Narcopolítica, narcoviolencia y la venta de candidaturas.
Fue el miércoles 15 de noviembre de 2006.
El quintacolumnista Mario Alberto Mejía y quien esto escribe publicamos en diario Cambio la reseña de una comida de mole de caderas que se llevó al cabo en Tehuacán.
En ese convite en el que abundaron las copas de tequila Don Julio el mostro Álvaro Alatriste fue el anfitrión de un célebre miembro de la familia imperial.
En esa comida se acordó una suma (en efectivo por supuesto), para que el mostro fuera total y completamente exonerado de los cargos que el Órgano de Fiscalización Superior había entablado en su contra por la cantidad de más de 230 millones de pesos entre anomalías, deficiencias administrativas y daño patrimonial.
Se calculaba que tan solo el peculado era de alrededor de 140 millones de pesos.
En Europa el mostro hubiera sido procesado por el Congreso local, se le hubiera obligado a reponer al municipio el daño patrimonial y además le hubiera valido dos cadenas perpetuas.
Pero en Puebla bastó una comida con un miembro de la familia imperial.
Bastaron unos platos de mole de caderas, unos tequilas, una larga plática, ahhhhhh, y además, (se me olvidaba) la suma de 5 millones de pesos.
En el súper paquete adquirido no solo se resolvía el pasado, sino que además se miraba con optimismo hacia el futuro.
Es decir el mostro no solo quedaba limpio de toda responsabilidad administrativa y penal, sino que además se le ofrecía en bandeja de plata, nuevamente, la candidatura a la presidencia municipal de Tehuacán.
Alatriste simplemente aplicaba la fórmula que seis años antes le había dado excelentes resultados.
Puentear con el poder a través del eslabón más débil, el más susceptible, el más codicioso.
Seis años antes la misma reunión se había llevado al cabo, pero entonces con Chucho Morales.
Y ya entonces le habían respetado la candidatura.
Nuevamente comprobaba como la democracia, como cualquier otra mercancía, tiene un precio.
Entonces apuntamos que la venta de candidaturas se estaba convirtiendo en una nueva empresa, que por todo el estado el “mercader de la democracia” recorría presuroso a citas privadas con los más acaudalados suspirantes.
Había que hablar con los que tenían “la lana” para negociar.
Y las palabras textuales que se dijeron entonces fueron: “…a los pinches aspirantes jodidos ni los tomes en cuenta…”
Fue la versión periodística que Mejía y el escribidor sostuvimos entonces.
Desde entonces lo apuntamos. Y nadie lo desmintió.
Ni siquiera los oficialistas y oficiosos.
Por todo el estado las candidaturas se ofrecieron al mejor postor.
Al final a Alatriste le respetaron la completa y absoluta exoneración, pero la candidatura se hizo imposible cuando un tribunal federal falló en su contra.
Pero escenas como la siguiente se repitieron en todo el estado.
…¿Quién da más por la presidencia de Izúcar de Matamoros?...
… Aquí el señor da un millón de pesos…
… Allá ofrecen 2 millones…
… 2 millones, 2 millones 500 mil a la una… 2 millones 500 mil a las dos… 2 millones 500 mil a las…
¡¡3… 3 millones de pesos ofrece el señor!!
Vendida al señor por 3 millones de pesos.
El problema es que en política todo tiene sus consecuencias.
Un mes después, un año después.
O un sexenio después.
La candidatura de Izúcar de Matamoros se vendió, pese a que desde entonces algunas voces regionales apuntaron, advirtieron, que se estaba abriendo la puerta a la narcopolítica en el estado de Puebla.
Los susurros de aquellas lánguidas voces se convirtieron en muros dilapidarios con el paso de las semanas.
Rubén Gil Campos pasará a la historia poblana como la primer evidencia irrefutable de que la narcopolítica entró en Puebla.
Y que nivel de narcopolítica.
Estamos hablando de un capo sobre quien la DEA tenía ya todo un expediente.
Pero el paso siguiente también era previsible.
A la narcopolítica siempre le secunda la narcoviolencia.
Y hoy Rodrigo López Benavides es la primera víctima de la narcopolítica y la narcoviolencia poblanas.
Pero aquí el mando político mayor debería encender todos los focos rojos, todas las alertas y todas las alarmas.
Porque la DEA, nuevamente la DEA, la Agencia Antidrogas de la nación más poderosa del planeta ha abierto un nuevo expediente, pero ahora sobre el atentado a López Benavides.
Porque este atentado deja en claro que aunque “El Gavilán” está en una prisión estadunidense, su poder e influencia siguen latentes en la mixteca poblana.
Esto nos habla, no de un individuo, sino de la existencia de una Organización Criminal que sigue operando bajo sus órdenes.
Y todo, todo (cabe recordar) comenzó con la venta de una candidatura.
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