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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

 

                             ¿Hay un Obama en Puebla?

 

 

 

La buena prosa es síntoma de buen periodismo.
Dime qué prosa tienes y te diré quién eres.
Javier del Pino, corresponsal del diario El País en Washington y articulista de la célebre revista Esquire, publicó en marzo pasado un extraordinario retrato del hombre de moda: Barack Obama.
El mismo que a lo largo de semanas agitadas acaba de derrotar no sólo a Hillary Clinton sino al stablishment del Partido Demócrata.
Se preguntará el lector:
“¿Qué tiene que ver esto con la política poblana?
Lo sabrá más adelante.
Por lo pronto le pido que lea estas líneas maravillosas sobre “BarryObama:
Obama se mueve por el escenario como lo hacía Frank Sinatra, con la elegancia sobria de quien conoce el efecto inmediato de su presencia.
En la primera fila, como si fuera, en efecto, un concierto de Sinatra, una mujer se desmaya embaucada por lo que para ella suena a música celestial: la promesa de cambio político en Washington.
“(…) De un mitin de Obama se sale preguntando dónde hay que votar. Para los periodistas, un mitin de Obama es un examen de objetividad que siempre se suspende. Afortunadamente para mi conciencia, es un virus que afecta a todos: el editor del Washington Post ha contado que tiene que desintoxicardesobamizar- a los redactores que cubren los mítines de este candidato. (…) Para los blancos era un negro y para los negros no era suficientemente negro. (…) Ahora Obama es, sin quererlo, un símbolo de la reconciliación racial, lo que aquí se ha dado en llamar el birracialismo. La escritora Shelby Steele –hija también de madre blanca y padre negro- dice que hay dos tipos de negros: los retadores y los negociadores. Lo retadores son aquellos convencidos de que todo blanco es racista salvo que se demuestre lo contrario. Son reivindicativos y exigen de partida una compensación por los daños sufridos en los siglos de esclavitud. Los negociadores aceptan un contrato tácito con la América blanca que da a éstos el beneficio de la duda: no voy a restregarte en la cara la historia racista de este país si tú no me juzgas a mí por mi raza”.    
Hasta aquí la cita.
Es evidente que entre los retadores hay que poner a Martin Luther King y a Jesse Jackson, y entre los negociadores a Barack Obama.
Y no está nada mal que así sea.
Obama –cuyo redactor de discursos es un poeta- ha venido a mostrar otra forma de hacer política.
Y aquí es donde vale la pena regresar a Puebla.
¿A cuántos políticos como él conoce usted?
Si me dice un solo nombre habrá ganado.
Aunque, la verdad, lo dudo.
De entrada, nuestros políticos no improvisan.
Leen, y mal, sus discursos.
Y es que a veces ni ellos mismos los entienden.
Pero hay más: sus discursos carecen de ritmo, de cadencia, de esos elementos vitales en la poesía.
Obama, en cambio, juega con las palabras.
Va y regresa.
Hace metáforas audaces.
Navega en su ritmo en lontananza.
Y vuelve, siempre vuelve, al lugar del que partió como en una oración pagana.
El día en que nuestros políticos aprendan de él, aunque sea lo mínimo, podremos estar seguros de que una nueva generación ha nacido.
Pero sigamos con Obama.
Vean las respuestas que le sacó para Esquire el periodista Robert Lindsey:   
Como muchos hombres hoy, crecí sin un padre en casa. Mis padres se divorciaron cuando sólo tenía dos años y, durante la mayor parte de mi vida, a él le conocí por las cartas que me enviaba o las historias que me contaban mi madre o mis abuelos.
Hubo hombres en mi vida –un padrastro con el que vivimos cuatro años, y mi abuelo– y ambos me trataron con cariño. Pero fueron las mujeres quienes aportaron el equilibrio a mi vida.
”De las mujeres aprendí los valores que me han guiado hasta hoy. De mi abuela, porque su tenaz pragmatismo mantuvo a flote a la familia y de mi madre, cuyo amor y claridad de espíritu hicieron que mi mundo y el de mi hermana no perdieran enfoque.
