidos, y con un pensamiento en la cabeza que los trae perturbados: saben que –a diferencia de cuando estaban en Gobernación, en el PRI, en el Ayuntamiento- en esta ocasión no hay nada después de la meta, no hay nuevas carreras, no hay más proyectos. Es como si hubieran sido expulsados de cualquier competencia internacional.

 

Es el costo de la soberbia, el costo de la ambición. Mario Marín quiso ser más grande que el propio sistema, olvidándose que fue un beneficiario directo del mismo. Lo mismo le pasó a Vicente Lombardo Toledano cuando creyó que su liderazgo le alcanzaría para dividir a la CTM, o a Miguel Alemán cuando quiso violentar la sucesión, o lo que le pasó a Salinas cuando quiso fundar un nuevo Partido. Cuando los hombres se sienten más que las instituciones suelen llevarse fuertes decepciones.

 

Tal es el caso de Marín, que creyó que su poder sería eterno, que era ilimitado, que sus coscorrones aplacarían a cualquiera. La vida le está demostrando que no (y lo que falta). Pensó que podía construir lo que fuera (candidaturas), inventar lo que fuera (puestos para su familia), comprar lo que fuera (equipos de futbol), sin que nada ni nadie se inmutara.

 

Una regla básica para los estudiantes del ecosistema es: “No violentar al ecosistema”, la cual podría aplicarse también al sistema político (sistema al fin), y es que, el hombre puede hacer carreteras, construir edificios, y montar viviendas en lugares que le pertenecen a la naturaleza, pero tarde o temprano el cerro se desgaja, la tierra se abre, o el río toma su cauce para retomar lo que le corresponde. Lo mismo puede aplicarse al modelo político, el gobernante (por muy poderoso que sea) no puede ganarle a la inercia del sistema político ni mucho menos al juicio de la historia; puede imponer, vetar, perseguir, pero tarde o temprano el sistema reclama lo que es suyo y la historia se encarga de poner a cada quien en su lugar.

 

Dios siempre perdona, los hombres en ocasiones, pero el tiempo nunca.

 

 

 

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