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Alfonso Diez

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La voz del cantante

 

 

Luciano Pavarotti decía que su sucesor sería el tenor peruano Juan Diego Flórez quien, por cierto, acaba de estar en México para dar un concierto en la ciudad de Guadalajara.


Yo no conocía a Flórez y la mención de Pavarotti me motivó para comprar un DVD con una ópera en la que Juan Diego interpreta el papel principal. A los críticos les dio por catalogarlo como rossiniano. Es, efectivamente, un magnífico tenor, pero cuando lo escuché cantando canciones comerciales —así les llaman, genéricamente, a las que no son arias— me llevé una decepción. Su voz es plana, magnífica para dar notas altas conforme a su tesitura, pero no tiene las inflexiones necesarias para cantar con ternura canciones de Lara, por ejemplo.


Es el mismo problema que tienen la mayoría de los cantantes de ópera, pueden tener una gran voz, tienen la técnica del Bell Canto y en consecuencia saben respirar, colocar la voz y emitirla con la mayor potencia posible, pero cuando se trata de dejar las arias de opera y cantar un bolero, o una canción de Cri Cri, como le sucedió a Plácido Domingo, no proyectan el sentimiento que un cantante dedicado a ese tipo de canciones logra.


Rubén Fuentes, el compositor que fue director artístico de RCA Victor y descubridor de José José, autor de La Bikina, El Despertar y muchas otras bellísimas canciones, cuando se divorció de la cantante Imelda Miller se refirió despectivamente a su ex esposa durante la entrevista que le hicieron para un periódico: “Ella no es cantante, es cancionera, porque dice las canciones, no las canta”, declaró.


Pero Fuentes se equivocó, porque casi todos los cantantes que no utilizan la técnica del Bell Canto “dicen” las canciones. Los mismos directores artísticos les aconsejan cantar bajito al grabar un disco, para que la voz pase con todo el sentimiento y para que las notas altas no se escuchen forzadas.


Mario Alberto Rodríguez, el magnífico tenor que nos deleitó con su gracia y su voz en Mi Bella Dama, junto a Manolo Fábregas, cantando “Con un poquitín de suerte a mi favor…”, me platicó que cuando Humberto Cravioto estaba en la cúspide de su popularidad, alabado por Jacobo Morett, le dio un consejo: “Canta bajito…”, y se burlaba de quien lo aconsejaba: “Cómo es posible que Cravioto me salga con eso, que cante quedito él, que no tiene mi voz…”, pero la realidad es que Mario Alberto también se equivocó, no interpretó de manera adecuada el consejo de Humberto, éste se refería a las interpretaciones que Rodríguez hacía de canciones comerciales y a las grabaciones de discos.


Un gran barítono y amigo de toda la vida, Roberto Bañuelas, me dio clases de ópera hace años y me comentaba acerca de Pedro Vargas (el Samurai de la canción, le decía Pedro de Lille): “Escucha a Pedro Vargas, Alfonso, canta quedito; pon atención a sus discos y te vas a dar cuenta, no tenía una gran voz”, pero lo que Roberto veía como un defecto de Vargas era en realidad la mejor manera de sacar la voz que tienen los cantantes de canciones comerciales (boleros, baladas y en general música romántica —no hablemos de salseros, rockeros y demás cantantes gruperos—). Pedro “aprendió” a grabar discos, porque comenzó como tenor interpretando óperas completas y entonces “sacaba” toda la voz, pero tuvo la suerte de interpretar a Lara (para efectos de la popularidad), de grabar canciones románticas y nunca más volvió a cantar un aria.
La esposa de Eduardo Capetillo, Bibi Gaytán, grabó un disco de baladas que tuvo un mediano éxito, pero sus “compañeras” cantantes le hicieron una publicidad negativa que acabó con la cantante; decían que cantaba quedito y que, en consecuencia, era mala cantante, pero ellas lo hacían, y lo hacen, igual.


Para comprobarlo, cualquiera puede hacer la siguiente prueba: escuchar un disco de José José en su primera época y luego escuchar la misma canción, con el mismo intérprete, acompañado por trío. En la primera, su voz se escucha grandiosa, de tenor con maravillosos agudos; en la segunda se escucha que canta en realidad bajito. La grandiosidad la da la orquesta, porque la voz es la misma, se la quitaron a las primeras grabaciones, les pusieron acompañamiento de trío y lanzaron la segunda versión. Y que conste que José José tiene una voz muy bella.


Un día, en su casa del Pedregal, cuando comenzaba a estar afectado de su voz (todavía vivía con Anel), hablábamos de su papá y de mi amigo y maestro Roberto Bañuelas; me decía José que su papá había sido contemporáneo y amigo de Bañuelas y me pidió que le preguntara a Roberto si lo podía recibir, para aconsejarlo.


El barítono aceptó con gusto. Tras la visita de “El Triste”, me comentó que José tenía una voz natural muy bella y que no iba a tomar clases con él, no me dijo porqué. Ese día tuvimos la plática acerca de la voz bajita de Pedro Vargas, probablemente fue una asociación involuntaria de ideas de Roberto.


Otro ejemplo es Enrique Guzmán. En Cien Kilos de Barro parece sacar una gran voz de tenor, pero no es el caso. Enrique canta bajito, pero tuvo un don que es la tesitura alta, notoria inclusive cuando platica. La Columbia era la mejor grabadora de discos en su momento (finales de los 50s y durante los 60s), fue la primera en sacar el “perfecto” sonido estereofónico, la mejor separación de canales (el Sonido 360, le llamaron), así que ecualizaban la voz de Enrique de tal manera que cuando salían las grabaciones al mercado no se escuchaba que habían sido grabadas en voz baja. El que hacía la mezcla de sonido era un técnico al que apodaban “El Conejo”.


