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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

 

                            Si yo soy Pangloss, Rueda es el Derviche (Cuento filosófico)

 

 

 

Lamento que mi amigo Arturo Rueda hay perdido el humor.
Su afán de estar metido en una guerra permanente contra el marinismo le ha quitado frescura e ironía.
Algo peor: lo ha convertido en una especie de Ombudsman dentro del periodismo poblano, igual que como lo fue en su momento Sergio Mastretta.
Me explico: Rueda quiere cambiar el mundo, no cronicarlo.
Habrá lectores que digan: ¿y eso es malo?
No.
Para un Ombudsman no es malo, pero para un periodista es grotesco.
Lo ha dicho con excelencia Carlos Marín –uno de los marines a los que detesta Rueda-: “La función del periodista es hacer periodismo, no encabezar manifestaciones de protesta”.
Y es que me temo que en eso se ha convertido el director editorial de Cambio: en un manifestante cotidiano, de ésos que todos los días van a la Casa Blanca a gritarle cuanta porquería se le ocurre a George W. Bush.
Eso no está mal para un activista, pero entiendo que Rueda es periodista.
Lamento también la visión que tiene de Jorge Ibargüengoitia.
Dice Arturo: “entre Paz e Ibargüengoitia existe una diferencia fundamental: el autor del Laberinto de la Soledad murió con el Nobel en sus manos, y el ironista, después de su accidente mortal en Barajas, se fue sin el reconocimiento de la intelectualidad mexicana. Y es que uno y otro practicaron cosas diferentes, con resultados diferentes: Paz hizo crítica y el otro, ironía. La segunda destruye y la primera construye las opciones del futuro. Un abismo entre ambos”.
He aquí su ideal de la política, del periodismo y de la literatura: la ironía destruye, la crítica construye opciones del futuro.
¿Stalin?
No.
Arturo Rueda.
Los viejos comisarios stalinistas pretendían hacer del hombre un cerdo feliz y le tenían terror a la ironía.
Y es que, argumentaban, el comunismo debe de construir opciones de futuro.
Rueda comete un error básico: piensa que crítica e ironía son opuestos.
Charles Baudelaire descubrió que no es así, pero lo hizo en el París de fines del siglo… diecinueve.
Crítica e ironía –y eso lo sabía muy bien Paz- son los dos elementos centrales de la modernidad.
Una no puede existir sin la otra.
Menos aún ser opuestas.
Se corresponden de manera natural, una vez que el fundamento de la ironía es la crítica y la raíz de ésta es la ironía.
En ese sentido, no hay crítica positiva o negativa.
Hay solamente crítica.
Y la crítica, la auténtica, es luminosa, pero no construye “mejores opciones del futuro”.
Para eso estaban, en el pasado, los arquitectos del stalinismo, que, ya se ve, terminaron construyendo el peor de los mundos posibles.
Concluyo este punto: la ironía no destruye, abre otros mundos: el de la inteligencia sobre todo.
Y algo más: no es que la ironía sea negativa.
Lo que pasa es que en algunos espacios de la prensa poblana cada vez hay más humorismo blanco… como el de Capulina.
Si Rueda piensa que Ibargüengoitia no tiene valor porque murió “sin el reconocimiento de la intelectualidad mexicana”, lamento informarle que eso a él le tenía sin cuidado.
Y es que antes que ser “ironista” –nunca pretendió ser eso-, era un inconforme en el estilo de Ciorán o de Savater.
Su pluma –qué bueno- no pretendía salvar al mundo.
Y menos aún: construir las opciones del futuro.
Su pretensión era modesta: sólo quería escribir.
Y lo hizo como pocos.
Si Rueda busca en la literatura o en la filosofía a los arquitectos de futuros luminosos en los que el hombre sea un cerdo feliz, le recomiendo leer a Carlos Cuahtémoc Sánchez, a Uri Geller, a Paulo Coelho… o a Chespirito.
Ahí encontrará lo que busca.  
Retomo su comentario:
No, Rueda, no me burlé de la solemnidad con la que trataste en Cambio el tema de la Ley de Transparencia, sino de la ingenuidad de la que hiciste gala.
Y es que dejaste de ser periodista para convertirte en miembro de una organización no gubernamental.
Y en ese sentido te fuiste.
Lanzaste huevos podridos en contra de los diputados del PRI en lugar de lanzar dardos críticos en el sentido que te platiqué líneas atrás.
Los huevos podridos no están nada mal para un activista de una ong, pero te recuerdo que tú eres periodista.
Continúo.

