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Alfonso Diez

diez@prodigy.net.mx


 

Asesino a sueldo

 

 

* "Le disparé de lleno en la cara, nomás estiré la mano…"


* Por un millón, la muerte tiene permiso


* "Conocemos todas las brechas. A veces hasta el "26" nos volábamos…"

 

 

¿Cómo funciona la mente criminal?. Depende, desde luego de muchos factores: nivel social, educación, motivos. ¿Y el asesino a sueldo?, ¿el secuestrador?.


La entrevista que aquí se publica fue realizada por el autor de estas líneas cuando dirigía el semanario Revelación. El millón de entonces pueden ser cincuenta mil de ahora. Dudaba de incluir nombres y detalles porque en realidad la confesión del asesino compromete, pero no se puede comprobar. ¿Dice la verdad?. Parece ser que sí, pero no pondría la mano en el fuego y de cualquier manera se trata de un testimonio que no pierde vigencia y nos ayuda a comprender, nos da armas para enfrentar sucesos como los que hoy se repiten.


Tampico, Tamps. A las 8 de la noche el frío es por lo menos tronante. Mi entrevistado parece no sentirlo a pesar de ser de clima caliente, pero la chamarra de cuero, el suéter bajo la misma y el sombrero seguramente lo protegen más que mi delgado suéter -nadie me dijo que hacía tanto frío en Tampico estos días-.


Llega con retraso de media hora y tengo la impresión de que anduvo rondando antes de entrar al café donde me citó, para cerciorarse de que nadie me seguía…


¿Usted es Alfonso Diez? -la pregunta es necia porque soy el único hombre de tres clientes en el lugar-


— Sí, ¿Usted es…?


Ramón García, para servirle. Yo soy el que los llamó. ¿Vino solo?


— Tal como usted nos indicó, ¿Usted vive aquí en Tampico?


No, en Nuevo Laredo, ahí trabajaba yo para el señor Cruz…


— ???


Es el que anda prófugo, el amigo de  "La Quina"…


— ¿Qué hacía usted con él? -avanza la plática y él pide una cerveza fría que yo encuentro inexplicable, prefiero mi café calientito-.


De todo, pero más que nada lo acompañaba al otro lado…


— ¿A Estados Unidos?


Sí, se gastaba mucha lana…


— ¿Comprando qué?


Coches, videos, teles, armas, cartuchos…


— Tengo entendido que las armas y las balas no se pueden comprar en Estados Unidos y menos pasar a México…


No puede el mexicano común y corriente, pero el  señor Cruz sí podía. Por lo menos tres veces nos trajimos la camioneta bien llena de armas…


— ¿Eran para "La Quina"?


No sé. Yo vi a "La Quina" varias veces porque me mandaba mi patrón a traerle cosas, pero nada más una vez le traje armas, pero pocas…


— ¿Cuántas, de qué tipo?


No, p's, dos pistolas y dos cajas de cartuchos…


— Por teléfono usted nos dijo que trabajaba para "La Quina"…


Sí. Precisamente la vez que le traje las pistolas me llamó aparte y me dijo que ya sabía que el señor Cruz me tenía mucha confianza, que si me quería yo ganar una buena lana con él. Yo le dije que sí como no, que de qué se trataba y que si me convenía le iba yo a dar las gracias a mi patrón. El me dijo que ya sabía que "llevaba yo varios" y que él me iba a dar un millón si  le hacía yo el servicio. Hasta ahí le agarré la onda de que quería que matara yo a alguien, pero también me dí cuenta de que me estaba tanteando porque no era cierto que llevaba yo varios. Nada más tuve un problema, pero no creo que mi patrón se lo hubiera platicado…


— ¿A quién quería "La Quina" que usted matara?


A uno de Veracruz, de Coatzacoalcos. Yo le dije que por qué yo, y él me dijo que porque los suyos ya eran muy conocidos y que el cuate ese era un agitador, el que quería que matara. Pa' no hacerle el cuento largo, le agarré el millón y le dijo a Pepe que se pusiera de acuerdo conmigo para salir el miércoles. Le estoy hablando de un viernes, pero yo tenía que regresar con mi patrón y a recoger unas cosas antes de ir a Coatzacoalcos.


Total que nos fuimos Pepe y yo a Coatzacoalcos, y la mera verdá, llegando, a mí me agarró mucho miedo, pero ni modo, soy hombre y ya me había comprometido.


El jueves y el viernes vigilamos al cuate, pero no pudimos hacer nada. Pepe me decía que me esperara, que había que estar seguros pa' que no nos pasara nada.


El sábado y el domingo este cuate no iba al sindicato, así que nos tuvimos  que esperar para el lunes, pero Pepe no me dijo nada hasta el mero domingo, yo creo que se dio cuenta de que andaba yo chiveadón y si me decía el viernes que nos íbamos a esperar hasta el lunes me hubiera yo regresado a arreglar unas cosas.
— ¿Quién era el cuate?


El que iba yo a matar, no me acuerdo como se llamaba, Pepe no me dijo pero yo me dí cuenta de su nombre, pero no me acuerdo, 'orita le digo…


— ¿Era del sindicato de Pemex en Coatzacoalcos?