El éxito de Enrique se debió también a otros factores: imprimía ternura a sus interpretaciones, lo que ya no hace; basta comparar las grabaciones que hizo para Columbia (después CBS), con las que realizó en Orfeón (de las mismas canciones, para hacer una buena comparación); éstas se escuchan planas, con sostenido agudo, no tienen inflexiones, no hay ternura en voz baja, no hay graves. A la fecha, ese problema se le ha agudizado al grado de escucharse metálica. Pero hubo otro factor, un gran arreglista y director de orquesta llamado Chuck Anderson, que le hizo los más bellos arreglos.


Hay, sin embargo, muchos cantantes de ópera que no pueden cantar bajito al grabar un disco. Otros, cuando comenzaron las grabaciones, no fueron aconsejados en ese sentido, hubiera sido un sacrilegio decirle a Caruso: “Cuando esté frente a un micrófono baje la voz”. Esas primeras grabaciones, aunque digitalizadas ahora, son malas no sólo por eso, sino porque no disponían de los adelantos actuales.


En el otro lado de la balanza, ha habido cantantes educados en el Bell Canto cuya voz ha sido casi la misma en vivo y en las grabaciones. Un ejemplo es Jorge Negrete, un barítono atenorado que comenzó cantando ópera y terminó cantando rancheras, pero tuvo un éxito mucho mayor en el último caso. Fue un ídolo.


Pero Pedro Infante también fue un ídolo y no se le escuchaba una gran voz, aunque sabía “sacarla”. En la película “Gitana tenías que ser”, lleva en ancas de su caballo a Carmen Sevilla y por requerimientos del guión debe pretender ser un cantante con una voz potente y qué bien lo hace, ahí se ve que sí tenía técnica, pero sabía que si quería llegar a todo el pueblo tenía que decir las canciones, para sonar natural y les imprimía una ternura tal que ahora, a casi 52 años de su muerte, seguimos gozándolas. Y a la fecha sigue siendo más popular y más querido que Negrete, aunque éste “haya tenido mejor voz”.


José Luis Duval fue para mí una verdadera sorpresa. Lo escuché en el festival de canciones de la OTI y no le auguré un buen futuro, pero años después, nuestro amigo César Sobrevals nos llevó a Catemaco para que pudiera yo entrevistar a Sean Connery, que estaba filmando en México, y luego nos fuimos a Santiago Tuxtla, a la fiesta anual de la población. En el salón donde se llevó al cabo el baile, cantó José Luis unas rancheras con una gran voz, en vivo, desde luego, y sin perder inflexiones ni ternura, de tal manera que me encontré con un gran cantante y se lo dije: “¿Por qué no intentas en la ópera…? Y efectivamente, el año pasado lo vi y lo escuché en Turandot, interpretando el Nessum Dorma y cuando terminó todos lo aclamaban. Hay excepciones que confirman la regla.


Un nuevo cantante, Paco de María, sacó en 2007 un disco que tiene el mismo problema de Juan Diego Flórez, tiene buena voz, educada en el Bell Canto, buenos asesores que intentan que se le compare con el canadiense Michael Bublé, inclusive le han hecho una página web parecida a la de éste en la que lo señalan como el Michael Bublé mexicano, pero su voz es plana, sin inflexiones de ternura, sostenida en un solo tono, así que cuando canta Oye o Perfidia, lo que se extraña es que no les imprime sentimiento. Michael Bublé, en cambio, es el mejor ejemplo del cantante que dice las canciones.


Facundo Cabral, Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat no tienen voz, pero sí bellas letras y muchas de sus canciones, que ellos las “dicen”, nos han permitido dejar volar la imaginación y se siguen escuchando, lo que les da el valor del paso del tiempo.


¿Y Caruso, Francisco Araiza, Franco Corelli, Alfredo Kraus, Giuseppe di Stefano, Mario del Mónaco, Hugo Avendaño, por mencionar sólo algunos granitos de arena en una inmensa playa? También, qué bellas voces. El cantante de ópera, cuando ésta comenzó, tenía la obligación de tener una gran voz para llegar a todo el teatro, porque no había micrófonos, pero ya no es el caso, aunque sigue siendo un placer escuchar esas grandes voces en un escenario de la ópera.


Llegados a este punto, la pregunta obligada es: ¿Utilizar la técnica del Bel Canto, o la voz al natural, sin gritos, con ternura, dejando que salgan nuestros sentimientos? La respuesta es: las dos tienen validez y cada una va de acuerdo con su ámbito (Ni Plácido cantando a Cri Cri, ni Javier Solís cantando el Nessum Dorma, ni los Beatles cantando Bésame mucho —que por cierto, la cantan horrible—). Esto es evidente, pero sirve para responderles a los que se burlan del tenor (cuando lo imitan con una voz alta, aguda y distorsionada), igual que para los que minimizan al que no utiliza la técnica del Bell Canto y le llaman cancionero, de manera peyorativa.


Lo importante, como decía Oscar Wilde cuando lo acusaron de ser homosexual y calificaron su obra de homosexualoide, es si la obra está bien o mal hecha, bien o mal escrita, tratándose de un texto y lo mismo se puede aplicar a los cantantes: lo importante es que proyecten “algo” al que los escucha, ese algo que puede perdurar 50 años, eso que nos hace recordar a la pareja con la que escuchamos la que se convirtió en nuestra canción. Letra y música romántica, poesía, y una voz que la sepa proyectar.

 

 

 

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