Respuesta a Palou
En su carta (publicada ayer en este espacio), Pedro Ángel Palou me acusa de caer en simplificaciones al abordar lo que llama “el fenómeno de Crítica”.
De entrada dice que el conflicto iniciado por una carta que el poeta Alí Calderón publicó en el periódico El Columnista “no se trata de un conflicto generacional”.
Yo creo que sí.
Lo que hemos visto en estos días quienes hemos seguido la polémica se ubica a todas luces en esa figura.
Incluso Alí llegó a cometer parricidio al criticar duramente a uno de sus maestros más serios: Raúl Dorra.
Ese atrevimiento le costó varios pretendidos coscorrones provenientes de los distintos personajes involucrados en el debate.
Alí era un niño cuando los directores de Crítica llegaron a manejar la publicación.
Hoy, a sus veintiséis años, tiene todo el derecho de pedir un cambio en la dirección de la revista, una vez que quienes la dirigen se han venido anquilosando al paso de los años.
“El relevo que pides –me dice Pedro Ángel- debe darse de manera natural, no por petición de parte, como si se tratase de saber cuánto cuestan las toallas de Los Pinos porque cada índice de crítica es un acto de transparencia”.
El problema es que ese relevo podría darse “de manera natural” cuando Alí sea un poeta maduro.
Y eso sí asusta.
Es como si en la Revista de la Universidad de México Jaime García Terrés se hubiese eternizado como director.
Y vaya que cuando esta publicación estuvo en sus manos alcanzó su mayor estatura.
Más adelante, Pedro Ángel hace una reflexión acerca del tonito que ha mantenido Alí Calderón durante la polémica y lo dice en estos términos: “cuestiono que porque se es joven se tiene que ser impetuoso, bravo, hasta majadero. Me parece que quedan muy mal los jóvenes. Villaurrutia, por ejemplo, nunca insultó a nadie y cambió buena parte de las instituciones culturales de nuestro país antes de sus treinta y cinco años!”.
No sé por qué pensé al leer este párrafo en la presencia subversiva de los infrarrealistas en los setenta mexicanos.
Encabezados por Roberto Bolaño y Mario Santiago, los infras llegaban a las lecturas de poemas de Roberto Vallarino, Francisco Segovia y Luis Roberto Vera con actitudes francamente beligerantes y groseras.
Una vez, incluso, uno de los infras –Pedro Damián- osó burlarse durante una lectura de poemas -realizada en la antigua Librería Universitaria de Insurgentes- del mismísimo Octavio Paz, lo que provocó la furia del poeta, quien ya se estaba arremangando la camisa y estaba invitando a Damián a salirse a la calle para acabar con ese conflicto como los hombres.
Cierto: esas actitudes poco abonan a la civilidad y a las instituciones culturales, pero en su momento cómo oxigenaron la vida literaria del país.
Pero los infras no hicieron nada nuevo.
Antecedentes como ésos hay que buscarlos en los dadaístas, en los surrealistas, en los beatniks, etcétera.
Veo, pues, a Alí en esa ruta: la de tratar de oxigenar la aburridísima y sectaria vida literaria poblana.
Y creo que lo está logrando.
Esta polémica y estos debates nos dicen que algo se moviendo en el vientre de la ballena.
Cierto: Crítica es hoy “una revista cultural de primer nivel, reconocida fuera de Puebla, a la que siempre se hace referencia y que nos coloca por encima de muchas universidades públicas (muchos textos allí publicados han pasado a formar parte de antologías como Los mejores cuentos del año... de Editorial Planeta)”, dice Pedro Ángel, pero eso no basta como para que se mantenga inamovible.
No obstante, aquí debo aceptar las siguientes palabras de Palou: “Por eso (…) me parece que hay un yerro muy grave en tus comentarios al decir que Crítica es un estado de excepción, primero porque la cultura es siempre excepcional. Aquí en Francia se acuñó por ello el término ‘la excepción cultural’ para definir sus
políticas públicas, sus mecanismos de ayuda, subvención y animación de forma distinta a las otras políticas públicas. Decir que Crítica es ‘Una isla sin relación orgánica con las funciones sustantivas de la Universidad: ni con las líneas generales de la vida académica, ni con sus políticas de investigación, ni con las acciones de extensión y difusión de la cultura’ es grave porque es mentira. Hay excelentes revistas de investigación académica, arbitradas dentro de la BUAP, que cumplen con una de esas funciones”.
Larga la cita, pero necesaria.
Coincido con Pedro Ángel en lo sustantivo y también -oh, paradoja- suscribo su propuesta de que “se haga como en la UNAM donde existe una Revista de la Universidad de México (¿por qué no llamar a esta Revista de la Universidad de Puebla?)”.
Termino.
En su posdata, Pedro Ángel me dice: “Creo, por otro lado, y eso lo digo en el mismo ánimo de respeto que la opinionitis endémica hace daño, lleva a un ‘periodismo de hotel’, de consenso, donde todos los reporteros de todos los periódicos terminan por decir lo mismo, opinar lo mismo. En el caso que comento arriba el ‘contagio’ ya se volvió ‘viral’ como todos los fenómenos del blog, la cadena de internet, el You Tube.”
Este punto de su carta me parecer toral y sirve para ver –más allá de esta discusión sobre Crítica- el problema real del periodismo poblano.
¿Cuánto daño ha hecho ese periodismo de hotel y cuántos reporteros y opinadores encajamos en lo que dice Pedro Ángel?
No hay que buscar la respuesta muy lejos.
> Columnas anteriores
|