Cuando empecé en política y hablaba con la gente, generalmente me hacían dos preguntas: “¿De dónde es ese nombre tan curioso?”, y “Parece usted un tipo decente, ¿por qué quiere meterse en algo tan sucio y desagradable como la política?”.
Soy lo suficientemente nuevo en política como para ser una pantalla en blanco sobre la cual personas de tendencias políticas muy distintas proyectan sus propias ideas. Por ello es probable que decepcione a muchos, si no a todos.
La empatía, como la mayoría de mis valores, la aprendí de mi madre. A ella le disgustaba cualquier tipo de crueldad, falta de consideración o abuso de poder, ya fueran prejuicios raciales, un matón de patio de escuela o trabajadores mal pagados.
Cuando veía una situación así me miraba a los ojos y me preguntaba: “¿Cómo te sentirías tú si te hicieran eso?”.
Ni la ambición ni la determinación bastan para explicar la conducta de los políticos. Los acompaña otra emoción, quizá más penetrante y ciertamente más autodestructiva: el miedo. Y no sólo el miedo a perder –que ya de por sí es bastante malo– sino miedo a la humillación total y absoluta.
A nadie, sea de la cultura que sea, le gusta que le avasallen. Ni le gusta vivir con miedo porque sus ideas sean diferentes.
El dinero, en lo que a la mayoría de políticos se refiere, no les interesa para hacerse ricos. El dinero, en cambio, interesa para mantener el estatus y el poder; interesa para asustar a los que quieren ocupar su puesto, y para combatir el miedo.
Cuando eres Senador de los Estados Unidos, viajas mucho. Pero la experiencia de volar en un jet privado es totalmente distinta. La primera vez que volé en uno de estos aparatos, el asiento de detrás de mí lo ocupaba una ensalada de gambas y un plato de quesos. Los pilotos me colgaron el abrigo, me trajeron los periódicos y me preguntaron si estaba cómodo. Desde luego que lo estaba. Así resulta fácil entender cómo la gente se puede acostumbrar a eso.
¿Mis prioridades políticas? Acabar con la guerra de Irak, cerrar Guantánamo y ofrecer a los prisioneros un marco legal para que sean juzgados, organizar una cumbre con el mundo musulmán, y estar en la cabeza de la lucha contra el cambio climático, el desarrollo y la no proliferación nuclear.
Los caminos del corazón son tan variados y mi vida tan imperfecta que no me siento cualificado para ser el árbitro moral de nada.
Me gustaría comenzar con la retirada de tropas de Irak lo más pronto posible, al ritmo de una o dos brigadas al mes. Pero con el fin de demostrar un cambio real en la política exterior de Estados Unidos, yo quiero dialogar directamente con países como Siria o Irán. Nunca conseguiremos estabilizar la región si no hablamos directamente con el enemigo, aunque estemos en desacuerdo profundo con algunos, hay que hablar con ellos directamente”.
Este es Obama.
¿A cuántos políticos poblanos conoce usted que se le aproximen aunque sea mínimamente?

 

 

 

Muerte en el Cabildo. Los regidores del ayuntamiento de San Martín Texmelucan se preparaban para sesionar ayer miércoles cuando de pronto el regidor de Gobernación, Efrén Ronco Zeferino, fue víctima de un infarto fulminante.
De inmediato fue trasladado a Puebla, donde murió ayer mismo.
En pocas palabras podemos decir que Ronco es la primera víctima mortal del clima de incertidumbre y nerviosismo en el que han metido al ayuntamiento los regidores Ricardo Pérez Rico, de Hacienda, y Pérez Garay.
Ronco Zeferino estaba enterado de los turbios negocios que se han venido realizando en San Martín y su corazón reventó antes de que pudiera denunciarlos.
Hay que decir que Pérez Rico es el responsable número uno de la inestabilidad en el municipio.
Para empezar fue quien puso el Cabildo en contra del alcalde Noé Peñaloza, quien está tan acotado que no puede mover ni un dedo.
Por lo pronto, descanse en paz Ronco Zeferino

 

 

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