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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

 

Intolerancia crítica

 

 

La polémica sobre Crítica, la revista cultural de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, además de poner sobre la mesa de la discusión pública los asuntos relacionados con el esclarecimiento de su naturaleza, políticas editoriales y responsabilidades de su cuerpo directivo, ha tenido la virtud de poner al descubierto insospechadas deficiencias de las habilidades de argumentación, discusión y procesamiento de las diferencias de opinión de los universitarios.
Lo anterior no deja de ser significativo si consideramos que los protagonistas de esta discusión forman parte del estamento ilustrado de la sociedad.
(Son ciudadanos mexicanos privilegiados que gozan de los beneficios culturales de la educación superior).
Por esto una de las primeras lecciones de  este episodio es que, paradójicamente, la educación universitaria no garantiza la calidad del debate público.
Pero rescatemos el punto nodal de la discusión,  no lo perdamos de vista en el laberinto de espejos de la discusión:
Una sociedad que pugna por hacer cada vez más trasparentes y democráticos sus procesos institucionales de gestión y aplicación de recursos no puede dejar al margen de su mirada y discusión un área fundamental, la revista oficial, de la que sin duda es la institución de educación superior mas importante de Puebla.
La permanencia personal, durante más de una década en un cargo público, y la sobrevivencia al paso de presidentes de la república, gobernadores, alcaldes, diputados, senadores, rectores, directores de unidad académica, funcionarios universitarios y consejeros universitarios es, inobjetablemente, un arcaísmo institucional, un rasgo de rezago democrático y cultural.
Si agregamos la falta de transparencia en los procedimientos de gestión y decisión editorial obtendremos una situación difícilmente justificable.
Ni política ni académicamente se puede defender la existencia de una ínsula de excepción dentro de la BUAP.
Una isla sin relación orgánica con las funciones sustantivas de la Universidad: ni con las líneas generales de la vida académica, ni con sus políticas de investigación, ni con las acciones de extensión y difusión de la cultura.
Por ello, los defensores de la permanencia –durante otra década- de Armando Pinto y Julio Eutiquio Sarabia en la dirección de Crítica han centrado su atención en las pretendidas faltas de respeto y de congruencia de Alí Calderón.
Incluso nos han alertado predicando en contra del supuesto perfil del impugnador: ambicioso, resentido y falto de méritos literarios.
Es decir: han respondido ad hominem sin reparar en que (concediendo –sin aceptar- que Calderón sea un terrible infante) las disputas y los relevos generacionales, en la historia de la literatura, siempre se han distinguido por su apasionamiento y ausencia de buenos modales.
Además, para situar en perspectiva esta coyuntura, no debemos olvidar que la alternancia generacional en los cargos políticos académicos de la BUAP hace años que se inició.
El rector Enrique Agüera es prueba de ello.
Y qué decir del relevo generacional en los gobiernos municipal y estatal de Puebla, y en el federal de México.
La lucha de las generaciones es un fenómeno común.
Por esto, la especie de que la impugnación de Alí Calderón es básicamente política no merece mayor atención que el comentario de que precisamente gracias a sus extraordinarias habilidades políticas los actuales directivos han sobrevivido más de una década al frente de Crítica.
Destrezas que, por cierto, proceden de la década de los setenta, cuando Pinto y Sarabia fueron miembros destacados del Partido Comunista Mexicano y Calderón aún no nacía.
No es valido calificar en uno como defecto lo que aceptamos en los otros como natural virtud.
Hasta este día, tres han sido las revistas Crítica que ha tenido la Universidad.
La Crítica del combate ideológico que dirigió Humberto Sotelo.
La Crítica de la reflexión contracultural de Mariano Morales.
Y la Crítica de la literatura como proyecto suprapolítico, que degeneró en instrumento de promoción personal de Pinto y Sarabia.
¿Qué nos deparará la fortuna?
¿Habrá una cuarta Crítica o no?  
Hasta el momento todo parece indicar que .
Y es que fuentes universitarias circularon la versión de que, ante la polémica nacida en El Columnista, las autoridades universitarias encargaron a diversos personajes ligados a la cultura un  análisis serio de la publicación en aras de definir su futuro inmediato.
Las mismas fuentes revelaron que se está pensando en una personalidad con credenciales nacionales para venir a dirigir la multicitada revista.
De confirmarse la versión es obvio que habrá un cambio en Crítica.
Y aunque Pinto y Sarabia continuasen en la dirección, es evidente que, luego de esta polémica, Crítica ya no será la misma.
Además de todo esto hubo un valor agregado en la discusión: la cultura poblana se movió y salió de su modorra provinciana.

 

 

 

El Zaid de los Poblanos. El brillante José Ramón López Rubí es el Gabriel Zaid poblano: inteligente, crítico, mesurado, puntual, irónico y enemigo de los reflectores.
(A su buena prosa sólo le falta la compañía del poeta).
José Ramón es tan escéptico como Pirrón, el filósofo griego que en vida no sabía si estaba vivo.
(Octavio Paz escribió sobre él un epigrama brutal: “No sabía Pirrón que estaba muerto. / La muerte lo sabía. / ¿Y tú cómo lo sabes?”).
Académico y animador cultural, José Ramón es enemigo a muerte de los malos articulistas y de las columnas y/o artículos escritos por consigna.
No es su estilo.
No forma parte, vaya, de su manera de entender la crítica.
Lo conozco bien, tanto que me queda claro que tampoco recurriría a un seudónimo para escribir desde ahí.
Y es que como Gabriel Zaid: es terriblemente autocrítico.

 

 

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