Sí, de los petroleros…


— ¿Y lo mató?


Sí, 'orita le digo cómo. El lunes lo seguimos por la carretera, como rumbo a Acayucan. Íbamos Pepe y yo en una Pick up con vidrios muy gruesos en las ventanas, así que si nos disparaban no nos iban a hacer nada. Los rebasamos y como yo iba del lado derecho  le disparé de lleno en la cara, nomás estiré la mano…


Es pasmosa la facilidad con que Ramón relata "su hazaña", digna de un psicópata. Pareciera que en ciertos niveles la vida no vale nada, como decía José Alfredo Jiménez.


— ¿Y luego qué pasó?


Se fueron a la cuneta y nosotros nos paramos adelante para revisar los cuerpos, que no quedara nadie vivo…


— Se fueron ¿Quiénes?


Al petrolero lo acompañaba otro que siempre andaba con él. Cuando nos acercamos ya estaba saliendo del carro, pero también le dimos.


— ¿Seguro que eran petroleros?


-Iban mucho al sindicato, ¿qué otra cosa…?


— ¿Después…?


Nos seguimos para Acayucan y nos quedamos en un hotel que tiene alberca. Agarramos dos cuartos, Pepe pagó por adelantado. Al otro día, desayunamos y Pepe me dijo que tenía que hacer, que nos veíamos en Ciudad Madero. Yo de plano ya no regresé, tenía dos semanas que había visto a "La Quina" pero ya no quería verlo, como que le agarré tirria. También estaba yo con la tentación de que me fuera a encargar otro "servicio" y francamente ya no le quería entrar. Yo ya tenía mi lana y le cumplí como hombre, así que me fui a Matamoros y de ahí me pasé a Brownsville…


— Sáqueme de una duda, ¿Cómo pasaban las armas usted y el señor Cruz por la frontera, cómo las compraban y luego cómo cruzaban territorio mexicano si las carreteras siempre están vigiladas, hasta donde yo sé?


Mi patrón la llevaba muy bien con los aduanales. Primero arreglaba el puente, le daba mucha lana al comandante y al jefe de vistas, que son sus cuates, luego arreglaba el "26" y nos regresábamos por la camioneta con lo que trajera, que se quedaba llena del otro lado.


— ¿El "26"?


En el kilómetro 26, de Nuevo Laredo a Saltillo, hay una garita de los aduanales. Nomás dejan pasar al que les da dinero.


— ¿Y después, no tenían problemas?


No, porque conocemos todas las brechas. A veces hasta el "26" nos volábamos, para no darles lana a los aduanales, y era mucha. Además, mi patrón era político y todos lo conocían. Los mismos aduanales le compraban pistolas o se las traía por encargo.


— ¿Quién era el jefe de los aduanales?


En una época el más fuerte era Ficachi, estaba en Monterrey.


— ¿También le daban dinero?


No, ese era muy cabrón. Yo creo que le daban los aduanales, si no cómo los dejaba trabajar.


— ¿Y qué hace usted aquí, en Tampico?


La verdá, yo estaba con la tentación de que me fueran a matar por lo mismo de que ya no regresé después de lo de Coatzacoalcos. Yo dije, 'ora ellos van a decir: "¿Y este buey"? ¿Por qué ya no regresó? No vaya a rajar con alguien…". Y con esa tentación yo dije me van a matar, y mejor no regresé; pero 'ora, con lo que pasó, ya pude venir a ver a uno que me debía mucha lana…


— ¿Por lo mismo?


No, por otras cosas, no tiene nada que ver.


— ¿Y por qué nos llamó, por qué se decidió a hablar?


El señor Cruz está con la tentación de que lo vaya yo a aventar, por lo de las armas. Como dicen que él fue. Pero yo no sé nada de eso y mi patrón ha de creer que sí. Yo nada más le traje dos pistolas a "La Quina". Entonces, quiero aclarar que yo nunca le traje armas a "La Quina" de parte del señor Cruz, fuera de esa vez de las dos pistolas, pero no creo que eso sea un crimen. Y además, está lo de Coatzacoalcos, el que ordenó fue "La Quina", es el asesino…


— El autor intelectual…


Sí, así que si aclaramos eso yo no tengo culpa, yo al de Coatzacoalcos ni lo conocía…


— ¡¡¡


Ramón García sale para Matamoros. La historia de cómo lo comunicaron conmigo merece capítulo aparte. Piensa que no es culpable de asesinato "porque se lo ordenaron" y además, al muerto, "ni lo conocía". Está seguro que sus declaraciones le salvan la vida y siente que exonera a Cruz al asegurar simplemente que sólo llevó dos pistolas a "La Quina" de parte de él, pero refiere otras actividades.


Su relato realmente lo retrata: "ser culpable es planear, no ejecutar". ¿Mente criminal?, "el que ejecuta no la tiene". Es seguramente su manera de pensar. Mente infantil. Es el peligro de la ignorancia.


¿Cuántos iguales hay que detectar?. ¿Cuántos andan sueltos?.


¿Cuántos se podrán corregir?. ¿Se podrán corregir?.

 

 

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