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Cachonda y Disponible

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Sin final Feliz

 

 

                                                                                            Para Federico…

 

 

Me gusta divertirme mientras me desplazo en el tráfico de esta cada vez más congestionada ciudad.

Coqueteo descaradamente con los otros conductores. Algunas veces escojo a un respetable padre de familia en su camioneta nueva o a un mal encarado conductor. Volteo a verlos. Me quito los lentes de sol y los veo fijamente. Al siguiente alto de seguro voltean verme. Les sonrío. Otras veces les envío un beso y, cuando estoy de lo más atrevida, paso la punta de la lengua sobre el labio superior, insinuando lo que sentirían si mi lengua les lamiera el glande. ¿Por qué coqueteo con extraños? La razón más importante es que me divierto cuando veo sus caras de asombro. La mayoría de los hombres se sienten intimidados y no continúan con el juego. Creo que soy un ángel del Señor que tiene la misión de alegrar sus vidas por unos momentos.


Sólo una vez la presa fui yo. Conducía mi carro una mañana de agosto por Circuito Interior y Boulevard Atlixco. Cantaba a todo pulmón una canción de Los Amigos Invisibles, un grupo venezolano de salsa: “Ponerte en Cuatro”: “lo que yo quiero es ponerte a ti! / lo que yo quiero es ponerte a ti!!! / en cuatro, / en cuatro / en cuatro” (bájenla de YouTube; es buenísima). Iba muy feliz cuando un hombre me hizo señas de que bajara la ventana de mi camioneta. Le obedecí con premura. “¡Hola!, qué guapa que sos”, me dijo. Se lo agradecí con una amplia sonrisa y una caída de ojos. Y es que cuando me lo propongo soy irresistible. Me siguió. Semáforo adelante puso su auto enfrente del mío. “¡Dame tu teléfono por favor! ¡Por  favor!”, gritaba. Se lo di sin ningún pudor. Los autos de alrededor tocaban el claxon de manera escandalosa.


A los segundos sonó mi teléfono celular. Era él. Nos fuimos hablando de nimiedades: “¿cómo te llamas, a qué te dedicas?”. Y tuvimos nuestra primera cita a los 15 minutos exactos de conocernos. “Hagamos algo juntos -le dije por teléfono-. Comamos con J”. No entendió mi broma. El pobre es argentino. Pero aceptó la sugerencia y nos vimos media hora más tarde en un restaurante del centro comercial El Triángulo. Seguimos hablando. Me contó que era socio de una compañía telefónica y que ganaba mucho dinero. Que su gran despacho estaba en la Torre JV. Que tenía un doctorado en algo. Vi sus zapatos y no le creí. Los zapatos son la prenda más importante de los hombres: si son grandes y anchos, es buena señal sobre el tamaño del pene; si están viejos, es un pobre que presume de rico. Los de él estaban en mal estado, por lo que deduje que la mitad de lo que me decía no era verdad.


A pesar de todo el tipo me encantó. Me gustan los hombres que son generosos en halagos. Me decía cada 5 minutos “qué guapa y sensual  que sos”, “qué elegante”, “tus ojos son la expresión de la alegría”, “es la primera vez que intercepto a alguien en la calle” (a los hombres también les gusta presumir su primera vez). Y yo  pensaba: “qué bueno que me encontré novio para salir a comer e ir de camping”. (Una amiga dice que las mujeres somos las primeras futuristas del mundo: a la segunda cita estamos planeando dónde llevaremos a pasear a los nietos”).


En fin, estaba obnubilada. No me importaba que lo que escuchaba eran fantasías de su… iba a decir bella cabeza. Pero no, él tiene el arquetipo de belleza ordinaria: casi rubio, delgado, alto, cuando sonreía la luz que reflejaba su dentadura enceguecía mi visión, la parte distal de sus incisivos era traslúcida, cutis terso, de 30 años más menos…


La neta, se me quemaban las habas. Yo tenía prisa por llevármelo a la cama. Le sugerí que tomáramos una copa en mi casa. Aceptó. Ya en casa obré con mesura. La experiencia me ha enseñado que la primera vez debo de ser cautelosa. Si soy muy agresiva no vuelvo a verlos. Si soy pasiva, se aburren y el resultado es el mismo. Por lo que el punto medio en la primera vez es lo adecuado. Lo besé despacio en los labios introduciendo la lengua. Le besé el cuello y practiqué mi caricia favorita: metí sus dedos en mi boca y los lamí, los chupé y besé sus manos.


Me penetró suave y le agradecí la delicadeza y ternura con la que se condujo mientras realizábamos el coito. Nos vimos cuatro veces más, y cada una de las veces era mejor que la anterior. Y de pronto no contestó mis llamadas y no volví a verlo. Yo quise continuar y él no. La vida es así. A veces nos reúne y de nosotros depende si queremos continuar con la aventura de conocernos.

 

 

   

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