Rueda está convencido de que Mario Marín Torres es el gobernador más autoritario que ha tenido Puebla, y en eso coincide con un tal Manuel Cuadras, columnista de Cambio que quiere ser como Homero Simpson sin la genialidad de Homero Simpson.
Vamos a ver.
Que yo sepa, la aprobación de la Ley de Transparencia no se dio en el marco de un Congreso tomado por los priístas.
No recuerdo haber leído, ni siquiera en las crónicas de Cambio, que la policía haya ingresado al edificio de los diputados o que los priístas hayan entrado al salón de sesiones por la puerta trasera.
Tampoco leí que el presidente de la Mesa Directiva haya realizado la sesión rodeado por sus compañeros, en un simbólico, pero real, cordón de seguridad.
Esta vez no vi fotos de los panistas encadenados en la tribuna ni gritos desde las curules.
En cambio esas imágenes fueron recurrentes en el sexenio de Manuel Bartlett.
Cómo olvidarlo.
Así, en esas condiciones de autoritarismo, se aprobó la Ley Bartlett.
Melquíades Morales tuvo otro mecanismo: el soborno indiscriminado.
Todo Puebla sabe que los diputados de la oposición aprobaban lo que les mandara a cambio de las jugosas canonjías que se les hacían llegar de Casa Puebla.
No justifico la Ley de Transparencia.
Es inocua e inicua, similar a la que tuvo durante casi un sexenio Andrés Manuel López Obrador en la ciudad de México.
Ah, por cierto, eso de que Bartlett siempre respetó a los medios de comunicación es una vacilada.
Me tocó vivirlo en El Universal de Puebla.
En sus años no hubo un solo centavo de las arcas estatales que llegara ahí.
Peor aún: giró instrucciones para que ninguna dependencia –ni siquiera la Vocalía Local del IFE- se anunciara en las páginas de ese periódico.
¿Eso no esautoritarismo?
¿Y qué decir de los medios nacionales?
¿Ya se te olvidó cómo Bartlett –a través del Güero Zorrilla- mandó a amenazar a Julio Scherer y a Vicente Leñero?
¿Qué rápido olvidaste la historia de la Coca-Cola estrellada en el suelo de un cubículo de la revista Proceso?
Y hay más:
La revista Impacto, de la familia Hernández Llergo, le fue arrebatada a la viuda de don Regino de una forma brutal: con policías judiciales y uniformados.
Y todo para que desde Gobernación se la entregaran a Juan Bustillos.
Al inicio de su columna, dice que soy un “modernoDoctor Pangloss”, ese personaje entrañable de un texto atribuido a Voltaire: “Cándido o El Optimismo”, quien, dice Rueda, “ante cada desgracia que les ocurre a lo largo de su travesía, apenas atina a pronunciar ‘bueno, este es el mejor mundo que nos tocó vivir. Una especia de conformismo perverso ante las vicisitudes que les presenta la vida. O ante el catálogo de atrocidades que el marinismo ha representado en los últimos meses”.
No entiendo la comparación.
Pangloss era un conformista –inspirado, por cierto, en el filósofo Leibniz- que ante cualquier desgracia decía: “todo sucede para bien en este, el mejor de los mundos posibles”, equivalente a los dichos españoles: “No hay mal que por bien no venga” y “Dios sabe por qué hace las cosas”.
Yo, como Cándido, soy más amigo de cultivar mi propio huerto.
Bien dicen los críticos que en este “cuento filosófico”, Voltaire demuestra su “pesimismo moderado”, frente al optimismo inmoderado de sus primeros textos.
No, Rueda, no puedo ser Pangloss porque no creo que las narices se hicieron para llevar anteojos y que las pies fueron hechos para meterse en los calcetines.
Tampoco creo que los marranos nacieron para convertirse en tocino, como sí lo cree el doctor Pangloss
“Ardua es la cuestión”, diría Cándido.
Pero supongamos que yo soy el moderno Pangloss, como quiere Rueda.
Bueno, pues, si yo soy Pangloss, él se asemeja al célebre derviche (el que vive una pobreza mendicante y ascética, indiferente a las posesiones materiales, dedicada al aprendizaje de la religión).
Vea el lector este pasaje de Cándido:
“Habló Pangloss por los demás, y le dixo (al derviche): Maestro,
venimos á rogarte que nos digas para que fué formado un animal tan
extraño como el hombre? ¿Quién te mete en eso? le dixo el derviche:
¿te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en
la tierra. ¿Qué hace al caso que haya bienes ó que haya males? quando
envía Su Alteza un navio á Egipto, se informa de si se hallan bien ó
mal los ratones que van en él? Pues qué se ha de hacer? dixo Pangloss.
Que te calles, respondió el derviche. Yo esperaba, dixo Pangloss,
discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los
mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de
la harmonía preestablecida. En respuesta les dió el derviche con la
puerta en los hocicos”.
Así parece responderle el director de Cambio a sus críticos.
¡Seriedad, Rueda!

 

   
  

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