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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

 

     Nada me desengaña, la Tele me ha hechizado

 

                                              


Este es un fragmento de la ponencia que el quintacolumnista presentó ayer en el Coloquio “Entremedios”, organizado por la Dirección de Comunicación Social del Gobierno del Estado.
El título de esta mesa es ambiguo y engañoso. ¿Cómo influyen los medios? Hay mil respuestas.
La televisión influye, dice el lugar común, en los hábitos y en las costumbres. Crea culturas. Condiciona actitudes. Genera caracteres. Todos los días nos horrorizamos con los horrorizados conductores de los horrorosos programas de chismes que abundan en la horrorosa televisión mexicana.
En los últimos meses, el “Fabiruchis” ha sido nuestro villano favorito. Gracias a “La Oreja” y “Ventaneando” sabemos pelos y señales de sus desviaciones y desvaríos.  Estamos enterados de los últimos detalles de la madrugada en la que se metió a un hotelito de la colonia Roma, en la ciudad de México, junto con un personaje que no deja de litigar en los medios.
Gracias a Paty Chapoy y a Juan José Origel estamos al tanto de los dramas de Paquita la del Barrio, de los arrepentimientos de Lupita D’alessio, de las crisis vomitivas de Carmen Campuzano, de las golpizas sufridas por Verónica Castro a manos de su hijo, de los amores tortuosos de Liz Vega, de las malas cirugías del doctor del Villar y de los escándalos cotidianos de Niurka y Carmen Salinas.
Gracias a Joaquín López Dóriga ya sabemos quiénes asaltaron hace unos días a Talina Fernández y hasta estamos tentados a denunciar a los hampones aunque nunca antes los hayamos visto. Con la ceja levantada, López Dóriga nos ha enseñado lo que antes nos enseñó Jacobo Zabludovsky: a indignarnos ante todo lo que Televisa decide que debe indignarnos: López Obrador, el PRD, los diputados y los senadores, la Appo, la Reforma Electoral, Hugo Chávez y Hugo Sánchez.
Carlos Loret de Mola nos ha enseñado a vapulear moralmente a todo aquel que no sea digno para Televisa. Hace unos días lo vimos destrozar a un videoasta acusado de plagiario. Lo mismo hizo en su momento con el gobernador Mario Marín: lo llevó a las cuerdas, le disparó decenas de golpes, lo sentenció lapidario y luego lo dejó ir. De la noche a la mañana, el caso Marín-Cacho desapareció de Televisa y nadie más volvió a hablar de éste en los canales de la empresa. Y cuando el nombre del gobernador era mencionado de pronto en el programa “Tercer Grado”, López Dóriga y Carlos Marín daban un manotazo y decían: “no es tema, no es tema”.
Por cierto: cuando Brozo difundió tiempo después la conversación entre el gobernador y Kamel Nacif alguien le dio un manotazo en el escritorio y hasta lo multaron en Gobernación.
Si todos los días vemos salir en los noticieros de Televisa a Enrique Peña Nieto hablando de cualquier cosa, no debemos sorprendernos: Televisa sí sabe cómo burlar la reforma electoral.
Televisa es nuestra Madre, es nuestra hermana, es la Virgen de Guadalupe y es, faltaba más, la verdadera Secretaría de Educación Pública con todo y Elba Esther.
Ella nos enseña lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer.
Yo, por ejemplo, conocí la televisión cuando tenía diez años. Y es que éramos tan pobres que teníamos que conformarnos con escuchar en un pequeño aparato de radio la radionovela “Felipe Reyes” o los chistes de Mr. Kelly y Tres Patines.
Los primeros personajes que me influyeron, sobra decirlo, fueron Chabelo y el Tío Gamboín. Luego vendrían el Pecas y el payaso Semillita. Ya más grande fui seducido por Rarotonga, Yesenia y Oyuki, la del Pecado.
Yo también fui víctima de la Leche Santa Bárbara (que era “Bárbara, bárbara, bárbara”) y de la Tintorería Francesa (24-42-00). Mientras me preparaba para irme a la escuela, sufría con “Mary es mi amor”, de Leo Dan, y “Penas”, con Sandro de América. Alguna vez lloré con “Gutierritos” y con “La Cruz de Marisa Cruces” y en mi ideal de mujer sólo había una: Irma Serrano cantando “La Martina”.
