Consejos para ser un Buen Ex Presidente. Don Juan Manuel García Castillo es un buen ex presidente municipal.
Veamos.
Como alcalde de Pahuatlán (1984-1987) fue un hombre trabajador y honrado, y encabezó, con un liderazgo natural, los trabajos de un pueblo mágico y entrañable.
Al término de su mandato, regresó a trabajar al Inmecafé, de donde había salido para gobernar su tierra, y siguió viviendo con mesura.
No se le conoce riqueza malhabida.
Al contrario: es víctima de un empobrecimiento inexplicable.
Por ello tiene que seguir trabajando, en Xicotepec de Juárez, y cada vez que puede regresa a su tierra natal, donde es querido y respetado por todos.
Hoy se ha dedicado a escribir las memorias de su pueblo con una prosa limpia y transparente, a veces cándida, pero excesivamente honesta.
Las siguientes líneas fueron leídas ayer por el quintacolumnista durante la presentación del libro “Andares” en el auditorio del Palacio Municipal de Huauchinango:
Conocí a don Juan Manuel García Castillo hace casi veintitrés años. Él era presidente municipal de Pahuatlán y tenía un genio del carajo. Así lo pensé yo cuando lo oí hablar en la noche pahuateca gracias a la antropóloga Rosalía Consuelo, todo esto en el hotel San Carlos.
Más tarde, ya con un café en el estómago y unas quezadillas de hollejo en la memoria, regresamos a platicar con don Juan Manuel y descubrí que detrás de su gesto hosco habitaba un hombre bueno, lúcido, irónico y memorioso, capaz de envolver a su interlocutor con su plática dotada de toda clase de imágenes y referencias: lo mismo García Márquez, que don Concho Téllez; lo mismo Hemingway, que el Conejo Carvajal; lo mismo Primo Carnera, que don Lupe Zamorano. Todo lo sabía, y lo que no, lo investigaba.
Por eso no me extrañó que hace unos días me hablara por teléfono para decirme que había escrito un libro sobre los fantasmas que lo siguen a todos lados: hombres y mujeres de la sierra que vivieron y murieron en el Pahuatlán donde nació don Juan Manuel hace 58 años, aunque hoy viva su exilio xicotepense. Eso sí: rodeado de su mujer y de sus hijos, todos ellos pahuatecos, como el café que produce.
Leer a don Juan Manuel es escucharlo hablar. Y es que don Juan escribe como habla. Por este libro, “Andares”, el lector encontrará a personajes entrañables como el pobre Basilio Tlachiquilpa, que fue asesinado por marido celoso después de casarse, Basilio, con la debutante y bella Agustina Domínguez. O como la pobre María Cristina, vendedora de antojitos regionales en las afueras de la pulquería La Reina Xóchitl, que fue violada brutalmente por unos ebrios después de un huapango memorable. O como Luis, hijo de doña Teodora, que se enamoró de unos ojos pahuatecos y terminó metido en la demencia por culpa de hombres violentos. O como don Calixto Castelán Melo, dueño de “El Barrio de Triana”, donde se bebe el licor de piña criolla. O como el “maistro” Higinio, forjador de acero y padre de una frase feliz: “Todo lo que esté torcido, aquí lo enderezamos, siempre y cuando sea de fierro”. O como don Porfirio, fundador de “La Campesina”, donde usted puede comprar machetes, petróleo, jarcia, alambre de púas, granos de maíz y cebada –por cuartillos-, velas de cera y café, y todo a los mejores precios de la región. O como “El Caballito”, también llamado Álvaro, “hombre bueno y asiduo adorador del dios Baco”, que muy Arturo de Córdova solía decir: “No tiene la menor importancia”. O como el doctor Sasuke Miyano, hijo del Sol Naciente, que “suelta a los familiares del paciente su diagnóstico infalible: Tú no preocupa. Tú no preocupa. Enfermo tuyo… como puede morí, puede viví”. O como Abraham Valdivia, mulero de Chihuahua, que “el 28 de enero de 1965 tiró cinco ases jugando al cubilete (en los billares Moctezuma) y chingó a los chingones”. O como don Camilo Huerta, de la comunidad de Los Ángeles, conversador infatigable que bebía cerveza tibia porque, como todo mundo sabe, “hielo, sólo se consigue en el pueblo”.
Gracias a don Juan Manuel y a su libro “Andares” nos enteramos que en la botica del doctor Sasuke Miyano –“Kuke”, para los que nada tienen- hay de todo: “aceites de olivo, de almendras, rosado, de linaza, de hígado de tiburón, vaselinas sólidas y líquidas (…) bolitas de alcanfor, cuadritos de alumbre, polvos de belleza, blanco de zinc, papel china (…) árnica, belladona, azúcar glass, violeta de genciana, nuez vómica o moscada, estricnina, emulsión de Scout, espíritus de tomar y untar, manteca de cacao y zorrillo, pomada de La Campana, puntillas para manguillo, rizadores, peines de cuerno, fuchinas, congos para pisos, amoniaco, prontuarios de cuentas, calendarios de Galván, merthiolate, navajas, rosarios, agujas laneras, pastillas antibiliosas, purgantes, sosa, laxante de Arrioja, alquitrán, formol y todo lo que hace falta -diría don Juan Manuel- para mejorar la autoestima y la salud”.
Pero don Juan también nos lleva a recorrer los barrios y las calles de Pahuatlán: “El barrio de Chipotla, con la profunda religiosidad de sus moradores. La plaza principal y sus portales, donde la cecina es colgada en grandes carrizos, se mide el maíz por cuartillos y los cacahuates por sardinas. (…) La calle 2 de Abril, con sus billares, correos, demás oficinas y huaracherías. La calle 5 de Mayo, el Wall Street pahuateco, donde se descargan mulas bañadas de sudor, que resoplan un vaho que pica a orines. (…) Pahuatitla y sus coheteros. (…) La colonia 2 de Abril, donde fragüeros y carpinteros forjan en el yunque herraduras y cazos. (…) Los callejones solitarios que son punto de reunión de amores ocultos y furtivas descargas que alivian el vientre. (…) El Barrio Unido, con sus arroyos de aguas negras…”.
En “Andares” conviven los más diversos ríos: el de la narrativa y el de la microhistoria. Don Juan Manuel nos cuenta la vida de su pueblo, a través de sus personajes, para que no se nos olvide que antes de Fox de la señora Marta hubo un mundo mágico y entrañable.
De su prosa limpia rescato algunos pasajes: “(Basilio) De arriero brincó a fletero, y de fletero a comerciante. (…) Un domingo, al salir de misa de mediodía, conoció a Agustina Domínguez. Al verla, supo que ella sería su mujer.” Cuando Basilio pidió la mano de Agustina, la madre de ésta la mal recomendó: “ya tiene cierta edad, pero se comporta como niña chiquita: no sabe coser su blusa, no sabe peinar su trenza, es holgazana y, de pilón, relaja. ¿Quién puede querer una mujer así? ¿Quién puede tener una esposa así?”. Pero, dice don Juan, “el perro es cuzco, aunque le quemen la trompa”, y Basilio siguió en lo suyo en aras de conseguir el “sí” de los padres de Agustina. Pero, como todo perro cuzco, se entretenía mientras tanto en los brazos de otra mujer: Vicente, casada con hombre macho. Nos dice don Juan Manuel de ella que cuando el esposo se ha ido a la “faina” y escucha el silbido de Basilio, “Vicenta siente el aire de la señal como una palada de lumbre en su estómago. El ardor le sube al pecho; las punzadas de su corazón le bajan hasta el vientre. Las piernas le tiemblan. El segundo aviso le sacudió el alma y le engarrotó los dedos mientras mesaba sus negros cabellos”. Lo demás es previsible: la adúltera y el galán “hacen mil pedazos las flores de una enorme Ceiba”. Y como en una película mexicana dirigida por El Indio Fernández y actuada por Estela Inda y Pedro Armendáriz, “una flor de pochote, llena de espinas y algodones, se mece entre el viento fisgón; la hojarasca quieta, sin querer denunciar el ruido, también vibra por el vaivén del deseo”. Y más: “un sudor salado se pega a la ropa, y las piernas se pegan con la irrupción de las ganas contenidas”.
Al final: al grito de “Dios tarda, pero no olvida”, el marido celoso mata a Basilio de varios disparos en las partes nobles.
Termino con unas líneas dedicadas al retrato del “maistro” Higinio: “Si el solicitante (del trabajo de herrería) mete demasiado la nariz en la lumbre, es enviado a cerciorarse ‘si ya puso la marrana’. Con la recomendación de regresar en ‘un par de horas’. Cuando por fin se recibe la compostura solicitada, su paciencia se recompensa con un consejo-garantía: ‘usted no deje de preocuparse, esto quedó pior que nuevo’”.
El libro de don Juan es luz sobre niebla, y una recomendable ruta para quienes transitan los caminos del poder. Y es que don Juan en lugar de ser un ex alcalde incómodo y ambicioso, optó por ser escritor, cosa que se le agradece en este mar de ex presidentes incómodos.
Su libro no es como la mula del “maistro” Higinio: “Por muy mala que sea la mula, aquí la herramos; si se enferma, la curamos, y si se muere, la velamos”.
El libro de Juan Manuel, hay que decirlo, goza de cabal salud.
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