Debo de confesarlo: soy la víctima ideal de los medios. Todo me influye: desde Martha Guzmán –pasadita de la media- y Mizada Mohamed, hasta Pepillo Origel y Daniel Bisoño. Si uno de ellos dice que lloverá mañana, que es un mal día para hacer negocios, que Fabiruchis es trisexual y que Ana Bárbara es marciana, créanme, estoy dispuesto a creerles. También le creo a López Dóriga cuando –ceja levantada- asegura que el gobierno de Calderón va para arriba y que el Peje va para abajo. Le creo a los herederos de José Ramón Fernández y al Pelón Bermúdez cuando aseguran que Hugo Sánchez es lo peor que le ha sucedido a México. Y ya me estoy preparando para creer todo lo que me digan de las Olimpiadas de China.
Sólo puedo citar a los clásicos: “Nada me desengaña, la Tele me ha hechizado”.
No puedo terminar mi intervención sin dar una especie de decálogo de lo que es para mí el periodismo.
Creo, estoy convencido, no tengo dudas, que el periodista tiene como función escribir contra el poder, porque es parte de la naturaleza del crítico. El crítico que no escribe en contra del poder es un crítico desposeído del sentido vital de la crítica. No concibo a un crítico complaciente con el poder. Si lo hace, no es crítico. El crítico necesariamente debe estar contra el poder.
No creo en los periodistas que le son cómodos al poder. Los hay pero no son periodistas. Son sillones para que el poderoso se siente. Son camas para que el poderoso haga el amor encima de ellas, pero no son periodistas. Son tapetes que están para que el poder los pise. A lo mejor son tapetes muy bonitos o muy elegantes, pero no son periodistas. Son tapetes. El periodista que olvida su sentido crítico al poder está perdido. Lo malo es que a veces se nos olvida.
Hay formas de cooptación brutales. Se te olvida de pronto que estás en el periodismo para hacer la crítica del poder y terminas durmiendo el sueño de las almorranas en un lugar oscuro y húmedo. El poder y el poderoso inciden en arbitrariedades, en corruptelas que lastiman a otros.
En este ámbito del periodismo uno siempre responde a los dueños de los medios de comunicación. Yo, lo admito, he tenido que obedecer las líneas de los dueños. Aquí lo importante es cómo conservar el espíritu crítico frente a las presiones del dueño de un medio y cómo convencerlo de que el espíritu crítico será mejor para su medio que el espíritu tapete, que el espíritu entreguista. Es un juego de creatividad. Es más importante un medio que se abre a la crítica que un medio que se cierra. Un medio crítico vale más en el mercado que un medio cómodo.
Hay gente que llega a comprar medios críticos por considerables cantidades de dinero. Un medio cómodo no lo quiere la gente ni regalado. Está apestado.
Todos los que nos dedicamos a este oficio, en mayor o menor medida somos tentados por el poder. Y el poder tiene distintas formas de tentarte. Hay quienes se conforman con una bailarina de table del Simpson Bar, allá por Valsequillo. Otros se conforman con algo más: con una bailarina del Miami. Otros con una cantidad de dinero mediana al mes. Otros con la cantidad mediana más un automóvil o una camioneta. Otros con alguna obra de alguna dependencia pública. Otros con una residencia de 800 metros cuadrados. Otros de plano no tienen llenadero y quieren a la niña del table, la cantidad mensual, el vehículo, la obra y la residencia.
Todos somos tentados, sí. Pero yo, lo confieso, me quedé con la niña del Simpson. Lo tengo que admitir: me cogí a la niña del Simpson. Y con eso me conformé.
Como diría Confucio: cuando se corrompe la persona se corrompe también el lenguaje, la forma de decir las cosas. Se corrompe el estilo.

 

 

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